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«Probarse la retrospectiva y la ubicuidad de la tutora en mi cama-pieza-hotel con apariciones ante las dos muchachas cómo apartarse uno de lo que toca son tres días conciliándome el calor ya hizo estragos en el estómago lo recompongo y no soy el que posa con el mural detrás pero este mi proceso es ya un viaje»
Álmena
Los bebés de a galleta para embolatar los mimos: a una silla de distancia, obligados, sin dónde moverse, otra persona, sus contactos, la cañería abierta, borrando mensajes de muchachas: el griposo a una cuadra del restaurante ha de servir papas de huevo cocido y avena a un viejo como él, sin quién le frite un huevo, la mañana, igual que la tarde, ensayando oficios: dejas la avenida de trenes en cola, y piensas que allí donde te reciben, por deber o gusto, es intentable rehacer la vida: aunque no haya fuegos respirando a la nuca, te adelantas, y así el remordimiento de las segundas veces cobra forma: la de un tenedor, la de un rechazo.
Costados del tronco sucios (reposa mugre en la pelvis exteriorizada) y granos espalderos que me doblo y los saco aunque no pueda volverme. Es un apartamentico y doña María (no me guarda rencor, saludo como si nos encontráramos) en cama medio ombligo afuera «¿Y M.?», «Durmiendo» en la habitación de al lado: no la despierto: cierro la cortina. Llega el negro a quejarse de J. porque sí la dejan salir a fiestas y él solo baretica en la cancha o salidas a Los Gómez. Doña María dice «Mejor así», y me entero que J. es como la hija de doña Nora (dos M. en diferentes cuerpos: vigilia-sueño). El apartamento es un bus, ¿una chiva?, y otro lo choca de frente, por maldad, entonces vamos en otro bus que entra a Don Matías y le va a dar al pleitero con ganas, azuzamos brincando y antes de darle (¿es La Verde y esos son los mudos?) maleta y mochila quedan fuera: tocan el despertador dentro.
Maquinaria en el Tecnológico, como para tirar una megaobra. El nuevo bloque, siguiente al último, en los compostajes, es un centro comercial con acceso a los edificios. Aguardo a C. y a L. que compran mecato: hay unos torniquetes: están tras ellos. Bajamos como el patio de la María Jesús, segundo (tercer) piso, la rampla, y en el bloque uno (en ascensor) veo a Y. y a J. A. con los otros compañeros (entre ellos la dramaturga untándose crema de manos): les queda cerca un teatro y les dan permiso por las funciones. Pregunta un árabe con guardias dónde se gradúa habibi; los celadores le señalan el primer bloque, y lo siguen en convertibles, le despejan la llegada. Suben del Pablo Tobón mulas, tanques, maquinaria amarilla en desfile, donación del susodicho; entro al tanque, palpo la silletería de inicio a fin, me acuesto en un asiento largo, el medio, y entran estudiantes rurales (la mona, el del brazo dañado, José) y volteamos el colegio, la universidad: los bajo, gomosos, a la entrada superior, ya no es de Altamira ni de las monjas, yéndome solo por el trancón.
Probarse la retrospectiva y la ubicuidad de la tutora en mi cama-pieza-hotel con apariciones ante las dos muchachas cómo apartarse uno de lo que toca son tres días conciliándome el calor ya hizo estragos en el estómago lo recompongo y no soy el que posa con el mural detrás pero este mi proceso es ya un viaje por algo quise guardar fin de semana en otro sitio lo abordaré en el ensayo para este número la cosa es entenderme yo para después no andar con desgarramientos o reclamos que de nada valen sino para agrietarse con el destino es lo que hay adelanto lo del lunes todo en su proceso los escritos a la orden de lo que surja pero es verdad que la compañía hace falta y por ellos me quedé hasta el jueves aunque no había conexión ni debía evidencias pero verlos tenerlos allí una frase o una pregunta volvernos a encontrar para sabernos vivos que si en América tenemos un estado de presente sentado más aún con alguien que reinterprete esa infinitud regalada a la que nos debemos nuestra entereza para contiguos.
—¡Ey profesor encájate!
Alejandro Zapata Espinosa
Caucasia, mayo 2 de 2026
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Del estarse aquí seguido
Elección de un «contexto existencial» para desenvolver las caminatas pequeñas (duda psicológica y pormenores generales, no vaya a darse cuenta del trasfondo: responderle al voleo y unas cuartillas que nunca bastan: sacrificio y descontento, relieve dónde morirse y ella continua): esto no es de siempre, ya quisiera las salidas, y nadie pregunte por qué ni si remunera o no da nada (los festivales no son a toda hora; sentarme ocurre cuando he terminado el oficio, la obligación que debo reportarle a la superiora), solo buscarme en derivas: los mecánicos, la tienda de repuestos, atendiendo afuera a uno que otro sin espejo, o la cadena, o la llanta, o echarle una revisadita a ver, de ahí hacia abajo, hasta el madrugador a la una que hace las tortas-papas-salchichones con jugo de piña o mora, devolverse hacia la cancha de sóftbol en el humero, y sentarse al «pensar de meditación» como si dentro de la olla conmigo las tatuadas de espalda que salen, terminaron sus platos, hacia donde yo venía (repetición de los caminos y la suma de arrastres que ha contado y faltan por moverse allí donde, si hubiera salido el miércoles —desde mitad de semana libre— perdería): las tres mujeres del negocio adelantando la almorzadera, por eso el desayuno de res supo a una de la tarde (a las doce termina el contrapto de la pensión).
Quería «partir del suelo hacia arriba», sea trabajo de campo o desocupe, crónica para un multimedio que solo admite en descansos: debía radicarme, ¿lo cubre el operador?, en la distancia del hogar, ¿cuál es desde noviembre?, y sus comunes: si desea saberse, no ya como objeto, sino integrando la balanza, a los propios y el conjunto de la épica (Totó la Momposina en la dedicación colombiana): lo negativo de la seguridad bajo techo en menos de un día (aunque extrañe y necesite), puesto que en la secuencia desconocida es posible interrelacionar pasajes extraños al mago, a la asistente en Las Luces: opción por la verdad preóntica (?), el desenvolverse en una casucha de madera donde está la urdimbre de los alimentos, la pregunta del humo que despidió a dos amanecidos, uno enano y el otro por crecer, barbas-medias, las camisas como que se pelearon con algún poste, intentando castellanizar los eructos y la inquietud, pegados a la viga de madera, contando moneditas que no cuadran a la razón contable, justo enfrente del que terminó de probar los patacones y bebe su tinto, ahí mismo (no le tocó buscar en otras cuadras: las «facilidades» del territorio, según el juguetero, o mucho mejor las vidas pactadas por conseguirse).
En suma, verme en la intimidad de otra urbe, con su cristalización de talleres de motos, ceras engrasadas, carbones en una subida, puestos friteros más adentro y a lo largo de la troncal-uno: para tener referencias, ubicaciones compartidas con los sindicalizados, el arreglero, la muchacha que pretendía subir y justo en el primer escalón desciende alguien para entregar la habitación: y le pregunta, volviéndose a guardar la llave, sin nada más que la duda antes de subir al trapeo, en qué trabaja (porque le preguntaron y no supo decir: lo mismo en el rancho, más-lejos, ya se informaron para responder iguales), y los dos ubicaron, por llenar más ese diálogo, montarle bulto para próximos encuentros, los taxis que van para El Bagre y Zaragoza después del puente: es eso: referencias compartidas: hasta hacer de la ciudad una-casa, en lo que tenga que diferente para quien la abandonó y regresa porque algo ha cambiado: el acercamiento (bendecido el Señor en sugerencia) que lee olimpiadas, un ente que transporta sin prestarle oído a los pitos, sobreentenderse con lo llamado «pueblo» por uno que entendería, si estar con él, excursiones en camioneta, ningún convivir de sol abriendo el cansancio, partiéndolo con machete para beber de él lo que tenemos de sus hijos: un intercambio que suele quedarse (ya quisiera me alargaran el viaje: transversal el optimismo de industria) o mediatizar en obra (que no fin) ese espacio del encuentro posibilita que el suelo dicte hacia arriba sus ilusiones, el sentir hecho cotidiano y el amarre suelo-símbolo (totalidad) que brinde a nuevos y antiguos el parque dónde reencontrarse, dar de lo suyo a la supervivencia de lo que ayudó a vivir: agregarle al rancho una baldosa, un ventilador, una cría de gallinas, para que no se caiga ni él, ni los que vienen.
Alejandro Zapata Espinosa
Caucasia-El Bagre, mayo de 2026
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La Tinta. Revista de Creación Literaria, «La voz de los pueblos: intervención, memorias, resistencia y esperanza», Tecámac de Felipe Villanueva, México: La Tinta Ediciones, año 9, N.° 49, mayo-junio de 2026.













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