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La conversación transcurría con absoluta normalidad y lo que comenzó como un intercambio de opiniones sobre un asunto cotidiano terminó, en cuestión de minutos, convertido en una competencia por demostrar quién estaba equivocado. Ya nadie hacía preguntas ni tampoco se intentaba comprender la postura del otro y, subsiguientemente, cada intervención buscaba encontrar el argumento definitivo; esa frase capaz de silenciar al interlocutor y dar por concluido el debate. Al finalizar la conversación, ninguno había cambiado su perspectiva, pero ambos estaban convencidos de haber ganado.
Escenas como esta se repiten diariamente en reuniones familiares, espacios académicos, lugares de trabajo, redes sociales e incluso entre personas que comparten los mismos objetivos. La conversación suele avanzar con normalidad hasta que aparece la necesidad de imponer un punto de vista; esa obsesión hace una auténtica irrupción meteórica y termina convirtiéndose en la protagonista del intercambio. A partir de ese momento, conversar deja de significar intercambiar ideas para convertirse en un ejercicio donde el verdadero propósito consiste en salir victorioso, pues poco importa si la evidencia contradice nuestras afirmaciones o si el otro presenta argumentos sólidos.
Quizá uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo no sea la falta de información, sino la creciente dificultad para reconocer que podemos estar equivocados. Resulta paradójico que, mientras nunca antes habíamos tenido acceso a tantas fuentes de conocimiento, también pareciera que algunos hubieran salido de un auténtico rigor mortis lingüístico, por razón de que ahora todos hablan sin cesar, opinan sobre cualquier asunto y rara vez consideran la posibilidad de guardar silencio para escuchar. En ese contexto, cada vez es más difícil encontrar personas dispuestas a modificar una opinión cuando los hechos así lo justifican y confundimos la firmeza de las convicciones con la imposibilidad de revisarlas.
Desde la psicología cognitiva, se conoce un fenómeno denominado ‘Sesgo de Confirmación’, mediante el cual tendemos a buscar, recordar e interpretar la información de manera que confirme aquello que ya creemos. Kahneman (2012) explica que nuestro pensamiento suele privilegiar las respuestas rápidas e intuitivas antes que el análisis pausado y crítico. En consecuencia, no siempre evaluamos las ideas por la solidez de sus argumentos, sino por el grado en que coinciden con nuestras creencias previas y el resultado suele ser una férrea voluntad para conservar nuestras certezas, aun cuando los hechos nos inviten a revisarlas.
Quizá por esa razón muchas discusiones dejan de girar alrededor de los hechos y comienzan a trasegar alrededor del orgullo. Sin advertirlo, dejamos de defender argumentos para proteger nuestra propia identidad, como si hubiéramos hecho una solemne promesa ante un dios que jamás permite modificar convicciones. Cambiar de opinión empieza a percibirse como una derrota personal, cuando en realidad constituye una de las mayores demostraciones de honestidad intelectual. Después de todo, reconocer un error no disminuye el valor de una persona; demuestra que posee la suficiente madurez para permitir que la evidencia prevalezca sobre el ego.
Las redes sociales han intensificado esta dinámica, y es que los algoritmos suelen mostrarnos contenidos similares a aquellos con los que ya estamos de acuerdo, creando la impresión de que nuestras ideas representan la única interpretación posible de la realidad. Poco a poco, dejamos de escuchar perspectivas diferentes y comenzamos a habitar espacios donde casi todo confirma aquello que ya pensábamos. En estas condiciones, disentir deja de verse como una oportunidad para aprender y empieza a interpretarse como una amenaza, pues quien se atreve a cuestionar el relato dominante parece recibir un mensaje implícito: “tu castigo será inmisericorde”; o explícito y más prosaico, al nivel del colombiano promedio: “eres guerrillero”, “zurdo de m”, “te vamos a destripar”. Esto, en múltiples ocasiones, no necesariamente se presenta mediante sanciones formales, sino a través de la descalificación, la burla beligerante o el aislamiento digital, que suele recaer sobre quien se aparta de la opinión esnob.
Karl Popper (1994) sostenía que el conocimiento avanza precisamente porque las ideas pueden ser puestas a prueba y refutadas. Ninguna teoría científica permanece vigente por la simple convicción de quien la propone, sino porque resiste el examen crítico de la evidencia disponible, y tal vez fuera de los laboratorios y de la academia también deberíamos adoptar esa actitud. Al fin y al cabo, el pensamiento crítico no pertenece exclusivamente al ámbito científico; debería convertirse en un ambiente vernáculo de nuestras conversaciones cotidianas, donde preguntar, contrastar y rectificar fueran prácticas tan naturales como opinar.
Esto no significa renunciar a las convicciones ni aceptar cualquier argumento por el simple hecho de evitar un conflicto. Existen principios que merecen ser defendidos con firmeza y evidencias que justifican posiciones claras. Por lo cual, la diferencia radica en comprender que defender una idea no implica cerrar la puerta a la posibilidad de revisarla. En una época donde la polarización parece premiar las certezas absolutas, esperemos que salga avante la disposición a escuchar, cuestionar y rectificar cuando las razones así lo exijan.
Quizá el verdadero problema no sea equivocarnos, sino construir una identidad donde admitir un error resulte más doloroso que permanecer en él. A juzgar por los antecedentes, hemos convertido las conversaciones en competencias donde cambiar de opinión equivale a perder. En este sentido, mientras sigamos entendiendo el diálogo de esa manera, y no como una oportunidad para comprender mejor el mundo, continuaremos privilegiando el triunfo sobre el aprendizaje.
En definitiva, tener la razón puede satisfacer el ego durante unos minutos; en cambio, aceptar que estábamos equivocados puede transformar nuestra manera de comprender la realidad durante toda la vida. La inteligencia no consiste en acertar siempre, sino en desarrollar la suficiente humildad para cambiar de opinión cuando las razones lo exigen. Después de todo, nadie debería participar en una conversación con la pretensión de creerse el emperador del universo, convencido de que sus opiniones son infalibles, porque el diálogo no existe para coronar vencedores, sino para que, aun pensando distinto, dos personas puedan comprender un poco mejor aquello que antes creían conocer por completo.
Referencias
Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debate.
Popper, K. R. (1994). Conjeturas y refutaciones: El desarrollo del conocimiento científico. Paidós.













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