
«El conflicto mundial actual es el conflicto del individuo contra el Estado, el mismo conflicto que se ha librado a lo largo de la historia de la humanidad. Los nombres cambian, pero la esencia —y los resultados— siguen siendo los mismos, ya sea el individuo contra el feudalismo, la monarquía absoluta, el comunismo, el fascismo, el nazismo, el socialismo o el Estado de bienestar.»
— Ayn Rand, “Conservadurismo: un obituario”, en “Capitalismo: el ideal desconocido”.
Desde hace rato vengo recibiendo múltiples increpaciones, provenientes de distintas vertientes, por supuesto, cuando sostengo que, a mi criterio, la socialdemocracia es una especie de “fascismo posmoderno”. Lo curioso del asunto es que conforme avanzan los días, los meses, los años, lo ratifico. Antes que nada, para quienes no están familiarizados con una u otra, definamos en qué consisten, específicamente, en su dimensión económica.
A ver, la socialdemocracia incentiva el intervencionismo estatal, tanto a nivel económico como social, en aras de promover mayor “equidad” económica e igualdad social en el marco de un modelo de economía mixta (coexistiendo con el capitalismo) con un respeto “moderado” por los derechos inalienables del hombre, siendo el más vulnerado el derecho a la propiedad. Por su parte, el fascismo constituye un modelo de “capitalismo de Estado” donde se mantiene la propiedad privada, pero las empresas y los emprendimientos quedan supeditados a los intereses, planes y necesidades del gobierno. ¿Dónde está la diferencia? Yo no la veo.
En su concepción del papel del Estado en la economía, las diferencias son mucho menores de lo que normalmente se supone. Ambas corrientes emanan del mismo principio colectivista-estatista: la injerencia del gobierno sobre tu vida y todo lo que de ella se desprende. Ambas se acomodan convenientemente en la defensa de los derechos del ser humano, pues realmente subordinan al individuo al colectivo (los derechos sociales no son más que raciones de libertad). Ambas entregan la provisión y el sustento de los ciudadanos al poder de un Estado omnipotente. Las diferencias entre ellas son solo una cuestión de grado y tiempo, además de ciertas características superficiales; a saber, la elección de lemas con los que los presidentes engañan a sus súbditos esclavizados, digo, a sus “votantes”.
Colombia, en términos prácticos, es un proyecto socialdemócrata; ergo, responde a una lógica de organización estatal que, a mi juicio, comparte rasgos esenciales con el fascismo. Y a eso sumémosle nuestra “gloriosa” carta magna: un panfleto cargado de contradicciones en materia de derechos y deberes, la cual yo denomino “Constitución posmoderna de derecho positivo de 1991”.
Colombia es eso: un fascismo posmoderno. Lo ha sido casi que desde siempre; pasa que, con la reincorporación de la antigua guerrilla del M-19 a la vida civil, el asunto se recrudeció. El modelo de mi nación es profundamente fascista: la misma basura colectivista de siempre con mucho de moralina posmoderna. El fascismo, sin imaginarlo, ha permeado tanto, tanto a la ciudadanía, que gobierna con una sola mano: la izquierda y la derecha son nuevas expresiones del fascismo; más dramático aún, la mayoría de mis compatriotas son fascistas y lo ignoran.
Jorge Eliécer Gaitán, un fascista de manual, no murió en vano: no tuvo que gobernar para que su podrida ideología política se inoculara en el ADN de Colombia. Claro que, si hubiese llegado al poder, el caso podría ser bastante más radical; algo similar a Argentina, pues mientras allí se habla de peronismo, en Colombia se hablaría de gaitanismo. No hace falta ahondar demasiado en las nefastas consecuencias que el peronismo provocó y sigue provocando en nuestros hermanos del Cono Sur.
Regresando a Colombia, si bien Gaitán no pudo ejercer la presidencia, en su lugar tuvimos a uno de los máximos representantes del fascismo colombiano: Gustavo Rojas Pinilla. Y me atrevo a afirmar que este señor fue un fascista porque, aunque su relación con esta ideología ha sido objeto de debate histórico, los hechos apuntan en sentido contrario. Durante la década de 1950, su régimen militar implementó mecanismos muy propios del fascismo para imponer el orden: control de la prensa, culto a la personalidad y uso de la propaganda estatal, entre otros. Distintos historiadores y analistas señalan que Rojas Pinilla se inspiró en diversos modelos autoritarios y corporativistas europeos, luego de haber viajado y estudiado en el extranjero antes de asumir el poder tras el golpe de Estado que él mismo encabezó en 1953.
Como toda ideología totalitaria, el fascismo colombiano también terminó empuñando las armas. El Movimiento 19 de Abril, conocido por su acrónimo M-19 o simplemente “El Eme”, es quizá el mejor ejemplo: una guerrilla urbana colombiana que surgió después de las irregularidades en los comicios presidenciales del 19 de abril de 1970 y que dieron por ganador al oficialista del Frente Nacional, Misael Pastrana Borrero, sobre el candidato opositor, el ya mencionado expresidente y general Gustavo Rojas Pinilla, el fascista de fascistas de la época de la Guerra Fría; todo, por un aparente fraude electoral orquestado por el gobierno de aquel entonces junto a los partidos tradicionales (el modus operandi, ¿no les resulta familiar?).
El M-19 todavía se mantiene vigente. Primero, porque, una vez esa guerrilla se desmovilizó, se creó el partido político Alianza Democrática M-19 (AD M-19), del cual proviene el actual partido Alianza Verde. Segundo, porque un gran número de sus antiguos miembros, ahora, se encuentran repartidos en todos los partidos políticos de Colombia, independientemente de que sean de izquierda o de derecha; tanto es así que, por ejemplo, la Dolores Umbridge colombian version in real action, Viviane Morales, recién designada ministra de Educación Nacional, está casada con Carlos Alonso Lucio, exmiembro del M-19, y quien además se ha venido desempeñando en calidad de director programático del presidente electo Abelardo de la Espriella. Tercero, porque el lunático que en este momento ocupa la Casa de Nariño, al menos hasta el próximo 7 de agosto, confirma que la metodología golpista continúa siendo parte fundamental de su proceder.
Acerca del señor presidente, Gustavo Petro, es mucho lo que ya se sabe. Que es un dictadorzuelo bananero de poca monta, que ya perdimos la cuenta de las veces que modificó su gabinete ministerial, que la inútil de su vicepresidente, que le importa más el conflicto israelí-palestino que la violencia rampante en territorio colombiano (en considerable medida, responsabilidad suya), que los permanentes rumores alrededor de su vida privada, que sus evidentes vicios —al menos para mí lo son, ya que si a alguien le ha dado por probar de todo lo malo en esta vida, ¡ese he sido yo!; por ahí dicen que “entre pecadores nos reconocemos”—, que su hábito de la impuntualidad, etc., etc., etc., y que son situaciones que, al final, son totalmente irrelevantes. Lo que verdaderamente inquieta es que, fuera de ser un mitómano compulsivo, manifieste un comportamiento más fascista que el de aquellos a quienes él llama fascistas, sean fascistas o no; obvio, Álvaro Uribe es fascista, ¡pero Petro no se queda atrás! Pues fascista que se respete ama ser elogiado y aborrece ser criticado. Asimismo, vive de promesas que jamás cumple. Aspira a perpetuarse en el poder a toda costa. Es megalómano, repugnante… golpista. Produce demasiado cringe y, a la par, mucha preocupación, contemplarlo inventándose que hubo fraude en las elecciones así como así: que el Consejo Nacional Electoral está siendo interceptado, que unos algoritmos israelíes, que las agencias de inteligencia y los servidores de Bautista en California, que la crisis de vibranio en Wakanda, y una cantidad impresionante de alucinaciones que ni Stephen King hubiese empleado para alguna de sus historias.
No obstante, lo que más preocupa es que todo este guion de tan mal gusto lo esté secundando el que estuvo a muy poco de ser su sucesor: el señor Iván Cepeda Castro, que me tiene bloqueado en X (Twitter) y al que con cariño suelo llamar “el oligarca disfrazado de pueblo”.
Ya mi estimado Che Pérez Blanco expuso en esta misma vitrina por qué Iván Cepeda es un oligarca de antaño, información que, por supuesto, puede ser corroborada a cabalidad. Por otro lado, mi querido Juan Luis Upegui probó el punto de que es un colectivista de temer. Hoy, me corresponde a mí demostrar por qué, al igual que la mayoría de los políticos del país, es fascista. Solo que no es un fascista cualquiera, a pesar de que algunas de sus jugadas sean predecibles.
Honestamente, si alguien todavía duda del tipo de político que es Iván Cepeda, le recomendaría que revisara su escala de valores. Basta observar el papel que desempeñó durante su campaña presidencial. Una investigación de La Silla Vacía, basada en el análisis de 788 notas periodísticas y 25 emisiones de RTVC Noticias, concluyó que el medio público operó a manera de una auténtica maquinaria propagandística al servicio de su candidatura y de la administración Petro. Mientras Cepeda recibió un cubrimiento abrumadoramente favorable —sin una sola nota crítica—, sus principales contendores fueron sistemáticamente desacreditados y las narrativas del Ejecutivo reproducidas sin contraste. El mismo aparato estatal que sembró dudas sobre la Registraduría, el Consejo Nacional Electoral y otras instituciones quedó reducido al papel de altavoz de quien prometía defender la democracia. Cepeda jamás marcó distancia frente a semejante instrumentalización del Estado: la toleró, se benefició de ella y guardó un silencio tan elocuente cuanto conveniente.
Tal vez por eso comparto buena parte del diagnóstico de Cathy Juvinao cuando lamentó que el antiguo senador “serio y aplomado” hubiera terminado rebajado a un simple títere de Gustavo Petro y convertido en el sepulturero de la posibilidad de una izquierda democrática. Yo añadiría algo más: Iván Cepeda también optó por erigirse en uno de los principales legitimadores del mayor fracaso político de este gobierno, la mal llamada “Paz Total”, cuyo legado no ha sido la pacificación del país, sino el fortalecimiento territorial, militar y político de organizaciones criminales que actualmente ostentan más poder que hace cuatro años. Un hombre dispuesto a utilizar el aparato estatal para favorecer un proyecto político, a avalar con su silencio la propaganda oficial y a justificar el fracaso de una estrategia que consolidó el poder de los violentos en detrimento del de los ciudadanos, difícilmente puede presentarse como un defensor de una sociedad abierta. Y es precisamente ahí donde revela el verdadero rostro del fascismo que dice combatir.
Cepeda es fascista no porque le encante vestirse de negro. Tampoco por ser de izquierda —aunque según el Manifiesto de Verona, el fascismo sí es de izquierda—; ese cuentico está mandado a recoger. Menos por apoyar causas específicas. Cepeda es fascista por llevar consigo la misma premisa que los fascistas de todos los tiempos: el individuo no es un fin en sí mismo… es un recurso al servicio de un horizonte colectivo. Y cuando esa premisa se acepta, el resto se da por añadidura.
Claramente, Iván Cepeda no es el protagonista de esta columna. Es apenas uno de sus síntomas. Si mañana desapareciera de la política colombiana, el problema permanecería intacto, porque el verdadero adversario no es un hombre. No. El verdadero adversario es una idea: la de que el Estado debe colocarse por encima del individuo. Esa es la esencia del fascismo: esa es la herencia política que Colombia se rehúsa a derrotar.

En la próxima entrega veremos cómo ese mismo fascismo se mueve dentro de la derecha. Cambia el uniforme, mas no la premisa. Para quienes creen que con Abelardo de la Espriella cesó la horrible noche, lamento informarles que la “velada con los fascistas” no anhela el amanecer.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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