
“El liderazgo carismático funciona extraordinariamente bien para llegar, pero es frágil, casi por diseño, para gobernar.”
El pasado fin de semana Colombia eligió presidente y lo hizo por menos de un punto de diferencia, con la participación más alta en la historia reciente y con un país que, literalmente, quedó partido en dos; Abelardo de la Espriella ganó, pero ganó una mitad, porque la otra mitad, casi 12,7 millones de personas, votó convencida de que él no era la respuesta.
Y ahí aparece la pregunta que de verdad importa, la que trasciende el resultado y es ¿qué hace un líder cuando el 49% del país nunca creyó en su narrativa? Esa pregunta no es solo política, porque es quizás la más antigua del estudio del liderazgo, muestra de ellos es que Max Weber lo planteó hace más de un siglo y sigue siendo incómodamente vigente, el liderazgo carismático, el que se construye sobre la conexión emocional, la ruptura con lo establecido, la promesa de cambio, tiene una fecha de caducidad estructural, Weber señalaba que este liderazgo funciona extraordinariamente bien para llegar, pero es frágil, casi por diseño, para gobernar, porque la legitimidad carismática vive del entusiasmo del momento, y el entusiasmo, a diferencia de las instituciones, no se sostiene solo con discursos.
De la Espriella hizo una campaña de ruptura, leyó el descontento, ocupó el vacío que dejaron las instituciones desprestigiadas, conectó emocionalmente con millones que querían distancia del sistema y justo esa fue la columna que escribimos hace unas semanas: el fenómeno del outsider que gana por los méritos que el sistema se negó a construir, pero ese capítulo ya cerró y hoy empieza el otro, el que ninguna campaña prepara del todo y es entender en carne propia que gobernar no es seducir, gobernar es ejecutar, negociar, ceder, construir consensos con quienes no te votaron y, sobre todo, administrar el poder sin la urgencia narrativa que te llevó hasta ahí.
En la gestión organizacional, este momento tiene nombre y es uno de los más peligrosos para cualquier liderazgo nuevo y es el sobre-mandato, este ocurre cuando quien gana por un margen estrecho actúa como si hubiera ganado por aplastante mayoría, lo hemos visto en juntas directivas, en relevos gerenciales, en ambientes universitarios, el nuevo líder llega con el 51% de respaldo y gobierna como si tuviera el 90%, ignorando que media organización sigue necesitando ser convencida, no solo gobernada. Y es que el sobre-mandato no se nota el primer día, se nota cuando las decisiones empiezan a sentirse impuestas en lugar de construidas, y la mitad que no creyó en el proyecto deja de ser oposición legítima y se convierte en enemigo interno.
Hay un dato de esta segunda vuelta que la academia del liderazgo estudiaría con atención, las dudas sobre el proceso, instaladas sin evidencia, antes incluso de conocerse el resultado final, eso también tiene un nombre técnico que toda organización debería conocer y es erosión preventiva de la legitimidad, que se da cuando un actor de poder, gane o pierda, siembra la sospecha sobre las reglas del juego, y aquí el daño más que para el resultado de ese momento, es para la capacidad futura de cualquier institución de ser creída y algo sumamente importante, las organizaciones que sobreviven a este tipo de tensión son las que logran separar la legítima discrepancia política de la deslegitimación sistemática de sus propias reglas, no las que evitan el conflicto
Lo que viene ahora para Colombia, y podría atreverme a decir que para cualquier organización que atraviesa un liderazgo nuevo nacido de la ruptura, es la prueba más difícil de gestionar, es convertir el carisma que sirvió para ganar, en la institucionalidad que se necesita para gobernar y esa transición no se improvisa, es necesario que esta se diseñe, se cuide, y sobre todo no se subestime como suele hacerse.
El “Tigre” ya demostró que sabe leer el descontento y movilizarlo, pero la pregunta que Colombia entera se hará en los próximos meses es si también sabe hacer lo que ningún discurso de campaña enseña, construir, con quien no te votó, algo que dure más que el entusiasmo del día en que ganaste. Y también aplica para cualquier organización frente a sus propios liderazgos emergentes.
“Las organizaciones no fracasan por malas decisiones, sino por líderes que dejaron de pensar antes de decidir.”













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