Semovientes «humanos»

Quisiera invitarlos a un tazón de realidad, aunque a más de uno le provoque acidez. Hoy por hoy, Colombia es el ejemplo irrefutable de que la involución sociocultural no solo es posible, sino que además la estamos financiando colectivamente con nuestros impuestos.

Hemos alcanzado un nivel de polarización tan sofisticado que la Guerra de los Mil Días o la época de La Violencia parecen meros juegos de rol infantil. Lo maravilloso de nuestra fauna política actual, sin distingo de banderas ni de extremos, es que se ha perfeccionado el arte del indulto ético: si el infractor de turno comparte los mismos fetiches ideológicos de su sector o genera suficiente simpatía popular, sus conductas punibles se disuelven mágicamente ante los ojos de su fanaticada. En los benditos «acuerdos» y transacciones de poder que cíclicamente padece el país, en nombre de conceptos tan etéreos como convenientes, se entregan prebendas y blindajes mediáticos a sectores violentos. Personajes que, con un descaro digno de aplauso, se abanderan como defensores de la moralidad y los derechos… precisamente los mismos derechos que les pisotearon a los ciudadanos de a pie, esos que cometieron el grave pecado de ser humildes, honestos y trabajadores.

El quiste de la institucionalidad

Esta feria de justificaciones mutuas es un quiste cancerígeno para la salud de la república. Pero claro, intentar defender la objetividad de la ley penal se ha vuelto un acto de heroísmo, o de suicidio social, frente a un sistema diseñado por la pasión colectiva para hiperperfilar los beneficios del victimario, dependiendo de qué lado caiga la moneda.

Las ramas del poder público atraviesan una coyuntura fascinante. Espacios que deberían ser templos de la técnica jurídica y la administración pública terminan, a menudo, cooptados por el fanatismo de turno, escoltado por hordas de juventudes radicalizadas y totalitarias de cualquier espectro. Estos últimos, mediante la sutil pedagogía de la intimidación, amenazan con contaminar el buen ejercicio del Estado. Es el tierno espectáculo del «nuevo en el poder» embriagándose de ego, conviviendo en perfecta armonía con el viejo corrupto de siempre. Al final, el color político es un mero accesorio cosmético; lo verdaderamente importante para estos clanes es sentarse en el trono a usufructuar el presupuesto en beneficio propio.

Ganado con ínfulas de mesías

Antaño al ganado lo arriaban a los corrales; hoy las maquinarias —de todas las orillas— montan a los incautos en buses con cupo completo, les reparten tamal, aguardiente y una miseria en efectivo para que voten por su arreador favorito. Seamos claros y técnicamente rigurosos: quien carece de criterio propio y vende su conciencia por semejantes migajas, al igual que aquel que violenta al prójimo por el terrible delito de pensar diferente, desciende un escalón en la escala evolutiva de la ciudadanía. Son vulgares reses —con el perdón de las vacas reales, por supuesto—.

Son semovientes que, al calor de la arenga barata o respaldados por la cobardía de la turba, apuñalan, agreden y destruyen. Estoy seguro de que Jaime Garzón se revolcaría en su tumba al ver cómo la intolerancia generalizada ha suplantado al debate inteligente en la Colombia de hoy.

A estos personajes —que engloban facciones de carrera, gremios adoctrinados, células violentas de diversas denominaciones y hasta entornos familiares delirantes, radicalizados y bestializados— no se les puede catalogar de otra forma que como «semovientes fanatizados». Son fanáticos capaces de pisotear los derechos fundamentales de su propia sangre, llegando incluso a la ruptura y la hostilidad intrafamiliar si alguno de sus miembros osa cambiar de opinión o criterio político.

Pido disculpas de nuevo a los animales por la analogía jurídica. Las bestias reales carecen de racionalidad, es cierto, pero están limpias de maldad o sevicia. El «semoviente humano», en cambio, camina erguido pero rebaña igual: solo pernocta esperando las instrucciones del capataz que lo arrea con cánticos, himnos o banderas, encendiéndose en un odio visceral. El totalitarismo moderno, venga de donde venga, tiene ese superpoder: insultar la inteligencia de cualquier democracia que se respete y salir ovacionado de la plaza pública.

Hoy somos testigos de persecuciones enfermizas contra cualquier ciudadano o servidor público que se niegue a cometer el pecado de la unanimidad ideológica. Estas dinámicas de cancelación y acoso rozan con el Código Penal a diario: desde la difamación y la calumnia hasta el constreñimiento. Todo sea por destruir al que piense distinto o, en su defecto, para colgarle el milagrito de un sesgo que jamás ha tenido.

El sentido común: esa especie en extinción

Qué diferente sería este platanal si aplicáramos la mítica frase de Garzón: «Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie ni hacerle mal en su persona, aunque piense o diga diferente». Una utopía hermosa, pero inútil en un mercado donde el conflicto cotiza mejor en bolsa.

Vale la pena aclarar, para que no queden dudas, que la «semoviencia política» no es propiedad exclusiva de una ideología en particular. El fanatismo es peligrosamente democrático e interviene en todas las direcciones. Es el hijo legítimo de la ignorancia y el adoctrinamiento, una fórmula que ya ha triunfado con éxito rotundo en la historia.

Con un mínimo de sentido común —artículo escaso por estos días— podemos revisar los grandes éxitos del siglo pasado y sus respectivas vertientes: el fascismo de Mussolini en Italia, los entrañables vejámenes de la Alemania de Hitler, o las recetas de Stalin en Rusia, replicadas hoy con notable fidelidad en diversos experimentos autoritarios alrededor del globo. El común denominador siempre es el mismo: el fanatismo semoviente permeando las instituciones y encendiendo la mecha de la intolerancia tanto en las zonas rurales como en las ciudades.

Por fortuna, el panorama no es del todo desalentador. Todavía quedamos ciudadanos e instituciones dispuestos a dar la batalla estrictamente legal e intelectual para evitar que nuestra sociedad se convierta en la próxima dictadura de la franquicia. Al final del día, la idea sigue siendo dejar un escenario de verdadera justicia, neutralidad y tolerancia para las siguientes generaciones… aunque a los semovientes les cueste entenderlo.

Víctor Hugo Lucero Carmona

Abogado Penalista. Maestro en Artes Escénicas.

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