Voto en blanco: la estupidez de creerse moralmente superior mientras el mundo los arrolla

En Colombia, la segunda vuelta electoral no es un ejercicio de sutilezas ni un concurso de pureza moral: es un mecanismo brutalmente efectivo para dirimir, entre dos opciones antagónicas, quién ostentará el poder. Marcar la casilla del voto en blanco en este escenario no constituye ningún acto de rebeldía ilustrada, ni mucho menos de superioridad ética. Simplemente demuestra, con pruebas fehacientes, una ignorancia supina de las reglas del juego democrático.

Jurídicamente —me corrigen los abogados—, el voto en blanco en segunda vuelta en Colombia es un adorno. No resta, no suma, no define. Su presencia en las urnas no altera el resultado ni abre ninguna compuerta institucional. Es, en el mejor de los casos, un gesto decorativo; en el peor, una pataleta de quien no tiene el coraje de elegir, del absurdo imbécil que no puede tomar una decisión. El votante que opta por esa alternativa no está “enviando un mensaje”: está confesando que no entiende que la política no es un acto de contemplación, sino de decisión.

Solo para recordarles a los tibios: hace veinticinco siglos, en el fragor de la guerra del Peloponeso, Tucídides narró con desoladora claridad el destino de las ciudades griegas que pretendían mantenerse al margen de la pugna entre Atenas y Esparta. No eran respetadas por su neutralidad: eran devoradas. Los espartanos las consideraban enemigas encubiertas de la libertad helénica, y los atenienses, traidoras a la democracia. El desenlace: arrasadas por ambos bandos, sin que nadie las reivindicara ni las llorara.

Hoy, aquellos que votan en blanco en una segunda vuelta son el equivalente a las neutrales de Tucídides: creen que su no-posición los protege, cuando en realidad los condena. Porque la historia no premia a los indecisos ni a los espectadores; los atropella. Basta observar el caso de Fajardo: despreciado por tirios y troyanos, condenado a la irrelevancia y al ostracismo.

La sociedad no es un degradé de acuarela: es un campo de batalla de proyectos excluyentes. Y el momento actual lo confirma: gústenos o no, el mundo entero se está realineando en dos polos magnéticos. De un lado, el nacionalismo de derecha y su culto al orden; del otro, el progresismo de izquierda, con su agenda de la ampliación de la base del derecho y su crítica al capitalismo. No hay término medio que gobierne el siglo XXI. Los gobiernos tibios son barridos en las siguientes elecciones. Las medias tintas no resisten el ímpetu de las pasiones.

Una vez más, los liberales nos encontramos en medio de dos polos opuestos. Pero la política no concede el lujo de la abstención moral. No. Mientras nuestras ideas continúan expandiéndose, corresponde elegir. Sea por convicción o por simple pragmatismo político, corresponde elegir. Votar en blanco en segunda vuelta es, por tanto, un acto de cobardía intelectual: fingir que uno está por encima de la contienda aunque lo cierto es que está ausente de ella.

Analicemos con franqueza la psiquis del elector que deposita este voto inútil. No es un escéptico profundo: es un temeroso disfrazado de crítico. Su mecanismo defensivo es la proyección: como no soporta la angustia de elegir entre dos males (reales o imaginarios) se autoconvence de que su abstención calificada es un acto superior. La psicología sabe bien que la incapacidad para tomar partido no es una virtud: es un síntoma. Es la cicatriz del carácter evasivo, del que prefiere no mojarse para no tener que rendir cuentas.

Estos votantes son, en esencia, los mismos que en la vida cotidiana miran hacia otro lado ante la injusticia, que aplauden todas las causas sin comprometerse con ninguna, que confunden el cálculo mezquino con la prudencia. Son los imbéciles útiles del sistema: al no elegir, permiten que otros elijan por ellos. Y luego se quejan del resultado.

Y aquí lo digo en calidad de estratega: en política, al igual que en la guerra, el vacío no existe. Quien no vota por una opción, vota tácitamente por la que gane. El voto en blanco en segunda vuelta es el lujo de los ingenuos: creen que no manchan su mano, cuando lo único que logran es que les caiga encima todo el lodo de la historia sin haber movido un dedo para evitarlo.

Así que, por favor: si va a ser neutral en una segunda vuelta, al menos tenga la honestidad de admitir que no entiende cómo funciona el poder. Y si insiste en su “pureza”, recuerde la lección que Tucídides dejó sobre las neutrales del Peloponeso:

Ninguno las recordó, porque ninguno las quiso”.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Julián Ramírez

Asesor en Relaciones Internacionales y Geopolítica. Politólogo e Internacionalista por la Universidad Sergio Arboleda, con formación de posgrado en Estrategia y Geopolítica en la Escuela Superior de Guerra. Founder Member de El Insubordinado.

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