Cambiar el discurso: la política de la zozobra electoral

Un discurso político efectivo construye una realidad compartida, en esa construcción participa la imaginación que puede ficcionalizar cualquier verdad o transfigurar en verdad la ficción.


Hay dos cosas concretas en un ambiente electoral: los discursos y sus resultados en las urnas. Cuando el ambiente, además de electoral, es democrático, los votos ponen a prueba la eficacia narrativa de lo dicho y lo decible en estos discursos.

Los discursos en campaña electoral no surgen del vacío, tampoco son accidentes lingüísticos; se inscriben en una tradición política para consolidarla o desafiarla. Intentan legitimarse en la memoria de los votantes a través de la historia compartida y la urgencia del presente. El discurso político no es un diálogo con el pueblo, pero intenta serlo en el instante mismo de su enunciación. Los oyentes están en el aquí y el ahora donde, escuchando, se sienten escuchados. Es un diálogo ficticio, una convención de la imaginación para confirmar expectativas, reconocer miedos, anticipar resultados e incluso responder a las preguntas concretas que interpelan: “¿Debemos rendirnos?”, “¿Hay miedo?”. Un discurso político efectivo construye una realidad compartida, en esa construcción participa la imaginación que puede ficcionalizar cualquier verdad o transfigurar en verdad la ficción. Todo ello, siempre, desde un relato común cuya continuidad y coherencia generan una identidad sólida.

En este contexto, el discurso político electoral queda sometido como imagen al lente personal de los que, escuchando promesas,  miran las posibilidades del futuro. Por esta razón, la ruptura de la narrativa del discurso en época electoral es un mal escenario político para quien lo enuncia, pues, la ruptura distorsiona la imagen y lo imaginado que, en lo dicho, sostiene lo decible. Es decir, todo aquello que no alcanza a ser explícito más que en el deseo individual y colectivo de creer en una comunidad operativa que sobrevive desde la emergencia del presente y con un pequeño margen de incertidumbre para narrar y ser narrada. Esto es, ser reconocida como movimiento de transformación.

Ahora bien, un discurso que, por la urgencia de votos, rompe con el sentido que tenía pactado desde el inicio, rompe con su ideología (si la tiene), pero, sobre todo, rompe con la historia; su historia, apenas puede sostenerse en la anécdota de su origen para entretener la razón y la emoción del consenso social. Pues, su objetivo como dispositivo de poder no logra capturar la solicitud de la instancia ciudadana, dado que su máscara de credibilidad ha quedado expuesta en el espejo de la opinión pública donde, duplicándose, solo puede ver los despojos con los que ha sido construida.

Xenia Guerra

Licenciada en Letras mención Lengua y Literatura Hispanoamericana y magíster en Literatura Iberoamericana por la Universidad de Los Andes en Venezuela.

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