El desapego y el estoicismo

No podemos elegir a nuestros padres físicos, pero sí a los espirituales

Séneca


¿Qué tan violento es el ser humano? Al respecto Steven Pinker plantea en su libro Los ángeles que llevamos dentro (2012), que alguien catalogado como buena en términos morales puede sentir satisfacción si se inflige daño a un ajeno cuando en respuesta a una ofensa, se encuentra un pretexto que justifique la agresión.

Para el pesimista, es decir para quien piensa que la maldad es constitutiva al ser humano, practicar la violencia como un mecanismo de placer sádico es un tipo de gozo el cual corresponde a la idea común de que lo malos practican el crimen que los buenos sueñan realizar en secreto.

Sin embargo, la tesis que plantea que la humanidad es violenta por naturaleza omite una verdad: es posible encontrar los ángeles que llevamos dentro si apreciamos ciertos gestos de sensibilidad y cortesía frente al otro, que fungen a modo de grandes actos de resistencia contra el desencadenamiento del odio profundo y el malestar de la ingratitud.

Los estoicos y especialmente el filósofo cordobés Lucio Anneo Séneca, ya planteaba en sus Cartas morales a Lucilio (1996), que la venganza es un impulso contrario a la virtud. Lo mismo ocurre con la ira, que lejos de ser una causa no contralada por la naturaleza, sí puede ser considerada como una mala decisión del pensamiento. La ira y la venganza enceguecen la razón porque se muestran como pasiones desenfrenadas que recurren a un falso sentido de la justicia: resarcir del mal experimentado a través de una destrucción del todo.

Es por ello por lo que el estoicismo plantea como antídoto el regreso a la filosofía, que es una manera de combatir el carácter reactivo de la violencia. Pensar es una manera de apaciguar el ánimo para habitar la virtud. Filosofar es un intento de renuncia ante los mecanismo destructores que se encuentran en la ira o la venganza. La filosofía se torna así en una técnica que enseña el desapego.

Ira y venganza son los combustibles que activan la violencia como una chispa, que se transforman en llama y fuego mediante los recursos de una razón viciada en la manía de justificar lo injustificable: les sucedió a los nazis en su intento de justificar el holocausto y hoy día a los fascistas que argumentan en favor de la expulsión y el maltrato a los migrantes.

Quien se llena de ira o deseo de venganza muestra en su desenfreno que una agresión no ha sido olvidada; que una injuria habita en el corazón, hasta cubrirlo de odio. Y a pesar de todo la justicia pulsional de la venganza no resarce el mal de la ofensa, sino que lo radicaliza. En cambio, la justicia tomada en un sentido filosófico sí puede actuar como el analgésico contra las conductas compulsivas, evitando que el ser humano pierda el control de sí mismo.

Pero hemos hablado de los gestos de la bondad, en señal de que sí es posible encontrar los ángeles que llevamos dentro. Siguiendo a Séneca y en particular en las cartas donde ofrece lecciones sobre la virtud y el vicio, se plantea el caso del desagradecimiento. Es más usual percibir que la gratitud se muestra como una falsa hipocresía, mientras que asumir sabiamente la ingratitud es una manera de lidiar desde dentro de uno mismo contra el sentimiento de revancha y de rencor, caldo de cultivo del iracundo o el vengativo.

Para Séneca el cálculo de la reciprocidad si bien es una manera de sostener el bienestar social, no logra apreciar la excepción a la regla. Y lo excepcional del caso es que tanto el ingrato como el furioso que no acepta la ingratitud, ambos, se encuentran en un bucle que no tiene retorno. Es decir, lo que no sabe el bondadoso cuando sufre de la ira por la ofensa del ingrato, es que una manera negativa de responder a esta situación es la incomodidad y el malestar de estar ofendido, mostrando en el fondo el rencor, como un tipo de mezquindad. Todo esto sucede mientras el drama del conflicto y la rivalidad entre el ingrato y el iracundo ensombrece el carácter del virtuoso.

Y en efecto, en las Cartas morales a Lucilio, Séneca lanza una idea incómoda: lidiar con el desagradecido es un bien espiritual que supera a la comodidad que genera la gratitud mutua. Quien vive calculando la reciprocidad le entrega las llaves de su bienestar al resto. Enfadarse porque un favor no regresó es como regalar el propio destino; una forma gris de mezquindad que termina por encoger el carácter.

Para explicar este desapego, Séneca usa una imagen del campo: hay que volver a sembrar, incluso tras una mala cosecha. El campesino sabe bien que la tierra que hoy parece estéril puede volverse fértil mañana si cambia el clima y se le tiene paciencia. Del mismo modo, el verdadero termómetro de la generosidad no aparece cuando todo marcha bien, sino cuando chocamos de frente con alguien que no nos da las gracias.

Dar de verdad —hacer del beneficio una acción creativa— es un oficio que se aprende equivocándose con la gente incorrecta. Justo ahí, en el terreno de la incertidumbre, es donde toca insistir. El que da esperando el aplauso o la devolución sigue atrapado en una lógica de contables. Esclavo de una deuda invisible que arruina cualquier encuentro auténtico.

El estoicismo propone, en realidad, un balance más inteligente: revisar si quien nos lastimó hoy no nos dio una mano en el pasado. Cuando uno entiende que las cuentas de la vida suelen equilibrarse a la larga, el ruido interno se apaga. El reto no es vengar el golpe, sino recordar lo que valió la pena. No es un llamado a la sumisión, sino un acto de rebeldía íntima: limpiar el corazón del veneno, pasar la página de la ofensa y rescatar el favor en la memoria.

Ante la traición, el necio exige simetría, quiere ver sangre. El sabio, en cambio, rompe la cadena. En un entorno saturado de agresiones de ida y vuelta, negarse a devolver el golpe no es debilidad. Es la decisión radical de elegir la paz interior como la única manera digna de sostener la vida.

 

Bibliografía

Pinker, Steven (2012). Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones. Paidós

Séneca (1996). Epístolas morales a Lucilio. Libro X. Epístola 81. Planeta DeAgostini.

Juan Sebastián Ballén Rodríguez

Amigo de los libros y de la buena compañía. Filósofo de profesión y profesor universitario:

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