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“El hombre está tan ocupado con los medios para vivir que se olvida de vivir”. Durante el siglo XIX, la periodista y activista por los derechos de la mujer, Margaret Fuller, nos dejaba este mensaje que aún con más ahínco sigue retratando fehacientemente al individuo actual.
En una sociedad que parece avanzar a la velocidad de una notificación, descansar comienza a percibirse como un lujo y no como una necesidad. Hoy, con inquietante frecuencia, se exalta a quienes trabajan jornadas interminables, responden correos a medianoche, sacrifican fines de semana y convierten el cansancio en una especie de insignia honorífica. Sin embargo, también parece consolidarse una visión paternalista, según la cual siempre debe existir una institución dispuesta a amortiguar las consecuencias de nuestras decisiones, como si el esfuerzo y el rendimiento fuesen elementos secundarios frente al acompañamiento permanente. Pero la realidad suele ser menos complaciente, pues ni las universidades, ni las empresas, ni la sociedad funcionan bajo la premisa de que todos obtendrán los mismos resultados independientemente de su desempeño. Bajo esta lógica, surge una pregunta que merece ser examinada con detenimiento: ¿estamos romantizando el agotamiento?
Desde temprana edad se nos enseña que el esfuerzo es indispensable para alcanzar cualquier objetivo y, ciertamente, no existe mérito sin disciplina ni resultados sin constancia. Empero, en algún punto, la valoración del esfuerzo pareció transformarse en la glorificación del exceso. Ya no basta con trabajar; ahora se espera que se trabaje hasta el límite. Ya no basta con ser productivo; ahora parece necesario demostrar que se está permanentemente ocupado. En consecuencia, solemos admirar las historias de éxito por los resultados que exhiben, pero rara vez nos detenemos a examinar lo que ocurrió detrás de ellas: las renuncias, el desgaste emocional y, en no pocos casos, la experiencia de quienes atravesaron sus mayores dificultades en absoluta soledad. Aquello que se presenta como perseverancia ejemplar muchas veces oculta costos personales que permanecen invisibles para quienes únicamente observan el desenlace.
Ahora, realizaré un fuerte y extenso ejercicio de autocrítica. Durante mucho tiempo, creí que la disposición permanente, la acumulación de responsabilidades y la capacidad de soportar jornadas cada vez más exigentes eran señales inequívocas de compromiso; y como muchos otros, confundí la productividad con el valor personal y asumí que descansar era una concesión que debía ganarse después de cumplir con todas las obligaciones. Sin embargo, esa lógica tiene una consecuencia silenciosa; lo extraordinario termina convirtiéndose en una expectativa cotidiana. Lo que inicialmente se considera una muestra de responsabilidad pronto deja de recibir reconocimiento y pasa a entenderse como el estándar mínimo aceptable, y es en ese preciso momento en que el esfuerzo deja de ser una herramienta para alcanzar objetivos y se convierte en una exigencia permanente de la cual resulta difícil escapar.
En el ámbito académico, esta dinámica tampoco pasa desapercibida. Clases, trabajos, prácticas, cursos complementarios y proyectos personales suelen acumularse hasta configurar jornadas que se extienden mucho más allá de los horarios formales. Cada logro es compartido en redes sociales acompañado de mensajes sobre productividad, perseverancia y crecimiento. A pesar de todo esto, aquello que no suele mostrarse son las horas de sueño perdidas, la ansiedad acumulada o la sensación constante de no estar haciendo suficiente. De manera tácita, parece haberse establecido un acuerdo según el cual el cansancio permanente constituye una evidencia de compromiso, mientras que el descanso se interpreta como una señal de insuficiente dedicación.
Resulta paradójico que, mientras los discursos sobre bienestar ganan espacio en la esfera pública, continúe fortaleciéndose una cultura que premia el desgaste, debido a que se admira a quien siempre está disponible, a quien nunca desconecta y a quien parece capaz de producir sin interrupción. Por el contrario, quien decide establecer límites suele ser percibido como menos comprometido o menos competitivo. Del mismo modo en que alguien concluye que una entrevista no fue del agrado de una persona porque respondió con monosílabos, hemos aprendido a interpretar el descanso, la desconexión o la moderación en el trabajo como indicios de falta de ambición.
Las redes sociales han contribuido, en cierta medida, a esta percepción, puesto que constantemente observamos relatos de éxito donde los sacrificios aparecen magnificados y los costos personales minimizados; pululan historias de personas que trabajaron durante años sin descanso hasta alcanzar sus metas, pero rara vez se profundiza en las consecuencias físicas y emocionales que acompañaron ese proceso. Pocas veces dichas experiencias se exponen in puris naturalibus, desprovistas de los filtros narrativos que embellecen el sacrificio y atenúan sus secuelas.
Ahora bien, conviene preguntarse si realmente estamos admirando la disciplina o celebrando la incapacidad de detenernos. Después de todo, una sociedad que normaliza el cansancio permanente corre el riesgo de convertir el bienestar en una aspiración secundaria; asimismo, cuando dormir adecuadamente, compartir tiempo con la familia o dedicar espacio al ocio se consideran obstáculos para el éxito, quizá el problema no radica en las personas, sino en las expectativas que hemos construido colectivamente. Pareciera que esperamos de nosotros mismos un desempeño ininterrumpido y prácticamente infalible, olvidando que resulta imposible ser intachable de manera permanente y que el error constituye una condición inherente a la experiencia humana. Bajo tales exigencias, cualquier pausa se interpreta como debilidad y cualquier equivocación como un fracaso inadmisible.
“Ya descansaré cuando alcance mis objetivos” o “si estoy agotado es porque estoy avanzando”, son expresiones actualmente normalizadas, y aunque estas contienen una dosis de verdad, también reflejan una peligrosa tendencia a postergar indefinidamente el cuidado personal. En muchos casos, quien adopta esta lógica es percibido como alguien que encaja perfectamente en la filosofía contemporánea del rendimiento, una persona dispuesta a sacrificar el presente en nombre de una productividad constante y de metas cada vez más exigentes.
Para concluir, el esfuerzo continúa siendo necesario, pero una vida construida exclusivamente alrededor de la productividad difícilmente puede sostenerse en el tiempo. Quizá ha llegado el momento de replantear aquello que admiramos y reconocer que descansar no es renunciar a las metas, sino preservar las condiciones que permiten alcanzarlas. De lo contrario, seguiremos clasificando a las personas entre quienes aparentan estar siempre ocupados y quienes, por no ajustarse a ese ideal, son considerados poco menos que unos “Juan Lanas”. Porque una sociedad que convierte el cansancio en virtud corre el riesgo de olvidar que vivir también implica detenerse.













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