
En los últimos años hemos visto una tendencia en las elecciones democráticas de Occidente a enfrentar en segunda vuelta a candidatos de extremos ideológicos, de forma que el voto termina decidiéndose tanto por una pasión por uno de los candidatos como por el rechazo al otro. En ese escenario, la solidez y seriedad de las propuestas pasan a un segundo plano.
¿Por qué? Porque el ser humano medita poco y reacciona mucho.
¿A qué reacciona? Esto varía en función del nivel de desarrollo del país y del tipo de problemas que atraviesa. Me permito enumerar algunos:
- A la pobreza y al abandono de sus gobernantes, por lo cual buena parte de la población abraza la concepción filosófica de que son los gobernantes quienes deben encargarse de sus necesidades. Y, en ese contexto, se percatan de que trabajan y pagan impuestos sin recibir una retribución apropiada al respecto.
- A la amenaza de culturas extranjeras o subculturas emergentes modernas, que les hacen sentir que pueden perder la mucha o poca estabilidad que han logrado conservar.
- A la inercia de los asuntos no resueltos que les impiden tener una mejor calidad de vida. La importancia de estos dependerá de qué tan desarrollada sea la sociedad. Tales asuntos pueden provenir de un Estado pesado que se impone a los ciudadanos o de la ausencia absoluta de este, incapaz de defender derechos fundamentales, en particular la vida, la libertad y la propiedad privada. O incluso, de la existencia —ergo, pésima convivencia— de ambas.
- A la violencia, tanto dentro de su familia o de sus círculos cercanos como a la difundida por los medios de comunicación, líderes de opinión y clase política. Esta última se transmite mediante prácticas insanas dentro de la sociedad, que los hacen crecer o rodearse de entornos peligrosos. Por ende, se acostumbran a que la acción humana ocurra siempre en un estado de supervivencia.
La suma de estos factores los coloca en una posición de vulnerabilidad y atenta contra sus valores e integridad.
Ahora bien, ¿por qué medita poco?
- Porque no dispone de información adecuada para sopesar y sobre la cual meditar. O esta es dispersa, ambigua o no ofrece una mirada suficientemente rigurosa de los problemas.
- Porque no tiene una educación en pensamiento crítico acompañada de habilidades de gestión emocional.
- Porque carece de la resiliencia necesaria para convertir el pesar que provoca una adversidad en una reflexión constructiva.
- Porque no cuenta con el tiempo libre o los espacios de ocio idóneos para pensar. La reflexión profunda no es posible si eres un ciudadano de a pie que trabaja 12 horas o más al día o si solo llegas a tu casa para descansar o desahogarte. En un mundo cada vez más globalizado, donde hay más gente y se requiere producir más, la pausa ya no es lo común en el día a día. Pese a que, efectivamente, a nivel general estamos viviendo la mejor época de la historia de la humanidad, todavía quedan desafíos para volver la vida más placentera.
¿Existe una receta que resuelva todos estos desafíos? No, pero sí creo que hay condiciones que nos orientan hacia ese propósito: 1) instituciones políticas firmes y subordinadas al ciudadano, 2) instituciones económicas de libre mercado que favorezcan el libre desarrollo del proyecto de vida de las personas y 3) reglas informales donde se fomente una cultura cívica de respeto por las leyes y por el otro.
Para ello, necesitamos de espacios de debate y participación en los que se cultive la escucha. Necesitamos compartir con distintas culturas para empatizar y construir, en lugar de discriminar o rechazar. Necesitamos valores objetivos que satisfagan nuestros intereses personales y nos permitan triunfar y salir adelante, sin depender de otros ni arrebatarles lo que les pertenece.
¡Vayamos en esa dirección!
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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