
“Nos hemos enfrascado tanto en nuestras trincheras ideológicas que olvidamos lo esencial: ni la izquierda ni la derecha son el enemigo. El enemigo es la corrupción que nos saquea, la violencia que nos destroza y la injusticia que nos divide. Mientras nosotros nos peleamos por el color de la bandera, ellos nos roban el país. Dejemos de apuntarle al hermano y apuntémosle a lo que realmente nos está destruyendo.”
Durante mucho tiempo en nuestro país Colombia se ha enseñado a rechazar a quien piensa distinto, no a partir de argumentos racionales sino desde posturas de odio. Si alguien en el trabajo dice que le gusta un género musical diferente al del grupo, lo apartan. Si en la familia alguien tiene una opinión distinta sobre cualquier tema, lo llaman raro, problemático o conflictivo.
Y en estas elecciones presidenciales, nuestra nación sigue perpetuando estas ideas, a quien no comparte nuestros ideales políticos lo convertimos en enemigo, lo insultamos, lo denigramos, como si pensar distinto fuese una traición. Nos hemos enfrascado en posturas extremas, creyendo tener respuestas absolutas para una sociedad que es, por naturaleza, dinámica y compleja. Y en ese encierro ideológico, hemos perdido de vista la realidad que nos rodea.
Por lo tanto, se hace necesario entender que ni quienes piensan desde la izquierda son parásitos del Estado, ni quienes lo hacen desde la derecha son enemigos del pueblo. Son colombianos, como usted, como yo y están pensando desde lo que consideran necesario para el progreso del país.
Existe un principio tan antiguo como el poder: divide y reinarás. Y Colombia lo padece en carne propia. Cuando estamos ocupados odiándonos entre nosotros, reina la corrupción que saquea lo público, reina la violencia que destroza territorios y familias, reinan los intereses oscuros que prosperan precisamente porque nadie los está mirando. Pasamos tanto tiempo odiando a nuestro hermano colombiano, que olvidamos que somos compañeros de batalla frente al mismo enemigo: la injusticia.
Muchos dicen defender las ideas de Jaime Garzón, aquel que llamaba a las juventudes a tomar el control del país porque nadie lo haría por ellas. Pero olvidan que ese mismo Garzón también advirtió: “El problema de nosotros los colombianos es que no tenemos una conciencia colectiva. Tenemos una posición cómoda e individual ante la vida. El problema soy yo, me salvo yo, el resto friéguese.” Y ahí está nuestra paradoja: odiamos al vecino que vota diferente, pero no nos organizamos juntos contra lo que realmente nos destruye.













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