
“El señor De la Espriella es a toda luz el ideal parapolítico hecho persona: antiderechos, autoritario, déspota, maltratador y pusilánime. Y admirador de genocidas como Carlos Castaño. Que tiene en su política el fervor de creerse el mesías y de tratar á los ciudadanos de “cafres” como les gusta llamarlos, de vez en cuando.”
En Colombia pensar diferente te lleva a ser el enemigo acérrimo de otra persona. Que desde esa encarnación de la maldad eleve el discurso al odio por el otro. Y hoy esta frase tiene nombre y apellido: Abelardo De la Espriella.
Ante el inminente avance del querer la guerra como bandera de gobierno tenemos que ser tajantes. No es posible que en un país que lleva más de sesenta años en violencia propuestas tan abrumadoras calen en el imaginario de la sociedad colombiana. Que ha sido y sigue azotada en sus más profundas heridas.
El señor De la Espriella es a toda luz el ideal parapolítico hecho persona: antiderechos, autoritario, déspota, maltratador y pusilánime. Y admirador de genocidas como Carlos Castaño. Que tiene en su política el fervor de creerse el mesías y de tratar á los ciudadanos de “cafres” como les gusta llamarlos, de vez en cuando.
Es tan mezquina su visión de país que quiere poner a disposición de la muerte los hijos de los trabajadores, o como él lo llama “El plan Colombia II” mientras su familia goza de todas las comodidades en la Toscana italiana. Una estrategia hecha y diseñada para establecer dolor, sufrimiento y angustia. Una copia más joven y alebrestada de Álvaro Uribe Vélez.
Es tanto el colmo de la hipocresía que su candidato vicepresidencial habla de no estar con los mismos que siempre han gobernado, pero hizo parte del peor gobierno de la historia reciente: el Gobierno Duque. Con la bendición del Centro Democrático hasta por encima de su propia candidata.
Todos estos acontecimientos son fundamentales y terminan de consolidar para perjuicio de la democracia, que no importa cómo haces campaña. Lo primero es generar odio hacía quienes piensan diferente. Y que dé como resultado una victoria perjudicial para la nación.
En donde a vista de muchos, decir de manera “agraciada” que matar gatos con pólvora, cambiar de libreto religioso a conveniencia es suficiente para dirigir a Colombia. Una preocupante radiografía para la coherencia y el respeto. En donde el todo se vale por el todo.
La pregunta que nos debemos de plantear es si un outsider en la política realmente soluciona de fondo las dificultades o si por el contrario las agudiza con un discurso anti derechos como lo plantea el candidato fascista. Es ahí en donde la reflexión debe llamar a la cordura y altura en el ejercicio electoral.
De la Espriella es tan dañino, como una infección para el ser humano; poco a poco destruye lo saludable. Lo que claramente representa esta propuesta de país.
Vivimos en un país que, citando a Jaime Garón, es como una finca y abrimos una licitación para que un agregado la administre. Con este símil se da a entender que lo que está en juego no es simplemente un gobierno. Son los páramos, la vida, la educación pública y el derecho a protestar cuando algo nos incomoda.
La juventud debe de estar preparada para asumir el rol ponderante de plantar una postura democrática, protectora y segura de un país que anhelamos vivir y dejar como legado a las siguientes generaciones. En donde podamos reunirnos y converger sin el temor a morir a manos del Estado.
La seguridad democrática es, a mi parecer, el claro ejemplo de que las vidas no se pueden medir en resultados militares en combate. Quienes desean la guerra nunca la han tenido que vivir en carne propia, pero disfrutan sus resultados. Disfrutan ver como los pobres, los trabajadores y los campesinos ponen sus hijos para el lucro moral, político y social de un sector.
Esa es la posición cómoda e individualista de la que gozan para desgracia nuestra los aspiracionistas políticos de extrema derecha. A ellos se les debe de deber todo, cuando no han sacrificado su familia en una violencia incesante que azota las regiones. Nunca verán que los hijos de los líderes fascistas presenten el servicio militar porque sencillamente “ese sacrificio es del pueblo” y no de la élite.
Buscar la paz no es ceder, algo que a este gobierno, que respaldo se le salió de las manos. La búsqueda de esa paz es entender que no todo se resuelve a punta de bala y combas, es ir más allá y ver los problemas desde el fondo y no desde la forma. Y así plantear soluciones reales y necesarias para superar las crisis violenta y déspota.
Escuchar hablar de destripar a un sector diferente es la sentencia de muerte por pensar. Es revivir la operación golpe de gracia y marginar más a Colombia. La solución está en nuestras manos, y no solo nos estamos jugando un momento político. Nos estamos jugando la vida de la democracia.













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