Pan y Circo

El próximo 21 de junio los colombianos acudiremos a las urnas para elegir al nuevo presidente de la República. Cuatro días antes, el 17 de junio, la selección Colombia hará su debut en la Copa del Mundo. Dos días después de la segunda vuelta, volverá a jugar. La coincidencia parece anecdótica, pero difícilmente podría ser más simbólica. Durante varios días, el país vivirá entre dos acontecimientos capaces de movilizar emociones masivas: una elección presidencial y la participación de la selección nacional en la mayor cita deportiva del planeta.

Durante años hemos repetido la expresión «pan y circo» para referirnos a una ciudadanía distraída por el entretenimiento mientras los asuntos verdaderamente importantes ocurren en otro lugar. Sin embargo, quizás el problema actual no sea la distracción. Tal vez sea algo más profundo. Hoy vivimos en una sociedad donde las emociones ocupan cada vez más espacios en la vida pública, y pocas cosas despiertan emociones tan intensas como el fútbol y la política.

En teoría, ambos deberían pertenecer a mundos diferentes. El fútbol forma parte del terreno de las pasiones, mientras que la política debería pertenecer al terreno de la reflexión, el análisis y la deliberación. El primero se disfruta con el corazón; la segunda exige algo más que entusiasmo. Sin embargo, basta observar las redes sociales, las conversaciones familiares o los debates públicos para advertir que esa frontera parece desdibujarse cada vez más.

Quizás la verdadera pregunta no sea si el Mundial terminará opacando las elecciones. La pregunta realmente incómoda es otra: ¿qué tanto hemos convertido las elecciones en una especie de Mundial político? Cada vez más ciudadanos parecen relacionarse con la política de la misma manera en que se relacionan con un equipo de fútbol. Y cuando eso ocurre, la democracia comienza a parecerse menos a una conversación entre ciudadanos y más a una competencia entre hinchadas.

La lógica del hincha es perfectamente comprensible dentro de un estadio. El hincha apoya incluso en la derrota. Justifica errores que jamás perdonaría a un rival. Celebra los tropiezos ajenos con más entusiasmo que los aciertos propios. Nadie le exige imparcialidad porque su función no consiste en ser objetivo, sino en acompañar a su equipo. El problema comienza cuando esa misma lógica abandona las tribunas y se instala en la vida política.

Un ciudadano no debería actuar como un hincha. Debería ser capaz de cuestionar incluso a quienes apoya, exigir resultados a quienes eligió y reconocer errores cuando estos existen. Sin embargo, la política contemporánea parece recompensar comportamientos distintos. Con frecuencia resulta más importante defender una identidad política que examinar críticamente las decisiones de quienes la representan. De modo que la lealtad emocional suele imponerse sobre el juicio racional.

Por eso muchas campañas ya no buscan convencer, sino movilizar emociones. La indignación genera más interacción que los argumentos. El miedo circula más rápido que los datos. El escándalo atrae más atención que una propuesta técnica cuidadosamente elaborada. En una sociedad donde la atención se ha convertido en el recurso más valioso, los incentivos favorecen el espectáculo mucho más que la deliberación.

No es casualidad que los debates presidenciales parezcan programas de entretenimiento, ni que ciertos candidatos estén más preocupados por viralizar una frase que por explicar sus propuestas. La lógica es sencilla: en una democracia convertida en espectáculo, quien logra despertar emociones suele tener más ventajas que quien ofrece soluciones. La política deja de orientarse por el debate de ideas y comienza a regirse por las reglas del mercado de la atención.

Las consecuencias de esta transformación son evidentes. Muchos ciudadanos pueden recitar de memoria las estadísticas de la selección Colombia, pero tendrían dificultades para explicar las propuestas económicas, educativas o de seguridad del candidato que apoyan. Exigimos conocer cada detalle del rendimiento de un delantero antes de confiar en él; sin embargo, estamos dispuestos a entregar el país a dirigentes cuya trayectoria apenas conocemos. La comparación resulta incómoda precisamente porque encierra una verdad difícil de ignorar.

Esa diferencia no solo se refleja en el conocimiento que tenemos sobre nuestros dirigentes, sino también en la manera en que reaccionamos ante los acontecimientos públicos. Nos enfurece una decisión arbitral que dura noventa minutos, pero aceptamos con resignación escándalos políticos cuyas consecuencias se extienden durante años. Analizamos repeticiones, estadísticas y antecedentes para juzgar una jugada, mientras emitimos opiniones políticas categóricas después de leer un titular o ver un video de pocos segundos. Tal vez esa comparación sea exagerada. Pero quizás lo verdaderamente preocupante sea que no lo sea tanto.

Sin embargo, los acontecimientos recientes parecen sugerir algo todavía más inquietante. Durante años temimos que el fútbol distrajera a los ciudadanos de la política. Hoy da la impresión de que ocurre lo contrario: la política está invadiendo espacios que tradicionalmente pertenecían a todos. Actividades, símbolos e incluso expresiones de identidad colectiva son reinterpretados a través de filtros ideológicos. Lo que antes servía para encontrarnos como sociedad termina convertido en un nuevo campo de batalla partidista.

Quizás esa sea una de las señales más evidentes de la polarización contemporánea. Ya no discutimos únicamente sobre candidatos y programas de gobierno; ahora discutimos sobre símbolos, gestos, canciones, camisetas y escenarios que, hasta hace poco, parecían estar por encima de las disputas políticas. Hemos llegado al punto en que la camiseta de la selección puede generar más controversia que algunas propuestas presidenciales.

Resulta difícil no preguntarse qué dice eso sobre nuestras prioridades como sociedad. Cuando un símbolo capaz de reunir a millones de personas termina convertido en objeto de disputa ideológica, el problema ya no está en la camiseta; quizás reside en nuestra incapacidad para reconocer que existen espacios que deberían pertenecer a todos. Y eso dice mucho menos sobre el fútbol que sobre nosotros mismos.

La coincidencia entre el Mundial y la segunda vuelta presidencial debería servir para recordarnos una diferencia fundamental: el fútbol y la política no tienen las mismas consecuencias. La derrota de una selección puede generar tristeza, frustración o rabia, pero sus efectos suelen ser efímeros. Las decisiones políticas, en cambio, permanecen y terminan moldeando la economía, la educación, la seguridad, las oportunidades laborales y, en última instancia, la calidad de vida de millones de personas mucho después de que el último partido haya terminado.

El verdadero peligro no es que el Mundial eclipse las elecciones. Quizás el problema sea que, hace mucho tiempo, convertimos la política en otra versión del Mundial: dos equipos enfrentados, millones de hinchas convencidos de tener la razón y cada vez menos ciudadanos dispuestos a escuchar a quienes piensan diferente. Si eso es cierto, entonces el viejo «pan y circo» ya no funciona como en la antigua Roma. Ya no se trata de distraer a la población de la política, sino de transformar la propia política en espectáculo.

Hoy el espectáculo no nos aleja de la política, sino que se ha instalado dentro de ella. Y a lo mejor la noticia más preocupante no sea que discutamos de política como si fuera fútbol, sino que estamos empezando a convertir el fútbol en otra batalla política más. Porque cuando una sociedad llega al punto de disputar incluso los símbolos que deberían unirla, el problema ya no está en las urnas, en los candidatos o en los estadios.

El problema está en el espejo. 

Juan Felipe Triviño Herrera

Estudiante de Historia en la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Apasionado por el estudio de la historia de la medicina, las instituciones médicas, la psiquiatría y las concepciones sobre la enfermedad mental. Su trabajo académico se centra en analizar los discursos y prácticas que han definido estas disciplinas, conectando su desarrollo histórico con los debates sociales y políticos actuales.

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