El dieciocho Brumario del tigrillo De la Espriella

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El pasado domingo el progresismo en Colombia sufrió un descalabro electoral inusitado, una crónica de un revés no anunciado. El resultado adverso para la campaña presidencial de la fórmula Iván Cepeda/ Aidé Cilcué, demudó a todos sus seguidores, si nos atenemos solo a las caras de los periodistas de RTCV que transmitían los resultados de los boletines de la Registraduría Nacional sin dar una explicación clara, sin aclararle a los televidentes la marcha adversa de los resultados. El televidente no podía estar menos confuso, compungido, sin saber si desconectarse de la transmisión o llamar a algún amigo que en el mismo grado o más profundo de desconcierto confuso tampoco descifraría el enigma de las elecciones perdidas.

La cifra final del triunfo del candidato de la ultraderecha por sobre el de las izquierdas sentenció la primera vuelta a la revisión del software como quien se dispone a recoger la leche derramada. Las denuncias que han hecho el presidente Petro y el mismo candidato Cepeda no logran contener el triunfalismo del uribismo inusitadamente remozado, al hilo de las declaraciones más recientes del presidente Trump que ya saludó alborozado la marcha triunfal del tigrillo de De la Espriella en camino a una base militar, desde donde no solo se va a posesionar como presidente sino es de suponer no salir de las garitas castrenses en sus cuatro años de gobierno.

La historia no se repite, escribió el poeta alemán Heinrich Heine, los que se repiten solo los historiadores. En efecto, la historia no se repite nunca del mismo modo, aseguró el filósofo, abogado y economista Karl Marx, pues la historia no es obra de un individuo sino de los grupos sociales, que, por su naturaleza histórica, son dinámicos, es decir, es la historia de las naciones la historia de sus luchas de clases. De modo que lejos de encontrar las claves de “las circunstancias y las condiciones” de los resultados del domingo pasado, que “permitieron a un personaje mediocre y grotesco representar el papel de héroe” (Marx se refiere así a Napoleón III), es decir, a Abelardo de la Espriella obtener 10.369.4499 votos, hay que buscarlas en “las circunstancias y las condiciones” que las hicieron posibles.

Son pues “las circunstancias y condiciones” hoy en Colombia, no el “personaje mediocre y grotesco” del tigrillo multimillonario sexista, el hilo que hay que halar para justamente esbozar una explicación menos ocasionalista. No es una columna de prensa de pocos renglones el medio más adecuado o menos convincente para hacerlo. El propio Marx tuvo que esperar, con paciente estudio, revisar su brillante y sintética filosofía de la historia del Manifiesto comunista (1848), que predestinó la revolución proletaria a la vuelta de la esquina, a la luz del triunfo de un “personaje mediocre y grotesco” (es decir, al ya mencionado Napoleón III, que sujetó a su capricho a Francia de 1850 a 1870) y así rediseñar una explicación menos simple o triunfalista de las fuerzas proletarias para el dominio del mundo histórico.  Para Marx era imperativo descifrar el asunto que tenía ante sus ojos, es decir, el explicar por qué el gran epos de las barricadas parisinas del 48, que anunciaban la revolución universal inminente, se trocó, solo pocos años después, en un régimen absolutista, que hizo a Napoléon III el árbitro de la política europea.

Napoleón se erigió pues en el árbitro entre la burguesía asustadiza (por naturaleza codiciosa y cobarde al mismo tiempo) y el pueblo francés. La mayoría del pueblo francés no era el proletario parisino (París solo tenía un millón de habitantes), sino el campesino católico que velaba ante todo por su pequeña propiedad (la mayoría hipotecadas como lo señala el contemporáneo de Marx, el brillante Alexis de Tocqueville en Los recuerdos de la Revolución del 48), pueblo católico medio arruinado.  Sea dicho no solo como anécdota, que el Papa Pío IX y el sobrino del gran Napoleón le regalaron a ese campesinado desvalido y beato la aparición de la Virgen de Lourdes en 1858 (cínico negocio político tramado entre el Papa Pío IX y Napoleón III).

Ahora la Virgen, que tantos invocaron en recientes hechos nacionales, se le apareció no a la preadolescente campesina Bernadette Soubirous (si el lector de esta columna sigue interesado recomiendo leer Lourdes de Zola, que fue prohibida por el Vaticano), sino al abogado multimillonario sexista cuasi cincuentón Abelardo de la Espriella, no en la piadosa ciudad sureña de Francia, sino en Miami (una tropical Sodoma y Gomorra), donde la colonia colombiana y latina no dejó de mostrarse rebosante de gozo al tomarse fotografías con un felino sacado de algunas de las jaulas de la Hacienda Nápoles. ¿Logrará el tigrillo miamiyesco, para que el símil histórico no quede cojo y sin sentido material, cumplir el milagro a sus millones de votantes de las comunas más pobres de las ciudades, una visa de residencia para gozar con su persona en las playas paradisíacas del parque Lummus o South Pointe?

Y, ahora muy muy muy en serio ¿qué hacer para estos muy muy muy pocos días que faltan para la segunda vuelta?  Para evitar un Dieciocho Brumario a la Colombie, es decir, el retroceso demencial de la única presidencia progresista en casi un siglo de nuestra historia (el proyecto de la Revolución en marcha del presidente López Pumarejo de 1936 apenas duró con vigor ocho meses) a un salto de tigre, pero hacia atrás, a una versión dos de un uribismo sin FARC, con un enemigo interno difuso que es todo el electorado que no depositó su voto por el “personaje mediocre y grotesco” que representa “el papel de héroe”,  y así lo declare a voz viva.


[1] Profesor Universidad de Antioquia, Universidad Nacional, Sede Medellín

Juan Guillermo Gómez García

Abogado de la Universidad Externado de Colombia. Doctor en filosofía de la Universidad de Bielefeld, Alemania. Profesor UN y UdeA.

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