
![]()
En Colombia, a múltiples estudiantes que están ad portas de culminar el grado once se les suele preguntar: ¿ahora qué vas a hacer?, ¿a qué te piensas dedicar? Dichos cuestionamientos traen consigo cierta angustia y se pretende que a los dieciséis o diecisiete años emerja la epifanía que ayude a definir una vocación, y así escoger una posible carrera para comenzar a delinear un futuro que, inexorablemente, tarde que temprano se bifurcará. No obstante, para esta juventud diversa, la pregunta genuina va más allá de querer estudiar; ergo, ¿qué puedo estudiar? Y aunque la diferencia parezca sutil, resulta conspicua cuando los sueños comienzan a enfrentarse con las limitaciones de la realidad, debido a que una cosa es lo que se desea y otra es lo que se puede hacer, y la distancia entre ambas es ostensible.
Por unos instantes, tratemos de imaginar a un estudiante que reside en un municipio de la periferia colombiana y cuyo sueño se centra en estudiar una carrera en particular. Luego, tras buscar opciones, se percata que no existe institución o universidad cercana que le ofrezca lo que busca, por lo que elige estudiar una oferta de ese contexto o, en su defecto, procrastinar su elección inicial y meditar otras opciones hasta que el tiempo pueda ofrecerle lo que anhela.
Ahora, imaginemos a otro estudiante que encuentra una universidad “cercana”, la cual oferta esa carrera que quiere estudiar; sin embargo, esta universidad es privada y el costo supera con creces las probabilidades económicas de su círculo familiar. Ahora, el problema no es la falta de interés ni de capacidad; es que el sueño tiene un precio imposible de asumir, y cuando la realidad se presenta con exigencias más apremiantes, aquello que alguna vez pareció una vocación termina archivado en el mismo anaquel donde se guardan los proyectos para tiempos mejores.
Nuevamente, imaginemos a otro estudiante que, tras un esfuerzo encomiable, obtiene una beca o cupo en universidad pública. A simple vista, parecería que ahora no existe problema alguno; aun así, el mayor reto está en “sostenerse”. Ir a una ciudad para estudiar trae consigo el pago de arriendo, transporte, alimentación y compra de materiales connaturales a la disciplina que se estudia. En ese momento, el diario vivir es más costoso que la universidad per se, y es por ello que muchas oportunidades terminan siendo inalcanzables incluso para quienes lograron superar el primer filtro.
Los años pasan y como autómatas seguimos repitiendo que la educación es el sendero que cambia vidas y, aunque no es una falacia, creemos que el acceso a la educación superior es proporcional a la obtención del cupo, desconociendo lo que subyace en la vida del universitario promedio.
Para aquellos que residen en municipios, corregimientos o pueblos alejados del interior, el estudio universitario deseado se considera un privilegio; y dadas las circunstancias, no es la falta de talento ni de disciplina lo que termina trazando su rumbo, sino el peso silencioso de las condiciones económicas y geográficas que condicionan sus decisiones.
Ahora bien, traigamos a colación otra pregunta: ¿y si aquello que creo que me gusta no es realmente para lo que soy bueno? A la edad de dieciséis o diecisiete años, la presión recae en esa decisión cuyo efecto duraría décadas. Sin embargo, muchos deciden sobre esto con datos precarios y con pocas tentativas para descubrir lo que realmente les gustaría estudiar. En medio de tantas preguntas sin respuesta, la febril imaginación suele evocar pensamientos como: “una elección equivocada arruinará mi futuro”, “cambiar de rumbo será un fracaso en mi vida”, “no existe una segunda oportunidad para empezar de nuevo”. En este sentido, equivocarse sería igual a perder el tiempo y dinero; asimismo, ser considerado un número más para las estadísticas de deserción universitaria.
No es de extrañarse que esta frase sea recurrente entre quienes están culminando sus experiencias educativas en el colegio: “primero haré algo que me dé dinero rápido y luego estudiaré lo que realmente quiero”; se elige primero una formación para ingresar con rapidez al mundo laboral, percibida esta como una etapa de preparación para una travesía más larga.
En definitiva, todo lo anteriormente descrito debe encender las alarmas, pues parece ser que la vocación ya no es el soporte para un proyecto de vida. Ahora la supervivencia se antepone a lo que realmente se quiera ser y las oportunidades para quienes se gradúan dependen del gobierno de turno. En esta sociedad, algunos pueden combatir como legionarios y otros conformarse con ser cadetes bajo circunstancias de elecciones limitadas.













Comentar