La peligrosa costumbre de defender personas en lugar de ideas

Uno de los fenómenos más preocupantes de la vida pública es la tendencia a sustituir la defensa de las ideas por la defensa de las personas. Cada vez resulta más frecuente encontrar debates en los que los argumentos pasan a un segundo plano y lo único que importa es la lealtad hacia un líder, un político o una figura religiosa. La discusión deja de girar alrededor de principios, propuestas y valores para convertirse en una confrontación entre seguidores.

Cuando esto ocurre, el pensamiento crítico se debilita. Las ideas ya no son evaluadas por su coherencia, sus fundamentos o sus resultados: el criterio pasa a ser la identidad de quien las expresa. Si provienen de una figura admirada, se aceptan sin cuestionamientos; si proceden de un adversario, se rechazan de inmediato. El análisis racional es reemplazado por la emoción, y el intercambio de argumentos cede espacio al fanatismo.

Esta dinámica ha contribuido de manera significativa a la polarización que caracteriza a numerosos países de América Latina, incluido Colombia. En tiempos electorales, el fenómeno se hace aún más notorio. Muchos ciudadanos acaban involucrándose en la defensa apasionada de candidatos como si se tratara de familiares o amigos cercanos, olvidando que la función de la política no consiste en venerar individuos: implica juzgar proyectos de sociedad.

A pocas semanas de una nueva elección presidencial, considero necesario recordar una distinción fundamental: una cosa es respaldar a un candidato y otra muy diferente es idolatrarlo. Mi voto estará dirigido hacia quien represente con mayor claridad los principios de libertad individual, libre mercado y respeto por la propiedad privada. Sin embargo, mi compromiso no está con una persona, sino con las ideas que estimo correctas y beneficiosas para el desarrollo de una sociedad libre.

Los individuos no necesitan la devoción de desconocidos. Quienes ocupan posiciones de liderazgo cuentan con recursos, plataformas y espacios suficientes para responder por sí mismos. Lo que sí requiere defensa permanente son los principios que hacen posible la convivencia pacífica, la prosperidad y el respeto por los derechos individuales. Son esas ideas las que merecen ser discutidas, examinadas y promovidas en el espacio público.

Una sociedad madura se construye a partir de ciudadanos capaces de pensar de manera independiente. Personas que valoran la evidencia por encima de las emociones, los argumentos por encima de los aplausos y los principios por encima de las figuras públicas. También exige coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, porque la integridad intelectual comienza precisamente allí.

La historia demuestra que el culto a la personalidad suele ser el enemigo de la libertad. Cuando los líderes son elevados a la categoría de salvadores, la crítica se vuelve sospechosa, el cuestionamiento se interpreta en calidad de ofensa y la razón termina subordinada a la obediencia. Ningún ser humano es infalible. Todos pueden equivocarse, incluso aquellos con los que coincidimos.

Por esa razón, el futuro de una nación no debe depender de la admiración hacia determinados individuos: descansa sobre la fortaleza de las ideas que orientan sus instituciones y su cultura. Las personas son pasajeras; los principios permanecen. Mientras sigamos ensalzando hombres y mujeres como si fueran héroes irreprochables, seguiremos atrapados en ciclos de división y desencanto. El día en que aprendamos a defender ideas en lugar de personas, el debate público recuperará la racionalidad que tanto necesita.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Katherine Benavides

Barranquillera a más no poder. Profesional en Dirección y Producción de Radio y Televisión por la Universidad Autónoma del Caribe, con estudios en Ciencia Política en la Universidad del Norte. Es Staff Writer de El Insubordinado.

Actualmente, está vinculada al Ayn Rand Center Latinoamérica, donde profundiza en el Objetivismo y su aplicación en la defensa de la razón, el individualismo y la libertad.

Se distingue por su compromiso con la causa israelí y la promoción de las libertades individuales, principios que orientan tanto su trabajo intelectual como su ejercicio profesional.

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