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La derrota hoy en primera vuelta de Iván Cepeda y Aida Quilcué, contra todo pronóstico, cae como un balde de agua helada a los confiados seguidores del petrismo. En la campaña del Pacto Histórico algo salió mal, quizá muy muy mal, y solo se espera que los desafíos inmensos para estas tres próximas semanas se superen y se logre dar vuelta a las cifras del modo mejor esperado. El candidato presidencial Iván Cepeda y su fórmula vicepresidencial Aida Qilcué tienen sobre sus espaldas la inmensa responsabilidad de haberse puesto a la cabeza de esta campaña presidencial, en el entendido que ellos portan la misión de suceder al presidente Gustavo Petro, quien, como ningún otro antes, había roto el hechizo maligno de las derrotas tradicionales de la izquierda en Colombia para ocupar la Presidencia de la República.
¿Cómo no haber advertido de ante mano a la opinión pública la amenaza del software en manos de los hermanos Bautista? ¿Cómo haber dejado que este fantasma tecnológico derrote lo que con tan inmenso esfuerzo, sacrificio, dolor y esperanza se había construido por más de medio siglo de luchas en todos los rincones del país, y que ha costado miles de vidas, dolor intenso y memoria sin borrar? ¿Cómo es posible este revés? ¿Es admisible la derrota de toda esperanza? Estas preguntas deben formularse a viva voz, y encontrar las respuestas a satisfacción para una ciudadanía democrática desorientada, hoy con la moral en el piso.
El triunfalismo que hoy se siente en las calles de esta ciudad (Medellín), con sus bares discotecas abiertas y residencias privadas alborozadas, se cuela por las paredes y vidrieras de los apartamentos, para dar el toque de gotas amargas a esta tarde del 31 de mayo del 2026. El mismo Abelardo de la Espriella, con seguridad, ya se esperaba este zarpazo electoral tan certero, aventajando a Cepeda con más de ochocientos mil votos. Cepeda ganó en donde se esperaba iba a ganar, es decir, en los departamentos de la Costa, Bogotá y los territorios más marginales de la geografía nacional, mientras De la Espriella se impuso (en los resultados hasta ahora oficiales) en las regiones de mayor poder adquisitivo, de mayoría urbana, que se han ajustado a la agenda del uribismo desde hace ya más de dos décadas.
No soy estratega político ni agorero para predecir los resultados de una segunda vuelta para revertir resultados, ni menos hacer cálculos de cómo se atraerán a los que no votaron en esta primera vuelta. Lo único que se siente es un mal sabor agrio, de espesa amargura. La sensación de que estamos en el filo de un abismo, que Colombia volverá muy inmerecidamente al ciclo de una segunda era del uribismo (que nos hundió en una profunda noche por dos décadas, bajo el proyecto mesiánico anti-Farc, sumamente rentable políticamente para el caballista de Salgar), nos invade. Nos enmudece, paraliza nuestro deseo de comunicarnos con los más íntimos nuestra desilusión. Incluso me compele dejar abandonadas estas páginas por inútiles.
Hoy Abelardo de la Espriella celebra; los abelardistas (legión de último minuto) ríen complacientes sin enemigo a que temer. Su circo gira en rededor de su figura, o mejor, caricatura felina, a la que el adjetivo frívolo, resulta elogioso. De la Espriella no se enfrenta, como lo hizo la doctrina de la Seguridad Democrática, a una guerrilla leninista, de medio siglo de lucha armada, las FARC-EP, con unos quince mil hombres muy disciplinados y movidos ideológicamente por la firme convicción de tomarse el poder, a cualquier precio. Fue esta lucha antisubversiva sinónimo de Uribe Vélez. Fue ella financiada y estratégicamente facilitada por los departamentos de inteligencia estadunidense, inglés e israelí (como lo documenta Juan Manuel Santos en sus memorias). La razón del epos uribista, su existencia y sobrevivencia política, con altibajos, hasta el día de hoy. De la Espriella no precisa esa lucha saldada, solo la revive en el imaginario ciudadano, como litigante mañoso, como fantasmas de opereta.
Hoy Abelardo de la Espriella no precisa un lenguaje anticomunista, en realidad de ningún lenguaje humano articulado. Su gesticulación se basa en los más elementales actos de vulgaridad sexista, con propuestas autoritarias muy rudimentarias, con una retórica proyanqui desvergonzada, con una regresión al infantilismo menos sano (el infantilismo de los adultos adictos a las Webcam), con una dosis de narcisismo sin orillas. Esa mímica prerracional y de lugares manidos de un neoliberalismo de tierra arrasada se reinventa todos los días con chistes del peor gusto, con los que ahoga las redes sociales desde las primeras horas con su mímica y rugidos de bestia humana como hace exactamente cuatro años (el ya olvidado por la historia) Rodolfo Hernández entretenía a sus seguidores haciendo pilates a sus 78 años como un preadolescente.
Abelardo de la Espriella no tiene programa presidencial. Le es imposible argüir con coherencia una línea con otra, por la sencilla razón de que donde no hay dos neuronas sanas no puede haber sinapsis. La sinapsis del postulante a la presidencia se limita a rugir, gesticular, hacer desplantes. El “tigre” como gusta llamarse, ha tenido la suerte de que no ha habido confrontaciones públicas de su programa, que se podrían resumir en una página plagada de rayones, sin ningún contenido social; o dicho de mejor manera, con contenidos antisociales. Destruir lo poco o poquísimos que nos ha quedado del Estado social de Derecho.
No es difícil prever el fin del estrellato de falsas ilusiones de Abelardo de la Espriella bajo el peso gravitacional de la frivolidad, la banalidad, el cinismo, la desvergüenza, la irresponsabilidad, la vulgaridad, la burla. Factores mediáticos rentables, de breve duración, en una arena política que se dirime en las redes sociales, a base de algoritmos caprichosos. El celular, artefacto que funge de escapulario, consolador, catecismo y recreo, es el aliado condicionado de un poder tan tóxico política y éticamente como la bomba de hidrogeno. Es este el secreto mejor guardado (a plena luz del día) de los 10 millones de votos de una estrella naciente, de muy poca vida, que ha llegado a su máximo esplendor, y que en la segunda vuelta la tendremos como una enana blanca inane, aun contando con la interferencia denunciada hoy por el presidente Petro de los hermanos Bautista, propietarios de la firma Thomas Greg.
La esperanza del triunfo en la segunda vuelta de Cepeda/Quilcué, o dicho de mejor manera, la exigencia del triunfo presidencial de Cepeda/Quilcué para la presidencia de la República, al periodo 2026-2030, es un derecho de la comunidad colombiana a reclamar un mejor futuro, de retomar y revalidar todas las reformas sociales y culturales del presidente Petro en estos cuatro años de gobierno, enmendando los enormes déficit y traspiés dolorosos pendientes (como la reforma a la salud, la paz total, la ley estatutaria de la educación, entre otras). Este futuro prometedor esta aún ante nosotros; depende de cada uno de nosotros; como simples votantes, depende de ello, y sobre todo de las formas creativas de la campaña y la entereza de la dupla Cepeda/Quilcué para salvar este ruidoso revés que no se puede de ninguna manera infravalorar.
Tenemos plena confianza en que Cepeda, Quilcué y su equipo de campaña, todos sus seguidores y aliados en cada uno de los rincones del país, desde nuestro hogar y los escenarios que nos estén a la mano, logremos revertir los resultados adversos en la tarde de hoy, resultados que nos removieron las más íntimas fibras de ciudadanos, y asegurarnos de que la democracia social, que el proyecto partidista de una Colombia más humana, es posible con mayor derecho. Indispensable como el aire que respiramos. De otra manera el legado del presidente Gustavo Petro, las luchas sociales del pueblo colombiano por décadas y décadas hasta ahora obtenidas (al menos desde Gaitán) se irán al carajo. ¿Será una regresión demencial, nada menos que la amenaza inminente de una guerra civil de pavorosas, múltiples dimensiones?
[1] Profesor Universidad de Antioquia y Universidad Nacional, Sede Medellín.













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