Victima colombiana

Hay países que heredaron al mundo religiones, imperios, sistemas filosóficos o administraciones tan organizadas que hasta el desorden les produce ganancias. Colombia, en cambio, lleva demasiadas décadas fabricando víctimas. Y no hablo solamente de muertos, desplazados, secuestrados, violados o huérfanos —que ya bastarían para una tragedia nacional completa— sino de algo más difícil de medir: un cierto tipo humano. Una personalidad social reconocible. Una manera de estar en el mundo. Como una forma de vivir.

Uno termina encontrándola en todas partes. En la mujer que aprendió a no contar nunca la historia completa. En el hombre que parece tímido cuando en realidad está alerta. En el muchacho que mira demasiado antes de confiar. En el que camina de medio sesguete. En el que esconde falta de afecto con prepotencia y agresividad.

Personas aparentemente normales que trabajan, hacen mercado, cuentan chistes, discuten de fútbol o suben fotos familiares mientras cargan por dentro una prudencia nerviosa adquirida después de muchos años —o muchas generaciones— de vivir en un país donde el peligro avisa con anticipación.

La violencia colombiana hace tiempo dejó de pertenecer exclusivamente al monte. Se volvió urbana, doméstica, individual y psicológica. Terminó entrando en la conversación familiar, en la manera de opinar, en esa costumbre tan nuestra de tantear primero el ambiente antes de decir realmente lo que se piensa. Durante décadas, en demasiados lugares, hablar más de la cuenta es pasaporte para el mundo de los gusanos.

Y desde luego nada de eso es exclusivamente colombiano. Sociedades atravesadas por guerras largas, mafias, dictaduras o violencias crónicas terminan desarrollando reflejos parecidos: cautela, hipervigilancia, adaptación defensiva. Pero cada país aprende a sobrevivir a su manera. Y Colombia terminó produciendo una forma particularmente propia de administrar el miedo sin suspender del todo la vida cotidiana.

Tal vez por eso entre nosotros la cordialidad suele cumplir funciones más complejas que la simple amabilidad. Muchas veces también opera como mecanismo de protección. No confrontar demasiado. No revelar completamente lo que se piensa. Mantener abiertas todas las salidas. La cortesía colombiana a veces parece menos una expresión espontánea de confianza que una sofisticada tecnología social de convivencia en territorios inciertos.

Y acaso lo más extraño es que muchos ni siquiera saben si son víctimas. Creen simplemente que maduraron. Que crecer consiste precisamente en aprender a desconfiar un poco, hablar menos y no esperar demasiado de nadie. Hay personas que llevan media vida observando discretamente quién entra a un sitio antes de sentirse tranquilas. Otras aprendieron desde niños que era mejor no preguntar demasiado. Y muchas descubrieron demasiado temprano que mostrar vulnerabilidad podía convertirse en una invitación al abuso.

Eso termina moldeando carácter.

Claro que existen heridas que ya no caben dentro de esa adaptación silenciosa. Personas demasiado rotas para convertir el miedo en rutina. Cicatrices que no aprendieron a convivir con la vida cotidiana, sino que quedaron detenidas para siempre en algún lugar del necrocomio.

Por eso la víctima colombiana típica no se parece demasiado al héroe trágico clásico. No tiene la solemnidad elegante de ciertas novelas europeas donde el sufrimiento siempre conduce a grandes revelaciones morales. Aquí el daño suele ser más silencioso y más práctico. Más mezclado con la vida diaria. Se parece más a ciertos personajes de William Faulkner: seres humanos que continúan viviendo sobre ruinas emocionales antiguas, como si hubieran heredado un cansancio anterior a sus propias biografías.

Personas endurecidas no solamente por la violencia directa sino por algo todavía más corrosivo: la sensación de que el mundo puede volverse arbitrario en cualquier momento. Gente que aprendió a sobrevivir defensivamente. A no entregarse del todo ni siquiera cuando ama.

Uno alcanza a verlo incluso en nuestras distintas maneras de administrar el sufrimiento: hay regiones donde el dolor se disfraza de ruido, música y conversación interminable; y otras donde se esconde detrás de silencios larguísimos. Pero debajo de esas diferencias persiste algo común: una sociedad que durante demasiado tiempo aprendió a convivir con el miedo como quien convive con la humedad. Molesta, incómoda, a veces invisible, pero siempre presente.

Y sin embargo sería un error confundir eso con debilidad. Si algo desarrolló la sociedad colombiana fue una capacidad casi absurda de adaptación. Después de cada desastre la gente vuelve a abrir la tienda, reconstruir la casa, sembrar café, vender empanadas o coger el bus a las cinco de la mañana como si la estabilidad de la República dependiera exclusivamente de ese esfuerzo anónimo pero terco.

A veces da la impresión de que este país ha sobrevivido menos gracias a sus dirigentes que a la obstinación silenciosa de millones de personas emocionalmente golpeadas pero funcionales. Una categoría muy colombiana: el herido funcional. Termina jugando fútbol con las muletas. No es exactamente un traumatizado. Es alguien que convirtió la cautela en reflejo, la desconfianza en inteligencia práctica y el miedo en método de adaptación.

Porque aquí el miedo rara vez se presenta de manera teatral. No suele producir largos monólogos existenciales ni confesiones psicológicas sofisticadas. Se vuelve rutina. Reflejo. Carácter. Por eso en Colombia la dureza suele confundirse con madurez y la sensibilidad excesiva con ingenuidad. El país fue educando generaciones enteras en una especie de estoicismo nervioso: soportar, adaptarse, seguir funcionando.

En el fondo, la víctima colombiana típica no vive únicamente en el dolor sino también en la vigilancia. Esa es quizá la verdadera herencia psicológica de la violencia larga: convertir la cautela en una segunda naturaleza. Como esos animales que, después de sobrevivir demasiado tiempo en territorios hostiles, continúan durmiendo con un ojo medio abierto incluso cuando aparentemente ya no existe peligro.

Sin embargo, incluso en medio de todo eso, persiste algo notable. Una capacidad extraña de conservar humor, afecto y cierta esperanza mínima aun después de décadas de brutalidad. El colombiano promedio puede desconfiar profundamente del mundo y aun así ofrecer café apenas llega una visita. Puede burlarse del desastre nacional con ironía casi deportiva y al mismo tiempo ayudar espontáneamente a un desconocido en la calle. Tal vez sea una forma imperfecta pero eficaz de resistencia moral.

Y tal vez por eso nuestra conversación pública oscila tan fácilmente entre la furia y el cinismo. Muchas discusiones ideológicas esconden debajo heridas mal cerradas, viejas humillaciones o resentimientos acumulados. El país político cree debatir doctrinas modernas mientras el país emocional todavía reacciona desde memorias antiguas de miedo y desprotección

Y quizá lo más inquietante es que toda esa mezcla de miedo, rabia contenida, resentimiento y necesidad de protección terminó convirtiéndose también en materia prima de la política. Antes los caudillos intuían esas heridas; hoy los algoritmos las detectan, las clasifican y las administran con precisión casi industrial.

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Profesor de Ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, Medellín Colombia. Ejercí, además, como Director del Instituto de Estudios Políticos (5 años) y como Director general de Posgrados (5 años) de la misma universidad. Como profesor jubilado dicto actualmente una cátedra sobre opinión política y me dedico casi exclusivamente a la lectura y a la escritura de textos de opinión.

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