
Hay una idea que se ha vuelto casi religión en la política moderna: que el gran problema del mundo es la desigualdad. No la pobreza, la falta de oportunidades, la corrupción, la violencia ni la destrucción de la productividad: la desigualdad.
Y cualquiera que se atreva a cuestionar esa narrativa automáticamente es etiquetado como “insensible”, “privilegiado” o “enemigo de los pobres”. Pero aquí viene la pregunta incómoda: ¿de verdad una sociedad mejora simplemente porque todos tengan exactamente lo mismo? Porque bajo esa lógica, Cuba sería un paraíso, Venezuela una potencia y Corea del Norte el pináculo de la justicia social.
La realidad es otra. Las sociedades más miserables de la historia no fueron aquellas donde existía desigualdad, sino aquellas donde el Estado intentó eliminarla concentrando todo el poder económico en manos de una élite política.
Y ahí aparece la primera gran paradoja del igualitarismo contemporáneo: dicen luchar contra los privilegios mientras crean una nueva clase privilegiada.
La izquierda actual vive obsesionada con “redistribuir riqueza”, aunque rara vez habla de su origen. Porque repartir es políticamente popular. Producir es muchísimo más difícil.
Para que exista prosperidad se necesitan empresas, inversión, productividad, innovación, riesgo y trabajo. Se necesita gente creando valor. Sin embargo, el discurso populista funciona distinto: primero demoniza al empresario, después castiga al inversionista, luego asfixia al que produce y finalmente se sorprende porque no hay crecimiento económico.
Es la paradoja eterna del socialismo: atacan al empresario como enemigo social, para más tarde preguntarse por qué no hay inversión, empleo ni crecimiento.
Y lo más curioso es que muchas personas que defienden estas ideas aseguran no ser afines a dicha corriente. “No apoyo a MORENA”, aseveran. “No soy comunista”, aclaran. Aun así, terminan haciéndole exactamente el trabajo intelectual a la izquierda autoritaria: normalizar la idea de que el Estado debe intervenir cada vez más para “corregir” los resultados naturales de la sociedad. El desafío no es que existan ricos: es que existan pobres sin oportunidades.
La desigualdad no es una anomalía: es una consecuencia natural de la libertad. Los seres humanos somos distintos: tenemos talentos distintos, ambiciones distintas, niveles de disciplina distintos, capacidades distintas y prioridades distintas. Y eso no es un defecto del sistema. No. Es precisamente lo que hace posible una sociedad plural, dinámica y creativa.
Pretender eliminar toda desigualdad es tan absurdo como pretender que todos midamos lo mismo, pensemos igual o tengamos exactamente las mismas habilidades. La verdadera pregunta no es: “¿Por qué unos tienen más?”. La pregunta importante es: “¿Por qué algunos no pueden salir adelante?”.
Porque una sociedad puede ser desigual y aun así ofrecer movilidad, oportunidades y prosperidad. En cambio, una sociedad donde todos son igualmente pobres jamás será justa.
La trampa emocional del salario mínimo
Aquí es donde el populismo económico se vuelve peligrosamente seductor. Porque suena moralmente hermoso proclamar: “Hay que subir salarios”. Claro que todos queremos mejores salarios. El error es creer que la riqueza aparece por decreto.
Si la prosperidad dependiera únicamente de subir el salario mínimo desde el gobierno, entonces bastaría con establecerlo en 100 mil pesos mensuales y México se convertiría mañana en Suiza. La realidad es que la economía no funciona así. El salario no nace de un deseo político: nace de la productividad.
Cuando subes salarios artificialmente sin aumentar productividad, sin crecimiento económico y sin condiciones para producir más riqueza, el resultado suele ser el mismo: inflación. Y la inflación es el impuesto más cruel para los pobres. Porque los políticos celebran aumentos salariales en conferencias de prensa y las familias terminan pagando alimentos más caros, renta más cara, transporte más caro y servicios más caros. Es decir: te “suben” el sueldo a costa de tu poder adquisitivo.
Y entonces llega otra paradoja: prometen ayudar al pobre y acaban volviendo más caro ser pobre.
Combatir la desigualdad suele terminar castigando el mérito
Existe algo profundamente peligroso en convertir el éxito económico en sospecha moral. Porque poco a poco empiezas a escuchar ideas como: “Nadie necesita ganar tanto”, “Es injusto que alguien tenga más”, “Hay que redistribuir” o “Los ricos deberían pagar todo”. Y eventualmente la discusión deja de ser cómo sacar gente de la pobreza para convertirse en cómo castigar a quien sobresale. Eso destruye incentivos, puesto que nadie arriesga capital, invierte, emprende o genera empleo para después ser tratado como enemigo público.
La historia económica es brutalmente clara: los países que protegieron propiedad privada, libertad económica e innovación generaron prosperidad masiva. Los que intentaron imponer igualdad económica desde el poder terminaron generando escasez, corrupción, dependencia estatal, inflación, fuga de talento y pobreza estructural.
No existe un solo ejemplo exitoso de socialismo o colectivismo sostenido que haya generado prosperidad comparable con las economías más libres. Ni uno. La izquierda actual convirtió la desigualdad en pecado moral y probablemente ahí está la cuestión de fondo.
Hoy pareciera que tener éxito económico automáticamente te vuelve sospechoso. Mientras tanto, depender eternamente del Estado se romantiza como sensibilidad social. Ahora bien, una sociedad sana no debería aspirar a que todos dependan del gobierno para sobrevivir: debería aspirar a que cada vez más personas puedan valerse por sí mismas. Porque hay algo profundamente indigno en un sistema político que necesita mantener ciudadanos dependientes para conservar poder.
Y esa es la paradoja final: el socialismo promete liberar al hombre de la necesidad y termina sometiéndolo a la dependencia del Estado.
El verdadero enemigo no es la desigualdad. El verdadero enemigo sigue siendo la pobreza: la miseria, la falta de movilidad, la destrucción de oportunidades, la dependencia crónica y la ausencia de crecimiento.
Las sociedades más prósperas de la historia no fueron aquellas donde nadie sobresalía. Fueron aquellas donde más personas tuvieron la libertad de progresar. Porque la prosperidad no surge por repartir pobreza de manera más uniforme, sino por crear condiciones para que más personas puedan generar riqueza, emprender, innovar, trabajar, competir y crecer.
La izquierda contemporánea lleva años intentando convencernos de que el problema es que algunos tengan demasiado. Quizá la verdadera tragedia nunca fue que existieran ricos: la verdadera tragedia es que millones de personas sigan atrapadas en sistemas que castigan exactamente aquello que podría sacarlos adelante.
Porque en un mundo empeñado en uniformarnos, seguir siendo un individuo libre ya es una forma de resistencia.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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