El cambio que nunca llegó: por qué Colombia necesita retomar el rumbo con manos de mujer

Prometieron transformar a Colombia desde sus raíces. Juraron que el poder lo tendría el pueblo. Dijeron que esta vez sí sería diferente. Cuatro años después, el país no solo no cambió: retrocedió. Y es precisamente desde ese retroceso desde donde hoy se abre una ventana histórica, la de una Colombia que puede ser gobernada con la sensatez, la firmeza y la humanidad que caracterizan a sus mejores mujeres.

La promesa vacía del cambio

Gustavo Petro llegó a la Presidencia de Colombia en 2022 con la promesa más ambiciosa de la historia reciente del país: el cambio. No un cambio de matices, sino una transformación estructural. Energías limpias en lugar de petróleo, paz total en lugar de conflicto, justicia social en lugar de desigualdad. El discurso era poderoso. La realidad, lamentablemente, fue otra.

La política de Paz Total no pacificó al país; lo fracturó aún más. Las negociaciones con el ELN y las disidencias de las FARC se convirtieron en pantallas que permitieron a los grupos armados reagruparse, extender territorios y seguir aterrorizando comunidades enteras. Mientras el Gobierno dialogaba en La Habana, el Cauca, el Catatumbo y el Pacífico colombiano ardían con una violencia renovada.

En lo económico, la situación no fue mejor. La desinversión en el sector energético, la incertidumbre jurídica generada por reformas anunciadas y luego deformadas, y la confrontación permanente con el sector privado ahuyentaron capitales y frenaron el empleo. La tasa de desempleo se mantuvo entre las más altas de América Latina, y la informalidad laboral siguió siendo el refugio de millones de colombianos que esperaban justamente lo contrario.

Las reformas sociales, desde la de salud hasta la pensional y la laboral, naufragaron en el Congreso no por capricho de la oposición, sino porque carecían de coherencia técnica, de consenso político y de financiamiento real. Lo que debía ser el corazón del cambio terminó siendo el espejo de la improvisación.

El costo humano de gobernar con ideología y sin gerencia

Más allá de los indicadores económicos, el gobierno Petro dejó una herida difícil de cuantificar: la pérdida de institucionalidad. La confrontación con la Fiscalía, la Corte Suprema, la Procuraduría y los organismos de control no fue un accidente; fue un patrón. Un presidente que no acepta el control institucional no ejerce el cambio, repite el autoritarismo con otro disfraz.

Los colombianos más vulnerables, aquellos a quienes el cambio debía beneficiar primero, fueron los más golpeados. Los recortes presupuestales a programas de infancia y juventud, la incapacidad para ejecutar el presupuesto de inversión, y la parálisis de proyectos de infraestructura en municipios como el nuestro, son evidencia concreta de que el cambio fue un eslogan, no un plan.

Desde el Concejo de Itagüí hemos podido documentar con detalle cómo la inestabilidad del Gobierno nacional se traduce en municipios que no reciben los recursos del SGP a tiempo, en secretarías que no ejecutan, en comunidades que siguen esperando. El cambio que no llegó no es solo una falla presidencial: es una cadena de consecuencias que golpea hasta el último rincón del país.

El momento de las mujeres en Colombia

Colombia está ante una encrucijada histórica. Las elecciones presidenciales de 2026 no son simplemente un relevo político; son una oportunidad de corrección de rumbo. Y en ese horizonte, el país empieza a mirar con seriedad lo que por décadas fue impensable: una mujer presidenta.

No es un argumento sentimental ni un acto de cuotas. Es una lectura política y moral de lo que Colombia necesita. Necesita liderazgos que combinen firmeza con escucha, que entiendan la institucionalidad no como un obstáculo sino como la arquitectura del Estado de derecho, que gobiernen con la memoria de lo que significa ser ignorado, postergado o invisibilizado. Y esa memoria, en Colombia, la tienen las mujeres de manera profunda.

En los territorios donde he ejercido la política, son las mujeres quienes sostienen los tejidos comunitarios. Son ellas las que conocen el nombre de cada familia del barrio, las que administran los recursos del hogar con austeridad y rigor, las que exigen rendición de cuentas con una tenacidad que ningún manual político enseña. Esa capacidad de gestión, esa ética del cuidado, esa inteligencia territorial, es exactamente lo que necesita el Estado colombiano.

No hablo de cualquier candidatura femenina: hablo de una que sea técnicamente sólida, democráticamente comprometida, institucionalmente respetuosa. Una candidatura que entienda que gobernar no es tuitear, que las reformas se construyen con los actores del sistema y no contra ellos, y que la paz no se decreta con actos de fe sino que se construye con presencia estatal real en cada vereda.

Retomar el rumbo: un llamado desde la oposición democrática

Desde el Centro Democrático hemos ejercido una oposición responsable. No nos opusimos al cambio; nos opusimos al caos. No rechazamos la paz; rechazamos la impunidad. No negamos la inversión social; exigimos que fuera eficiente, transparente y medible. Esa es la diferencia entre oponerse por principios y oponerse por cálculo.

Retomar el rumbo significa volver a creer en la planeación, en los controles institucionales, en la ejecución presupuestal, en el diálogo sectorial. Significa abandonar el lenguaje de la revolución y adoptar el lenguaje del gobierno: resultados, indicadores, rendición de cuentas. Significa que el Estado vuelva a estar al servicio de los ciudadanos y no de las narrativas.

Y si ese rumbo puede ser trazado por una mujer que entienda que Colombia no necesita más mesianismos sino más gestión, que no necesita más polarización sino más acuerdos, que no necesita más promesas de cambio sino cambios concretos y verificables, entonces habremos dado no solo un paso político sino un salto civilizatorio.

Una deuda histórica que es también una oportunidad

Colombia le debe a sus mujeres mucho más que una cuota. Les debe el reconocimiento de que han sido el verdadero motor silencioso de este país: madres, lideresas, empresarias, defensoras de derechos, concejales, alcaldesas que han demostrado que cuando las mujeres gobiernan, gobiernan de verdad.

El cambio que prometió Petro nunca llegó porque fue diseñado para el espejo, no para la gente. El cambio que Colombia necesita ahora es más humilde en su forma y más ambicioso en su fondo: construir un Estado que funcione, una economía que crezca con equidad, una paz que no le regale territorios a los violentos y una sociedad que finalmente vea en sus mujeres no solo votantes, sino gobernantas.

Ese es el rumbo que debemos retomar. Y si lo hacemos con manos de mujer, podemos estar seguros de que esta vez sí lo vamos a encontrar.

Walter Betancur Montoya

Es hijo de Nubia y Walter, y papá de Jerónimo. Creció en la vereda Los Gómez, del municipio de Itagüí, donde aprendió a liderar en la Junta de Acción Comunal y tuvo la oportunidad de apoyar la creación del Cuidá, fomentando el liderazgo positivo en los jóvenes de una de las veredas que más sufrió la violencia en la ciudad.

En el ámbito personal, Walter ha trabajado en la Central Mayorista desde muy joven, lo que le ha permitido conocer de fondo la realidad de este sector de la economía.

Como líder político, Walter fue elegido como edil del corregimiento en el año 2011. Desde entonces ha acompañado electoralmente a la doctora Rosa Acevedo, una mujer que lo ha inspirado a servir con amor y con el propósito de transformar la realidad social y política de la ciudad.

En el año 2019, Walter sintió la necesidad de trascender en su liderazgo para aportar más al municipio, y fue elegido como concejal por primera vez por el Partido Centro Democrático. Durante su primer período como concejal, apoyó la aprobación de diferentes proyectos de acuerdo que consideraba beneficiosos para Itagüí, y votó negativamente aquellos que ponían en riesgo las finanzas de la ciudad. En este periodo, denunció públicamente los “almuerzos millonarios” de una presidenta del Concejo. Además, junto a Rosa Acevedo, logró por vías legales tumbar algunos artículos del Plan de Desarrollo Municipal del alcalde José Fernando.

En el año 2023, fue elegido por segunda vez como concejal del municipio de Itagüí, esta vez haciendo equipo con el senador Andrés Guerra, un hombre que ha demostrado coherencia y respeto por lo público en su actuar político. Uno de los logros jurídicos más importantes durante este último periodo como concejal fue demostrar que nadie está por encima de la Constitución y la ley, logrando que dos concejalas que incumplieron la norma fueran destituidas de su cargo en el Concejo Municipal.

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