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Toda sociedad que comienza a relativizar la propiedad privada inicia, muchas veces sin advertirlo, un proceso de degradación institucional y moral. La propiedad no representa únicamente bienes materiales: constituye la expresión concreta del esfuerzo, el tiempo, el trabajo y las decisiones de un individuo. Por eso, cuando se tolera su vulneración por motivos políticos o ideológicos, lo que realmente se pone en duda es el derecho de la persona a disponer de su propia vida.
El episodio ocurrido recientemente en la finca del expresidente Álvaro Uribe Vélez reabrió ese debate. Seguidores del senador y candidato presidencial Iván Cepeda realizaron grafitis sobre la fachada de la propiedad. Más preocupante aún fue la reacción del presidente Gustavo Petro, quien afirmó que la fachada de una vivienda no hace parte de la propiedad privada. La controversia no surgió únicamente por la declaración en sí, sino por lo que revela sobre la manera en que el poder comienza a redefinir límites que deberían ser inalterables.
El problema trasciende un acto de vandalismo. Lo verdaderamente grave es la normalización de la idea de que ciertos espacios, bienes o derechos pueden quedar expuestos a la intervención ajena dependiendo de cálculos políticos o narrativas colectivas. Cuando el Estado o sus dirigentes empiezan a sugerir que la propiedad posee fronteras ambiguas, el principio mismo de libertad individual comienza a debilitarse.
La experiencia histórica demuestra que las sociedades no pierden sus libertades de manera abrupta. Primero se desacredita el concepto de propiedad privada, luego se justifica su vulneración bajo argumentos morales o sociales y, finalmente, el individuo queda subordinado al poder político. Ningún régimen autoritario se consolidó sin erosionar antes el derecho de las personas a conservar y proteger aquello que les pertenece.
La propiedad privada no es un privilegio concedido por el Estado: es una garantía indispensable para la autonomía humana. Quien no puede ejercer control sobre el fruto de su trabajo tampoco tiene independencia real frente al poder. Por esa razón, minimizar una agresión contra la propiedad equivale a minimizar el derecho del individuo a existir bajo sus propios términos.
La discusión no se reduce a una pared marcada con grafitis. El trasfondo es mucho más profundo: la aceptación gradual de que los derechos pueden fragmentarse y reinterpretarse según imperativos ideológicos. Y cuando una sociedad acepta que la propiedad deja de ser inviolable, termina aceptando también que ninguna libertad está verdaderamente protegida.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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