Durante años, MORENA convirtió el fracking, o la fractura hidráulica, en emblema del supuesto “entreguismo neoliberal”. Lo condenó antes, durante y después de la Reforma Energética de 2014 de Peña Nieto. Pero ahora que ya está en el poder, comienza a reconsiderarlo, no porque haya descubierto sus virtudes técnicas, sino porque la realidad fiscal y económica ya no le deja demasiado margen. Lo que antes denunciaba como traición a la patria, hoy empieza a asomar como una fuente posible de recursos para un gobierno con poco crecimiento, ingresos limitados y obligaciones presupuestarias cada vez más pesadas.
Y ese viraje no es difícil de explicar. La economía mexicana creció apenas 0,7 % en 2025, una cifra demasiado baja para un país con tantos rezagos y tantas necesidades. Además, la inversión privada cayó 2,2 % anual en enero de 2026, una señal clara de enfriamiento en el ánimo de quienes tendrían que estar apostando por ampliar negocios, abrir plantas, contratar gente y mover la economía. Mientras tanto, el gobierno sigue expandiendo compromisos permanentes de gasto: en 2025 destinó casi 836 mil millones de pesos a programas sociales, y para 2026 Hacienda ya proyectó un monto equivalente a 3 % del PIB, de modo que hacia el cierre del sexenio ese nivel podría acercarse al billón de pesos.
El dilema es evidente: para financiar un gasto de esa magnitud requieres una economía que crezca, produzca y recaude más. Sin embargo, México no tiene a estas alturas ni el dinamismo económico ni la holgura fiscal para hacerlo sin tensiones. El déficit cerró 2025 en 4,8 % del PIB y la deuda del sector público llegó a 53,1 % del PIB. A eso se suma una inflación que sigue por encima de lo deseable: 4,59 % anual en marzo de 2026, junto con el riesgo de nuevas presiones externas derivadas de conflictos geopolíticos y alzas en energéticos. Es decir, el gobierno quiere mantener un ritmo de erogación creciente en una economía que produce poco, invierte poco y que aún sigue expuesta a choques que pueden encarecer todavía más el costo de la gestión pública.
Buena parte de esta debilidad tiene que ver con una cuestión que suele discutirse mal: la falta de inversión de las empresas. Y cuando hablamos de empresas, no hay que pensar solo en Coca-Cola o Walmart. No. Hay que pensar, sobre todo, en las micro, pequeñas y medianas empresas, donde trabaja buena parte de las familias mexicanas. Ahí está el taller, la papelería, el negocio de copias, la señora que vende tortillas, el señor de la tiendita: ahí está la base de la economía mexicana, quienes sostienen la vida del país.
¿Por qué no invierten más? Por tres razones muy concretas. La primera es la inseguridad, que se ha convertido en un hoyo enorme para los bolsillos de las familias y de los pequeños negocios. La segunda es la falta de certidumbre jurídica, agravada por un nuevo modelo judicial que provoca desconfianza y deja dudas serias respecto de la preparación de muchos de quienes actualmente imparten justicia. Y la tercera es una presión cada vez mayor por parte del SAT y del gobierno en general para recaudar más dinero, muchas veces cargando con más dureza contra el pequeño y mediano contribuyente.
A esto se añade el otro gran fracaso de MORENA: Dos Bocas no resolvió la dependencia energética del país. En 2024, México importó desde Estados Unidos 495 mil barriles diarios de gasolina y 272 mil barriles diarios de diésel. En conjunto, equivalen a más de 121 millones de litros al día. Y si se incorporan petrolíferos refinados adicionales, el total llega a 1,2 millones de barriles diarios. En síntesis, pese al discurso oficial, México continúa necesitando enormes volúmenes de combustibles procesados en el exterior, particularmente de la costa del Golfo de Estados Unidos, donde Texas sigue siendo pieza clave.
Con el gas natural la dependencia es incluso más clara. Casi tres cuartas partes del gas que consume México vienen de importaciones, y prácticamente todas entran por ducto desde Estados Unidos. Además, una parte muy importante llega desde el oeste de Texas, lo que confirma que la seguridad energética mexicana sigue atada a la infraestructura y a la oferta estadounidense. Dicho de manera simple: sin el gas de Texas, buena parte del país se queda sin margen para generar electricidad y mover la industria. Así de frágil sigue siendo la supuesta soberanía energética que MORENA prometió construir a golpe de propaganda.
Ni Dos Bocas trajo la autosuficiencia prometida, ni la soberanía energética apareció por decreto.
Hoy el problema no es solo que el gobierno rectifique: el problema es todo el tiempo que se perdió antes de rectificar. Cuánto de este rezago pudo haberse evitado si se hubiera entendido a tiempo que la inversión no es una concesión vergonzosa al “neoliberalismo”, sino una condición básica para crecer, recaudar, producir y dar viabilidad a cualquier proyecto de país, aunque se trate de uno que se dice social.
Nada de esto cambia un hecho: es de sabios corregir. Si el gobierno finalmente empieza a moverse en esa dirección, corresponde reconocerlo sin rodeos: llega tarde, sí, pero más vale tarde que nunca.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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