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No lo veíamos venir. A pocos minutos de iniciar el conversatorio en el hall de la Biblioteca Pública Piloto, su director, Esteban Giraldo Gómez, entre molesto y desesperado, nos anunciaba a rabiar que el evento no se podía realizar por instrucción directa del alcalde Federico Gutiérrez. Inmediatamente percibí la indignada consternación en la mirada del profesor Jaime Rafael Nieto; la verdad, no nos cabía en la cabeza que el alcalde asumiera que un libro que ni siquiera se había leído era “apología al terrorismo” y su presentación una actividad de “proselitismo electoral”. De Federico Gutiérrez, el autoritario que no supera su fracaso electoral en 2022, ya nada me sorprende. Lo que si me sorprendió fue que La Piloto se prestara a secundar uno de los peores actos de censura que se recuerde en Medellín.
Comprendimos que el evento, un conversatorio ocasional sobre la transición política de un actor insurgente, ya no solo le pertenecía al autor del libro o los comentaristas, porque en el preciso instante en que el alcalde sacó su violenta vena inquisidora el conversatorio se convirtió en un poderoso acto simbólico de resistencia civil. En una experiencia auténticamente espontánea de quienes dijimos JAMÁS a la censura y sin micrófono en mano, con la presencia intimidante –pero distante– de agentes de la Política y, la desidia del personal administrativo de La Piloto, decidimos, colectivamente, sin temor, alzar la voz para honrar el sentido público de la biblioteca; para no ceder ante el autoritarismo y la ignorancia; para reivindicar el valor de una ciudadanía libre, pensante, crítica y reflexiva. Fue algo hermoso.
Considero que no tiene mayor sentido ahondar en las motivaciones siempre autoritarias de Federico Gutiérrez, o, en su deleznable presión al personal de La Piloto para que desalojara a quienes nos disponíamos a conversar sobre un libro. No fuimos desalojados, la Policía ni intentó ingresar al hall, conversamos cerca de hora y media, con posiciones encontradas entre el autor y un comentarista, sin duda, de eso se trata la academia, pero con la convicción de haber participado en una experiencia colectiva de resistencia civil sin precedentes y que quedará en la memoria del movimiento social de Medellín. Porque el infame acto de censura de Federico Gutiérrez no debe ser olvidado, así como la valentía de una ciudadanía que no se dejó intimidar y que no dudó en alzar la voz en defensa de sus libertades.
Insisto que lo que más me incomoda de la “pataleta de Fico” es la posición en la que deja a la Biblioteca Pública Piloto. Estoy seguro que gran parte de su personal (no aquellos que son nombrados bajo criterios politiqueros) están del lado de quienes alzamos la voz en contra de la censura. Pero eso es algo que, por obvias razones, no se apreció ese día. El equipo administrativo de La Piloto se escudó en un vergonzoso comunicado, asumiendo, por instrucción directa del alcalde, por supuesto, que el libro albergaba “contenido proselitista” –menos mal no dijeron que se trataba de “apología al terrorismo”– y que violentaba la ley de garantías electorales, algo tan ridículo que ni se sostiene, tan solo hay que recordar que el M-19 no es un actor partidista activo, pues hace más de dos décadas que su personería jurídica se diluyó en el partido Verde. No hay forma de justificar semejante exabrupto autoritario.
La presentación sí fue un acto eminentemente político cuando se convirtió en una poderosa experiencia colectiva de resistencia civil.
Pero bueno, La Piloto, una biblioteca que en Medellín todas y todos amamos con pasión, está por encima del sectarismo ignorante de un alcalde minúsculo. No estoy de acuerdo con quienes creen que Medellín no debe ser la capital mundial del libro para el año 2027, pues la actitud de Federico Gutiérrez, esperable en un político sectario que no supera sus derrotas electorales, no puede arrasar con el trabajo de décadas que han hecho promotores de lectura, gestores culturales y lectores que sí vemos con ilusión que nuestra ciudad se posicione a nivel mundial como un referente de promoción de la lectura.
Fico solo es un alcalde que lee poco (o que no lee) y que en su ignorancia nos demostró que cuando nos unimos para alzar la voz tenemos la capacidad de movilizarnos para defender lo más valioso que tenemos como ciudadanía: nuestro pensamiento crítico, libre y reflexivo.
¡Censura, jamás!













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