Tenemos una pésima relación con el deseo. Desde el puritanismo conservador, pasando por la industria del entretenimiento, hasta ciertas ramas del feminismo abolicionista, domina un leitmotiv: se distinguen modalidades morales e inmorales de expresar y habitar el deseo, como si el canon de la sociedad victoriana apenas hubiera mutado en apariencia, pero no en fondo.
Esto es síntoma de una relación tóxica que la humanidad arrastra hace siglos. No es culpa de un solo movimiento político, ni de una concepción particular de interpretar el sistema económico, sino de una estructura que normalizamos en Occidente. Empezamos a equiparar la idea de “deseo” con la de conquista y posesión, y la relacionamos automáticamente con una característica inherentemente masculina, mientras el deseo femenino era tratado de herejía o brujería. Al mismo tiempo, vinculamos el deseo con lo más bajo del instinto humano, con algo que un ser humano recto debe sentir con moderación o de “manera correcta”. El deseo en sí no puede considerarse una virtud porque hay un marco ontológico previo, arraigado, que nos condiciona a priori a ver la intimidad en términos sagrados y el deseo en términos chabacanos, sucios e inmorales.
El punto es que el deseo es parte fundamental de la experiencia humana. En cierto sentido, podríamos decir que es el motor de la humanidad, porque el deseo es energía, es motivación, es corporalidad, es contradicción, es vivencia. Es la manifestación más íntima y visceral de lo que somos.
No es raro, entonces, que, a pesar de todas las revoluciones sexuales y de los esfuerzos por deconstruir y redefinir qué significa desear y cómo deseamos, sigamos negando su propia naturaleza. Seguimos atados a la virtud, como una cacofonía aristotélico-tomista de la cual no logramos liberarnos.
Nos quejamos de la “cosificación” y la asociamos al acoso callejero o a una deshumanización del otro. Y si bien existe, a nivel fenomenológico, la tendencia a reducir a alguien a sus características físicas, ¿es realmente toda erotización física una forma de cosificación? ¿Sentir atracción por ciertas partes del cuerpo implica necesariamente deshumanizar al otro? ¿O no es acaso este prejuicio un síntoma más de cómo hemos entendido el deseo?
Intentamos intelectualizarlo, sostener que lo que nos erotiza no es tanto el cuerpo: antes bien, una dimensión más trascendente; y sí, hay personas que viven su sexualidad así. Forzar la universalización de esa cosmovisión es deshonesto, porque para un número significativo de personas la erotización física es parte intrínseca de su sexualidad y no debería tener nada de malo. Habitar el deseo —lo concreto, lo carnal, lo humano— no tiene por qué ser conflictivo. Y aun así sentimos vergüenza y lo castigamos cultural y socialmente. Instalamos que el hombre es el único que puede desear así e invisibilizamos que la mujer también puede hacerlo, perpetuando la represión. Todos podemos desear de manera física, y eso no tiene nada de malo.
Eso explica, además, la carga cultural que le damos a la sexualidad en su conjunto. Si asumimos que el deseo es inmoral y no virtuoso, asumimos que la sexualidad per se lo es, y ahí está la raíz de por qué la educación sexual encuentra tanta resistencia: la ontología represiva que hemos construido establece que “educación sexual” equivale a “educación del deseo”, con todas las connotaciones negativas que le atribuimos. En la práctica, especialmente en edades tempranas, la educación sexual no tiene que ver con el deseo, sino con dar a los niños herramientas para poner límites e identificar situaciones de peligro. Irónicamente, al construir una cultura represiva del deseo, terminamos construyendo una sociedad incapaz de hablar de consentimiento sin rodeos, porque le tememos a lo que viene después de esa conversación, aunque hablar de consentimiento y límites no implique estrictamente hablar de lo otro. Solo una cultura que puede nombrar el deseo puede enseñar a consentirlo o rechazarlo.
Y quizás el síntoma más elocuente de todo esto sea algo de lo que se habla poco: la Generación Z tiene menos sexo que cualquier generación anterior a su edad… los datos son contundentes. Según un informe reciente del Kinsey Institute, el 48 % de los adultos de la Generación Z nunca ha tenido sexo, casi el doble del 26 % de los millennials que reportaban lo mismo a esa edad. El General Social Survey, que lleva décadas midiendo comportamiento sexual en los Estados Unidos, encontró que entre hombres jóvenes de 18 a 24 años la inactividad sexual casi se duplicó entre 2000 y 2018, y la actividad sexual semanal entre adultos cayó del 55 % en 1990 al 37 % en 2024. Los investigadores hablan abiertamente de una “recesión sexual”.
A esto se suma una caída en la natalidad que los sectores más conservadores se apuran en responsabilizar al feminismo, a la libertad femenina o al derecho al aborto. Pero esa lectura es perezosa. Si la gente está teniendo menos sexo que nunca, difícilmente el problema sea el aborto; el problema está mucho más atrás, en el encuentro que no ocurre. Una generación que creció en la era de la hiperexposición digital, del contenido sexual gratuito y omnipresente, de las apps de citas gamificadas, del puritanismo performativo en redes sociales, de la ansiedad en torno al propio cuerpo amplificada algorítmicamente, heredó todas nuestras contradicciones sobre el deseo y las vive intensificadas. El General Social Survey registró que el tiempo promedio de socialización semanal cayó de casi 13 horas en 2010 a poco más de 5 horas en 2024: sin encuentro real, el deseo no logra aterrizar. No es que deseen menos, es que nadie les enseñó a reconocerlo ni a vivirlo. La paradoja es brutal: vivimos en la cultura más hipersexualizada de la historia en lo comercial, y simultáneamente la más reacia a vivir el deseo en lo personal. Culpar al feminismo de la baja natalidad es no haber entendido nada; el problema es que construimos una cultura donde el deseo se consume y no se toca.
Lo erótico no tiene nada de malo. Habitar la sexualidad es absolutamente natural y normal, y nadie es una persona inmoral por sentir excitación ante la corporalidad. Mirar un par de nalgas en la calle, un escote o un bulto al pasar no significa que estés deshumanizando ni acosando a alguien. La deshumanización y el acoso aparecen al reducirse toda la experiencia de la persona a esas características, o cuando mirar se vuelve una conducta sistemática que incomoda al otro.
El deseo no es malo al encarnarse y vivirse, ni al respetarse el consentimiento y los límites. El deseo es humano. Es hora de que empecemos a ser honestos y a reconciliarnos con él.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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