Existe un mito persistente y venenoso que recorre las venas de América Latina. Es una narrativa cuidadosamente orquestada por las academias, repetida por los políticos y consagrada por la cultura popular: la idea de que nuestro continente es, por naturaleza y destino, colectivista. Nos han vendido que nuestro ADN político apenas oscila entre el caudillo militar de derechas y el mesías revolucionario de izquierdas. También nos han hecho creer que el liberalismo clásico —la defensa irrestricta de la vida, la libertad y la propiedad— es un producto de importación, una idea anglosajona que no germina en nuestro suelo.
Esa es, quizás, la mentira más exitosa de nuestros tiranos.
La verdad histórica, deliberadamente sepultada bajo toneladas de propaganda estatista, es que América Latina posee una tradición liberal deslumbrante. Mientras nuestras repúblicas emergían de las ruinas del Imperio Español en el siglo XIX, una constelación de mentes brillantes se levantó para diseñar naciones de ciudadanos libres, no de súbditos. Hombres que leyeron a John Locke y a Adam Smith, y que aplicaron sus principios a nuestra realidad de carne y hueso. En un presente asediado por el populismo, desenterrar a estos gigantes es un deber moral.
Si hay un faro del liberalismo institucional en el sur, ese es el argentino Juan Bautista Alberdi. Frente a la tiranía y el atraso del caudillismo de Juan Manuel de Rosas, Alberdi no respondió con balas: lo hizo con ideas. Su obra maestra: Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina (1852), fue el cimiento de la histórica Constitución de la Nación Argentina de 1853.
Alberdi entendió algo que hoy muchos políticos argentinos y latinoamericanos siguen sin comprender: que el progreso material requiere un marco irrestricto de respeto a la propiedad privada y al libre comercio. Su famosa máxima, “Gobernar es poblar”, no era solo una invitación a la inmigración: era un llamado a importar capital, tecnología y una ética de trabajo libre de las ataduras del mercantilismo hispánico. Alberdi advirtió sobre la “tiranía de la mayoría” bastante antes de que el populismo peronista la convirtiera en política de Estado. Gracias a la arquitectura institucional alberdiana, Argentina pasó de ser un desierto despoblado a ser una de las potencias económicas mundiales a principios del siglo XX.
La historia de Colombia esconde uno de los experimentos de libertad más audaces del mundo: el llamado “Olimpo Radical” (1863-1886). En este periodo, la Constitución de Rionegro consagró un federalismo casi absoluto, la abolición de la pena de muerte y una libertad de imprenta, empresa y comercio sin paralelos en la época.
Allí brilló Florentino González, un jurista que impulsó las primeras reformas de libre mercado, desmantelando los asfixiantes monopolios estatales y abriendo los puertos al mundo. A su lado, el economista Miguel Samper defendió a capa y espada el principio del laissez-faire. En su magistral ensayo La miseria en Bogotá, Samper desmontó la demagogia argumentando que la pobreza es el estado natural del hombre y que la riqueza debe crearse desatando las fuerzas productivas del individuo; sabía que el Estado no cura la pobreza imprimiendo billetes o dictando leyes, sino permitiendo que el individuo despliegue su iniciativa sin la interferencia del Estado opresor.
Viajemos al norte, a las raíces de México. Allí nos encontramos con el padre del liberalismo mexicano: José María Luis Mora. Sacerdote, historiador y político, Mora es el artífice de la transición de un México colonial a un Estado moderno.
La herencia española nos había dejado una sociedad dividida en “corporaciones” (el Ejército, la Iglesia, los gremios), cada una con sus propios tribunales, prerrogativas (fueros) y monopolios. Mora libró una batalla intelectual sin cuartel, argumentando, con una lucidez implacable, que mientras el Estado estuviera subordinado a estos poderes fácticos y la educación estuviera monopolizada, el individuo jamás sería libre ni habría desarrollo económico. Él exigía algo que sigue pareciendo revolucionario: la igualdad de todos ante la ley. Mora entendió que el liberalismo no es solo un modelo económico: es la destrucción de los privilegios institucionales. Curiosamente, los “progresistas” actuales, que defienden a capa y espada los privilegios sindicales y burocráticos, son los herederos directos de los conservadores corporativistas contra los que Mora luchó.
En el caso de Venezuela, la línea de tiempo es dramática. En el siglo XIX, figuras del calibre de Tomás Lander usaron la pluma para sembrar la semilla republicana. A través del periódico El Venezolano, Lander combatió el centralismo y exigió la limitación del poder gubernamental, defendiendo a la empresa privada por encima del militarismo imperante de la época posindependencia.
Pero si hay un pensador venezolano que la audiencia contemporánea debe conocer, en un acto de justicia, es Carlos Rangel. Ya en el siglo XX, Rangel fue el gran hereje del consenso ideológico latinoamericano. En su obra cumbre, Del buen salvaje al buen revolucionario (1976), destrozó el mito fundacional del estatismo en nuestra región: la idea de que somos víctimas perpetuas del imperialismo y de que nuestra pobreza es culpa del éxito ajeno.
Rangel expuso de manera brillante cómo nuestro fracaso se debe a nuestro rechazo patológico a los valores del liberalismo (el mérito, la propiedad, la responsabilidad individual) y a nuestra adicción tóxica al Estado paternalista y despótico. En tanto Venezuela sobrevive a la fase terminal de un narcoestado socialista, las advertencias de Rangel resuenan no como un ensayo, sino como una dolorosa profecía cumplida. Él nos previno sobre la seducción totalitaria, y la región decidió ignorarlo.
Nos han robado la historia. Nos han hecho creer que nuestros únicos libertadores fueron militares a caballo empuñando espadas. Es hora de reclamar a nuestros libertadores de civil: aquellos que empuñaron la pluma y la ley.
Alberdi, González, Samper, Mora, Lander y Rangel nos enseñan que la batalla por la libertad individual y el libre mercado es la lucha más auténticamente latinoamericana que existe. Ante las ruinas humeantes que el socialismo y el populismo han dejado en nuestro continente, la respuesta no es inventar utopías nuevas: es volver a nuestros orígenes para construir un nuevo futuro. La riqueza de nuestras naciones nunca ha estado en las manos de un líder iluminado ni en el subsuelo: reside en la mente y el esfuerzo de ciudadanos verdaderamente libres. La libertad no es extranjera: es nuestra herencia olvidada.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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