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Hay algo casi cómico si no fuera trágico en la manera en que medimos a quienes gobiernan.
Un puente, una calle, una obra a medio terminar… y ya. Como si el concreto tuviera la capacidad de ocultar lo que pasa cuando cae la noche. Como si el cemento pudiera tapar el miedo, o las filas en un hospital, o ese silencio incómodo de quien sabe que las cosas no están bien, pero igual sigue.
Ahora resulta que volver a empezar es una opción seria.
La anulación de la elección de Nicolás Gallardo Vázquez dejó el escenario listo para una segunda función. El mismo actor, el mismo libreto, el mismo teatro. Solo cambian las luces.
Y lo curioso es que muchos aplauden antes de que suba el telón.
en este territorio hay una fascinación extraña por las obras. Nos gustan. Nos seducen. Nos hacen sentir que algo está pasando, aunque en el fondo sepamos que no necesariamente está pasando lo importante. Es como ese amigo que presume carro nuevo, pero debe hasta el aire que respira.
Gobernar no es eso.
Gobernar es que la gente deje de sentir que vive resolviendo. Que la vida no sea una carrera de obstáculos disfrazada de rutina. Gobernar es que uno no tenga que “adaptarse” a lo malo como si fuera lo normal.
Pero aquí seguimos.
La inseguridad sigue caminando tranquila.
La salud sigue siendo una ruleta.
Y las soluciones… bueno, las soluciones siempre están “en proceso”.
Eso sí, las fotos salen bien. Y entonces viene la pregunta incómoda: ¿de verdad queremos repetir esto?
Yo digo que sí.
Que se lance. Que haga campaña. Que gane, si así lo decide la gente.
No por entusiasmo. Por claridad.
Porque hay cosas que solo se entienden cuando se viven sin excusas. Y un segundo intento ya no permite culpar al pasado, ni herencias, ni enemigos invisibles. Ahí ya no hay narrativa que aguante. Ahí queda el gobierno desnudo, sin maquillaje, sin discurso, sin ese optimismo forzado que suele durar lo que dura una rueda de prensa.
No lo acompañaré. Eso está claro. Sería como volver a una conversación que ya uno entendió cómo termina.
Pero tampoco me interesa impedirlo.
A veces el error más grande no es elegir mal. Es no entender por qué se eligió mal.
Y si no aparece alguien mejor alguien que realmente represente otra forma de gobernar entonces el voto en blanco deja de ser tibieza. Se vuelve un gesto elegante. Casi una ironía bien ejecutada: participar sin comprar el menú.
Porque aquí el problema no es quién gana.
El problema es qué estamos dispuestos a tolerar.
Un buen gobierno no se mide por lo que se construye, sino por lo que deja de doler. Y en este territorio todavía duelen demasiadas cosas como para celebrar tan rápido.
Pero bueno… que siga la función.
Al final, los pueblos siempre terminan aprendiendo.
Algunos rápido. Otros… con repetición.













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