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En las últimas tres elecciones presidenciales va y viene la misma pregunta: ¿y dónde está el centro? Dicha pregunta siempre concita infinidad de respuestas: que el centro esta dividido; que el centro esta fragmentado; que el centro desapareció; que el centro no tiene capacidad de unión, etc., respuestas –tan vagas como el mismísimo centro– que únicamente conducen a la misma conclusión: el centro no es una categoría fija que se pueda encuadrar en un momentum político o personalizar en una candidatura autoproclamada como “alejada de los extremos”. Tan solo es una condición de posibilidad que se diluye concluida la primera vuelta presidencial.
De ahí que la reiterada “disputa por el centro” no pase de ser un chiste de temporada electoral. El centro criollo, ese espacio gaseoso y circunstancial sin ningún vestigio de identidad ideológica, ya sea por origen o afinidad, siempre resulta jugando en el bando de la derecha. Si en la segunda vuelta del 2022 una porción de ese centro, el tecnocrático-económico de origen liberal, se plegó a la campaña de Petro fue por el físico pavor que les generó aquella locura colectiva que se llamó Rodolfo Hernández. Locura que no disuadió a los centristas que sí se sumaron a un imputado por corrupción cuya principal propuesta consistía en llevar a los colombianos a “conocer el mar”.
El problema del centro no es tanto la desgastada discusión sobre su existencia como la capacidad de interpretar el momento histórico por parte de sus “representantes”. Aquellos que solo tienen como libreto repetir hasta la saciedad que se encuentran alejados de los extremos; o que no son el “gallo tapao” de Uribe o de Petro; o que pueden gobernar sin polarización o sin radicalismo. Discurso programáticamente encallado y que poco o nada emociona. De ahí que su máximo representante siga siendo Fajardo, un personaje sin atributos que no ha podido entender que su hora ya pasó y que su oportunidad de llegar a la Casa de Nariño con ese libreto trasnochado quedó enterrada en la primera vuelta del 27 de mayo de 2018.
Ahora, resulta curioso que la trillada disputa por la identidad del centro involucre a Juan Daniel Oviedo, un político emergente y creativo que nació de las entrañas del uribismo versión 2.0 y cuya existencia política es obra y gracia de Iván Duque. Porque si el duquismo existe Oviedo es su principal representante. Por eso resulta absurdo que lo pongan en una disputa por el centro que no se ajusta ni a su perfil o trayectoria, puesto que el centro que dice representar es un centro estrictamente uribista, algo distante de ese uribismo homófobo y clerical, pero uribismo, al fin de cuentas. Tan mal andan los voceros del centro que le disputan terreno político a un uribista que, a diferencia de ellos, nunca ha tenido la necesidad de estar enclosetado.
Más que un espacio gaseoso y circunstancial sin ningún vestigio de identidad ideológica, creo, viendo como se viene moviendo el actual panorama, que quienes definirán la elección presidencial en una segunda vuelta serán tanto los jóvenes como los indecisos. Ellos son la clave de la victoria. Es hacia ellos que se deben dirigir las campañas, esperemos, que, con propuestas, no reducidas a las fosilizadas consignas antiuribistas o antipetristas, porque así las candidaturas que pasen a segunda tengan mucho de lo uno y de lo otro, la clave está en mover un electorado aun no convencido, pero que tampoco se encuentra en el centro.
Porque en esta elección también se rompió el mito que afirma que el centro es el que define la presidencia. Ahora, la clave está en otra parte.













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