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Confundimos la bondad con una pureza imposible y, en ese error, terminamos perdiendo el rumbo. Esta película (que no necesariamente recomendaría) me dejó, sin embargo, una reflexión que merece ser contada.
Hay una trampa antigua en la que caemos una y otra vez: creer que ser bueno significa ser perfecto. Y cuando descubrimos que no lo somos, “que no podemos serlo”, en lugar de aceptar la imperfección como parte del camino, abandonamos el camino entero. Nos rendimos. Nos vamos al otro lado. Como si la única alternativa al bien fuera el mal sin freno. Y creo que ahí, en esa rendición silenciosa, es donde empiezan los verdaderos problemas de nuestra sociedad. Escribo esto después de ver Sinners, la película de Ryan Coogler, que llegó a la ceremonia de los Premios de la Academia con dieciséis nominaciones, “un récord histórico”, y se llevó cuatro estatuillas, entre ellas la de Mejor Actor para Michael B. Jordan y la de Mejor Fotografía para Autumn Durald Arkapaw, la primera mujer en ganar ese reconocimiento en la historia de la Academia. Datos importantes. Logros innegables. Pero voy a ser honesto: la película no me gustó.
No me gustó porque encuentro en ella lo que encuentro en demasiadas películas actuales: escenas de sexo que ya no dicen nada, balazos que ya no asustan, una estética de la decadencia humana que se repite de cinta en cinta como si fuera la única forma de contar una historia. Hay una saturación en el cine contemporáneo de esas imágenes que alguna vez fueron transgresoras y hoy son simplemente parte del decorado. Y Sinners no escapa de eso. Sin embargo, siempre he creído que incluso en lo que no nos convence podemos encontrar algo que vale la pena rescatar. Y esta película tiene un mensaje que me hizo detenerme a pensar.
Confundimos el bien con la perfección del bien. Y en esa confusión, muchos desisten del camino antes de recorrerlo.
Sinners nos presenta la eterna lucha entre el bien y el mal, ambientada en el Mississippi de 1932, en pleno sur segregado de Estados Unidos. Dos hermanos gemelos, interpretados por B. Jordan, regresan a su pueblo intentando dejar atrás una vida de crimen, y se encuentran con un mal sobrenatural que los acecha. Pero lo que me parece más interesante no es el vampiro ni el demonio, sino lo que la película sugiere sobre la seducción del mal a través del arte. En este caso, la música. El blues. Ese sonido que nació del dolor y que en la historia se convierte en la puerta por la que entra lo oscuro. ¿Cuántas veces hemos visto cómo lo bello se convierte en vehículo de lo destructivo? El arte tiene esa capacidad dual: puede elevar el espíritu o puede adormecerlo. Y creo que Sinners intenta decirnos que si le abres la puerta al mal “aunque venga envuelto en melodía, en encanto, en promesa”, pierdes más de lo que ganas. El camino del bien, con todas sus limitaciones, te mantiene protegido. Pero al final, siempre existe una opción más, una que no cabe del todo ni en el polo del bien absoluto ni en el del mal absoluto. Y quizá ahí está la clave.
Creo que por eso las instituciones han perdido credibilidad. Porque la sociedad, acostumbrada a esos polos opuestos “lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto”, se decepciona cuando descubre que quienes predican el bien no son tan buenos, o que quienes debían protegernos resultan ser parte del problema. Y en esa decepción, en lugar de buscar un camino intermedio, muchos simplemente se rinden. Se van con lo que sea que prometa algo, aunque ese algo sea una ilusión. Y aquí es donde la película me llevó a un lugar inesperado. Pensé en San Arnulfo de Metz, un obispo del siglo VII que hoy es conocido como el santo patrono de los cerveceros. Si lo miras con los ojos de nuestra época, pensarías que algo estaba mal: un obispo que promovía el consumo de cerveza entre sus fieles. Pero resulta que en aquella época el agua estaba contaminada y mataba a las personas, y la cerveza, por su proceso de fermentación, era más segura. Arnulfo no promovía el exceso; en sus sermones formaba la conciencia del consumo responsable. Hacía el bien desde un lugar que, visto desde afuera, parecía contradictorio. Pero salvó vidas.
Seguir el camino del bien no es caminar sin tropiezos. Es estar consciente de nuestras imperfecciones y, cada día, intentar ser un poco mejores sin dañar a los demás.
Y eso es lo que creo que, en el fondo, intenta mostrar Sinners desde el lenguaje del blues: que confundimos el bien con la perfección del bien. Que se nos olvida que seguir ese camino no significa no equivocarse nunca, sino estar consciente de nuestras imperfecciones y levantarnos cada día con la intención de ser mejores, sin dañar a los demás. Eso es lo rescatable de esta historia. Eso es lo que me quedo. No es una película que yo recomendaría. Escribo sobre ella porque ya existe en el mundo del contenido, porque millones la han visto, porque Michael B. Jordan ganó un premio de la Academia por su interpretación y porque Sinners rompió récords tanto en nominaciones como en derrotas en una misma noche. Mi recomendación no la hace buena ni mala. Pero creo que si alguien la ve, vale la pena detenerse en ese mensaje que se asoma entre el ruido y la sangre: el bien no necesita ser perfecto para que valga la pena.
Quizá el verdadero pecador no es quien tropieza en el camino del bien, sino quien deja de caminar.
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