Una noche para mirarnos: los Premios de la Academia y el cine que nos incomoda

El cine no siempre nos dice lo que queremos escuchar. Las mejores películas, casi nunca. Y esta noche, la Academia pareció recordarlo.

Hay algo que sucede cada año con los Premios de la Academia que me resulta difícil de ignorar: el mundo los celebra, los critica, los analiza hasta el cansancio, y aun así volvemos. Volvemos porque en el fondo sabemos que esa noche, con toda su pompa y sus contradicciones, es uno de los pocos momentos en que la cultura popular se detiene a preguntarse qué historias merecen ser recordadas. La edición 98, celebrada el domingo 15 de marzo de 2026 en el Dolby Theatre de Los Ángeles, no fue una noche apacible. Fue una noche que eligió la incomodidad. Y creo que hizo bien. Las diez películas que compitieron por el reconocimiento a mejor película no fueron, en su mayoría, historias diseñadas para consolar. One Battle After Another, de Paul Thomas Anderson, que terminó siendo la gran ganadora de la noche con los premios más importantes —mejor película, mejor dirección para Anderson, mejor actor de reparto para Sean Penn, mejor guion adaptado—, es una obra que enfrenta al espectador con algo difícil de nombrar pero fácil de reconocer: la sensación de que el mundo avanza a un ritmo que nos deja atrás. Sinners, de Ryan Coogler, llegó con un récord de 16 nominaciones y se fue con el guion original, la banda sonora —para Ludwig Göransson— y el reconocimiento a mejor actor para Michael B. Jordan, contando la historia del sur americano a través de vampiros y blues. No es un acomodo extraño. Es, si uno lo piensa bien, la única manera honesta de contar ciertas historias.

Las grandes heridas históricas no se cuentan bien desde el documental. Se cuentan desde la fábula, desde el monstruo, desde la metáfora que duele exactamente donde tiene que doler.

Conan O’Brien volvió a presidir la ceremonia, y esa elección no es menor. Convocar a un comediante para conducir la noche más solemne del cine es, en sí mismo, una declaración. Dice que la industria sabe que se toma demasiado en serio a sí misma. Que necesita a alguien capaz de señalarlo sin destruirlo. O’Brien abrió la noche saludando, celebrando la diversidad en el cine, y en ese gesto simple hay también un espejo: el mundo que produce estas películas ya no puede ignorar que es múltiple, que habla varios idiomas, que las historias que importan vienen de muchos lugares a la vez. Una de las novedades de esta edición fue la entrega por primera vez del reconocimiento a mejor reparto, que ganó One Battle After Another. Me parece una incorporación que dice algo sobre cómo estamos entendiendo el cine hoy. Durante décadas, el relato dominante fue el del genio individual: el director, la estrella, el autor. Pero el cine es, en su naturaleza más profunda, un arte colectivo. Que la Academia haya decidido reconocer formalmente a quienes construyen los elencos es también reconocer que una gran actuación no existe en el vacío, sino en una red de decisiones humanas que la hacen posible.

Otra de las imágenes de la noche fue Amy Madigan recibiendo el reconocimiento como mejor actriz de reparto por Weapons, cuarenta años después de su primera nominación. Su personaje, es una mujer llevada al extremo, empujada por circunstancias que la rebasan. Y el hecho de que una actuación así —intensa, incómoda, construida desde las vísceras— haya recibido el mayor reconocimiento de la industria dice algo sobre el momento del cine de terror: ya no está sentado en la mesa de los niños. Está en la conversación principal. Porque aprendimos, o estamos aprendiendo, que el miedo bien contado habla de cosas muy reales.

El terror no asusta porque inventa. Asusta porque recuerda. Porque toma lo que ya sabemos que existe y lo pone frente a nosotros sin que podamos mirar hacia otro lado.

El reconocimiento a mejor película internacional fue para Sentimental Value, de Noruega, dirigida por Joachim Trier. Y en esa categoría hay siempre algo que me emociona: la confirmación de que las historias que importan no tienen pasaporte. Que el dolor, la búsqueda, la necesidad de ser entendido no son patrimonio de ninguna industria en particular. El cine noruego, el tunecino —que compitió con The Voice of Hind Rajab—, el brasileño, el español: todos estuvieron en esa mesa. Y eso, en un mundo que tiende al cierre y al repliegue, es también una forma de resistencia.

Me pregunto qué nos dice esta edición sobre el momento que vivimos. Las películas que dominaron la noche no ofrecieron soluciones. No terminaron con una redención fácil ni con una lección claramente empaquetada. Terminaron con preguntas. Con personajes rotos que siguen andando. Con sociedades heridas que aún no saben cómo sanar. Y creo que eso es honesto. Creo que el arte tiene la obligación de ser honesto antes que reconfortante. Que una buena historia no nos debe una salida, sino una mirada más clara sobre dónde estamos. La Academia, con todas sus limitaciones y sus contradicciones, eligió esta noche películas que incomodan. Que preguntan. Que no piden permiso para hablar de lo que duele. Y eso, en este momento del mundo, me parece no solo valioso sino necesario. El cine no nos salva. Pero a veces, cuando está bien hecho, nos ayuda a vernos. Y vernos, aunque duela, siempre es el primer paso.

Rubén Eduardo Barraza

Maestro en la Universidad La Salle // Experto en cine.

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