Se permanece atado a los principios que a veces le juegan malas pasadas. No es fiel a la moral porque esta se construye y se deconstruye, pero guarda siempre una esperanza inútil en la vida, la de caminar por los estrechos senderos de la opinión contraria. Mucho más fácil es sucumbirse ante los sí tranquilos, vestidos de anuencia, de ínfulas de poder y de encajar, esos que sacan sonrisas y son complacientes. Esa condena pareciera el mito de Sísifo; una y otra, y otra vez con lo que no puede controlar, con el no poder ser.
En estos tiempos de convulsión, la permanencia sobre lo que somos pareciera una condena. Es más fácil renunciar, deshabitar, abandonarse a la suerte de lo perdido. Recuperar, tejer de nuevo o empezar apenas a tejer, es el acto de la revolución contemporánea. El estado líquido de las cosas decía Baumann es más fácil de sobrellevar; es adaptativo, seductor, mágico. Resuelve más fácil, ayuda más a la levedad, a permanecernos modernos, más terrenales y por tanto humanos.
Sin embargo, aún habitan los humanos que le siguen poniendo tilde a la u del aún aunque la Real Academia Española hace ya varios años la eliminó. Esa permanencia del caminar sobre lo propio es la condena del terco. Se permanece atado a los principios que a veces le juegan malas pasadas. No es fiel a la moral porque esta se construye y se deconstruye, pero guarda siempre una esperanza inútil en la vida, la de caminar por los estrechos senderos de la opinión contraria. Mucho más fácil es sucumbirse ante los sí tranquilos, vestidos de anuencia, de ínfulas de poder y de encajar, esos que sacan sonrisas y son complacientes. Esa condena pareciera el mito de Sísifo; una y otra, y otra vez con lo que no puede controlar, con el no poder ser.
Las mieles que guardan la constancia son las del ciclista que no pedalea para llegar, llega para volver a empezar; las de agricultor que siembra la semilla bajo el nubarrón que anuncia una borrasca, pero él conoce lo que siembra, cree más en lo que sabe y por eso no cualquier llovizna lo apabulla. Esos senderos oscuros de resignación y desesperanza en las que el caminante siempre guarda y cree en la promesa de la luz que va consigo en el camino; de la tierra que protege y resguarda la buena semilla.
Esos tercos y tercas a los que la vida les muestra siempre un no y ellos escogen la ruta propia; más dolorosa, más larga, más peligrosa, pero en abundancia placentera cuando ese sí salta a la vista. No todas las veces para complacer, algunas para hacer más grande las oportunidades. Otras tantas para seguir iluminando de humanidad el mundo de la insatisfacción. De los sí placenteros y de los no amargos.
De vez en cuando equilibra esa levedad del ser para liberarlo de su condena, la condena del terco que no siempre habita en la desilusión, sino en la constancia, en la resiliencia que se convierte en su credo habitado. Esa, la permanencia en sus sí son los que revolucionan el mundo, la vida propia y ajena y de vez en vez le enseñan a la humanidad que los caminos de la complacencia no siempre son los más certeros y felices.













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