Un congreso fragmentado

“el Congreso no está llamado a reproducir la voluntad de un líder ni convertirse en su “notaría”. Por el contrario, debe representar al pueblo en su pluralidad, porque la idea misma de la representación política parte de una premisa profunda: el pueblo no es una unidad homogénea, sino una comunidad con diversos intereses.”

Apreciados lectores, las elecciones de cualquier índole suelen analizarse con una pregunta inmediata: ¿quién ganó? No obstante, esa pregunta suele ocultar algo más importante: el análisis de cómo el electorado decide distribuir el poder. Así, pues, cuando hay un congreso fragmentado porque el poder se distribuyó en múltiples fuerzas políticas, denotamos en el fondo un Congreso que refleja la diversidad de la ciudadanía.

En una democracia participativa como la nuestra, el Congreso no está llamado a reproducir la voluntad de un líder ni convertirse en su “notaría”. Por el contrario, debe representar al pueblo en su pluralidad, porque la idea misma de la representación política parte de una premisa profunda: el pueblo no es una unidad homogénea, sino una comunidad con diversos intereses. En tal sentido, tener un congreso fragmentado es bueno, porque se refleja que las urnas no producen unanimidad, sino que producen pluralidad. Así, la fragmentación legislativa ha de entenderse como la manifestación institucional de una sociedad que, gracias a Dios, es diversa. Lo ideal no es eliminar la diversidad política, sino gestionarla dentro de la institucionalidad.

Ahora bien, pensemos entonces en la escena práctica y vayámonos al escenario donde se está construyendo un proyecto de ley. Esta iniciativa ya no avanzará simplemente por la disciplina del partido o a piacere del ejecutivo, sino por la capacidad de construir acuerdos entre actores con intereses distintos. En tal marco, la deliberación recupera su sentido original, cuya razón suficiente estriba en que el Congreso se convierte el espacio donde las decisiones colectivas se construyen mediante el intercambio de argumentos y la búsqueda de posibles consensos.

En definitiva, un congreso fragmentado dice más de la ciudadanía que lo eligió, porque nos recuerda que la democracia no consiste en lograr unanimidad, sino organizar institucionalmente el desacuerdo. Cuando el poder se reparte entre varias voces, la política entonces deja de ser el dominio de una voluntad, para convertirse en el arte de negociar el destino común.

Allan Arias Palacios

Estudiante de Derecho de la Universidad Pontificia Bolivariana. Miembro fundador del Grupo de Estudios Constitucionales. Columnista en Al Poniente y en el Blog de la Revista Derecho del Estado, de la Universidad Externado de Colombia. Participante del Modelo Congreso Estudiantil Universitario llevado a cabo en el Congreso de la República, donde pude quedar entre los 10 mejores senadores. Mis pasiones son el liderazgo, la política, la escritura, el futbol y mi país.

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