“Freedom of movement is the very essence of our free society — once the right to travel is curtailed, all other rights suffer.”
“La libertad de movimiento es la esencia misma de una sociedad libre; una vez que se restringe el derecho a viajar, todos los demás derechos se ven afectados.”
— William O. Douglas
Hay una sensación extraña —y profundamente poderosa— en abrir los ojos por la mañana y no estar siempre en el mismo lugar. No porque estés huyendo, sino porque puedes elegir. Elegir la ciudad, el ritmo, el paisaje y, en el fondo, elegir la forma en la que quieres vivir tu vida.
Por años, esa no era una vida que yo pensara posible. Hoy sí lo es.
En los últimos seis meses, he despertado en cuatro países diferentes por períodos considerables de tiempo: México, Brasil, Perú y Bolivia, donde generalmente resido. En cada uno, con contextos, culturas y ritmos diversos, y con algo constante: mi trabajo, mi computadora y mi conexión. Esa continuidad es lo que me permite elegir lo demás.
A esto se le llama nomadismo digital. En términos simples, es un estilo de vida en el que una persona puede trabajar de manera remota utilizando herramientas digitales, sin estar atada a una ubicación geográfica específica. Es una consecuencia directa de la expansión del internet, de las plataformas de trabajo remoto y de la digitalización de heterogéneas profesiones. Cada vez más personas en el planeta viven así, combinando trabajo y movilidad, y replanteando la idea tradicional de que el trabajo ocurre en un solo lugar. En el fondo, es un modelo que amplía el margen de elección sobre dónde y cómo vivir.
En mi caso, este proceso no empezó de un día para otro. Llevo casi un año y medio en una organización internacional, en una posición estable; aunque ya antes de eso venía construyendo este camino. Durante los últimos tres años hice pasantías virtuales que me impulsaron a experimentar con esta flexibilidad. En ese tiempo viajé en múltiples ocasiones —contando cinco viajes a Estados Unidos en distintos veranos— y pude conocer países como Colombia y Chile. Muchas de estas experiencias estuvieron vinculadas a becas y fellowships en el ámbito del activismo, tema que probablemente profundizaré en una nueva columna. Más allá de las oportunidades puntuales, lo constante ha sido ir construyendo una vida con más margen de elección.
Más allá del modo en que empezó, hay algo que se ha mantenido constante: la posibilidad de trabajar desde donde esté. Esto cambia completamente la forma en la que se vive el día a día. Cuando terminas tu jornada, no estás limitada a un entorno fijo: te encuentras en un lugar que puedes explorar, descubrir y hacer parte de tu experiencia cotidiana. El trabajo deja de ser una estructura rígida que organiza tu vida y pasa a integrarse en tu rutina, dándote la posibilidad de elegir qué hacer con el resto de tu tiempo y dónde hacerlo.
Pero esta libertad no se manifiesta exclusivamente en los viajes: transforma lo cotidiano. Aun dentro de mi propia ciudad, puedo decidir trabajar desde un café, quedarme en casa o pasar la noche donde una amiga y continuar mi jornada desde ahí al día siguiente. Esa flexibilidad, que puede parecer pequeña, en realidad redefine la relación que tienes con tu tiempo y tu entorno, porque ya no estás atada a un espacio físico ni a una dinámica inflexible: puedes adaptar tu vida a lo que necesitas en cada momento. Es, en esencia, la posibilidad de elegir hasta en lo más simple del día a día.
Y eso, si lo pienso bien, es algo que antes simplemente no imaginaba posible.
A lo largo de este proceso he conocido a muchas personas que viven bajo esquemas similares: freelancers, emprendedores digitales, profesores que dan clases online, consultores, diseñadores, programadores, creadores de contenido, e incluso profesionales de la salud que hoy ofrecen asesorías a distancia gracias a la telemedicina. Son personas que han entendido que su trabajo no tiene por qué estar anclado a un lugar específico, y que pueden tomar decisiones más libres sobre cómo organizar su vida.
Muchas de estas conexiones, de hecho, han surgido a través de organizaciones de las que soy parte, entre ellas Ladies of Liberty Alliance, donde mujeres de múltiples contextos alrededor del mundo no solo comparten ideas sobre libertad, sino también prácticas concretas para vivirla.
Desde el trabajo que realizo en el área de investigación de Liberty International, hemos estado estudiando este fenómeno. Participé en la construcción de un índice que evalúa qué países son más amigables para los nómadas digitales, considerando factores como impuestos y burocracia, y recientemente lanzamos un concurso donde personas de diferentes rincones del planeta compartían sus experiencias viviendo de esta manera. Escuchar esas historias me permitió ver con más claridad que esto no es una excepción: es parte de una reconfiguración más amplia en la que cada vez más personas están ganando capacidad de elección.
Sin embargo, en Bolivia y en otros países, este estilo de vida todavía genera desconfianza. Muchas personas creen que no es real o que se trata de una estafa. Es comprensible, especialmente en contextos donde durante décadas el trabajo ha estado asociado a la presencialidad y a estructuras más rígidas. Además, se han registrado casos de estafas vinculadas a ciertos modelos de negocio digitales, lo que ha contribuido a generar escepticismo. Reducir todo este fenómeno a eso es ignorar una realidad mucho más compleja.
Porque la verdad es que esto sí es real. Y no solamente es real: es posible gracias a algo muy concreto. El capitalismo.
El hecho de que puedas trabajar desde una laptop en cualquier parte del mundo no es casualidad. Es el producto de décadas de innovación, de competencia, de inversión y de mercados abiertos que han favorecido el desarrollo de tecnologías, incluidas internet, plataformas digitales, sistemas de pago globales y herramientas de comunicación instantánea. Todo esto existe porque hubo incentivos para crear, mejorar y conectar, y porque millones de personas, empresas y emprendedores coordinaron sus esfuerzos a través del mercado.
La consecuencia es esta: una persona en Bolivia puede trabajar para una organización internacional, colaborar con equipos en distintos países, recibir ingresos desde el exterior y, al mismo tiempo, decidir dónde quiere estar físicamente. Esa capacidad de decidir —de elegir— es la forma más concreta de entender la libertad económica.
Y esa libertad no es únicamente sobre ingresos. Es sobre tiempo, decisiones y posibilidades. Es, en última instancia, la posibilidad de elegir tu propia vida.
Hoy puedo pasar una temporada cerca de mi familia en Sucre, moverme cuando lo necesito y diseñar una rutina que se adapte a mí, y no al revés. Puedo cambiar de entorno sin detener mi trabajo y construir una vida que combine responsabilidad y exploración. Puedo elegir, constantemente, cómo quiero vivir.
Por eso quise escribir esto. Porque más allá de mi experiencia personal, hay un cambio más grande en la manera en la que entendemos el trabajo, el espacio y la vida per se. Hay una oportunidad que muchas personas aún no ven, ya sea por desinformación o por miedo, pero que ya está ahí para quienes deciden aprovecharla.
La posibilidad de elegir dónde despertar no es una fantasía: es una realidad. Y es, en gran medida, el resultado de un sistema que hizo posible que el mundo entero pueda convertirse en una oficina… y en un espacio de elección.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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