El país que decide… o el país que se resigna

Andrés Barrios Rubio

“La carrera presidencial en Colombia ha dado inicio. Y lo hizo, dejando una enseñanza inquietante que no debería pasar desapercibida, como lo es el hecho de que el 8 de marzo el país votó, pero una parte significativa del sector productivo no lo hizo. La abstención volvió a ser protagonista. En la ciudad de Bogotá, por ejemplo, más del 53% de los ciudadanos con derecho a sufragio no ejercieron su voto. Esto indica que una minoría ha determinado la correlación de fuerzas políticas que delineará el rumbo de la nación en los años venideros.”


 Los resultados electorales son preocupantes y deben ser abordados con la máxima atención. Debido a que, cuando los contribuyentes, que sustentan la economía, abonan impuestos y se dedican a sus labores cotidianas, adoptan la decisión de permanecer en sus hogares, otros individuos, que viven de los subsidios del progresismo, terminan tomando las determinaciones. En consecuencia, la práctica democrática se ve limitada a aquellos sujetos que disponen de tiempo, interés o dependencia directa del aparato estatal. La política no tolera espacios vacíos. Si unos no participan, otros lo harán.

El proceso electoral para la elección de la presidencia ha iniciado formalmente en este momento. El partidor evidencia actualmente tres corrientes principales que buscan el poder. En primer lugar, cabe destacar la continuidad del progresismo de izquierda que actualmente se encuentra en el poder. El objetivo principal de esta corriente es ampliar el alcance del proyecto político reciente, identificando a Iván Cepeda Castro como su principal referente. Esta candidatura presenta características distintivas que la hacen sobresalir. Constituye la materialización de una visión de país que en años recientes ha enfatizado la confrontación ideológica, el relato de lucha constante y la premisa de que la institucionalidad debe transformarse desde su interior para reconfigurar el poder político.

La fórmula de izquierda ha optado por presentar a Aída Quilcué como candidata a la vicepresidencia. Esta determinación transmite un mensaje inequívoco respecto al tipo de alianzas estratégicas que respaldan este proyecto político. Este sector ha consolidado parte de su posición mediante la organización de movilizaciones sociales y ejerciendo presión sobre el Estado desde la vía pública. El progresismo se fundamenta en la necesidad imperante de avanzar hacia un modelo político que considere los límites de la democracia liberal tradicional y que busque transformar las estructuras de poder público.

La segunda corriente es conocida como el “rodolfismo 2.0”, actualmente representado por Abelardo de la Espriella. Su discurso ha logrado conectar con un electorado hastiado de la política tradicional, cautivando la idea de un liderazgo firme que garantice orden, autoridad y ruptura con las élites políticas que han dominado el país durante décadas. Para equilibrar ese perfil confrontacional, su fórmula vicepresidencial es el economista José Manuel Restrepo, un nombre asociado a la ortodoxia económica y al manejo técnico del Estado. Esta dupla busca equilibrar la radicalización política con la estabilidad económica.

La tercera fuerza que emerge con claridad es una derecha que busca reconstruirse y ampliar su base política hacia el centro. En dicha reunión, se destaca la candidatura de Paloma Valencia, quien ejecutó una maniobra estratégica significativa al establecer una alianza con Juan Daniel Oviedo. Este acuerdo transmite un mensaje que se distingue de la polarización pura. Paloma Valencia representa la facción ideológica de la derecha, mientras que Oviedo personifica una posición técnica con una imagen favorable en sectores urbanos y de centro político. Se trata, con toda probabilidad, de la tentativa más evidente de constituir una coalición con capacidad para competir más allá de los nichos ideológicos.

Sin embargo, el escenario político colombiano se caracteriza por su complejidad y dinamismo. A la contienda también se suman múltiples aspiraciones que fragmentan el escenario, como las de Sergio Fajardo, Claudia López Hernández, Roy Barreras, Juan Fernando Cristo, Luis Gilberto Murillo, Luis Carlos Reyes Hernández, Mauricio Lizcano, Daniel Palacios Martínez, entre otros. Cada uno de ellos alberga aspiraciones legítimas, discursos bien intencionados y diagnósticos que, en muchos casos, resultan razonables. El problema radica en que la política no se logra mediante buenas intenciones, sino a través de una correlación real de fuerzas. Cuando un número excesivo de candidatos compiten por un mismo espacio político, lo que se observa no es pluralismo, sino fragmentación.

Mientras el centro se divide en múltiples proyectos personales, los extremos consolidan su maquinaria electoral. La historia reciente ofrece pruebas concluyentes de esta afirmación. Los resultados de las elecciones legislativas del 8 de marzo evidenciaron una persistencia en la polarización del escenario político colombiano. El Pacto Histórico ha sido nuevamente la fuerza política que ha recibido más votos en las elecciones al Congreso, seguido de cerca por el Centro Democrático. En resumen, la dinámica política nacional continúa estando marcada por los polos ideológicos predominantes. Por lo tanto, la verdadera discusión que enfrenta Colombia no se limita simplemente a la elección del próximo presidente. El interrogante fundamental radica en la dirección que el país aspira a seguir, específicamente, si se inclina hacia la profundización de la transformación política impulsada por el progresismo, hacia una reacción radical que busque desmantelar dicho proyecto con un liderazgo de confrontación, o hacia un esfuerzo de reconstrucción institucional desde una derecha ampliada hacia el centro.

La determinación no será tomada por analistas políticos, encuestas o élites partidistas. La decisión final recae, como es habitual, en los ciudadanos. Sin embargo, esta decisión conlleva una responsabilidad significativa. Cuando el país opta por la abstención, otros actores toman las decisiones en su nombre. Cuando las personas muestran indiferencia, el ámbito político se ve inundado por aquellos que se benefician de él. Cuando la democracia se ve influenciada por las demandas de minorías activistas, los resultados rara vez reflejan el interés nacional. Colombia se encuentra inmersa en uno de los ciclos electorales más relevantes de su historia reciente. La cuestión planteada es directa y puede resultar incómoda, pero es fundamental para tomar decisiones informadas sobre el futuro. La pregunta es sencilla: ¿Desea usted tomar la iniciativa en la definición de su futuro o prefiere delegar esa responsabilidad a terceros?

Cabe señalar que Colombia ya cuenta con una experiencia reciente que no puede pasar desapercibida. Durante un período de cuatro años, el país ha sido gobernado por una fuerza progresista de izquierda que inicialmente prometió un cambio en el panorama político, pero que terminó involucrada en escándalos de corrupción, fomentando un discurso de odio y resentimiento que ha generado tensión en la sociedad. Desde el poder se han avivado los ánimos de comunidades indígenas, sectores afro y diversos grupos minoritarios, no para integrarlos en un proyecto nacional, sino para convertirlos en instrumentos de confrontación política. Se ha promovido una narrativa de lucha de clases que intimida al ciudadano trabajador, se ha relativizado la violencia guerrillera y se ha pretendido santificar a quienes pertenecieron a las antiguas FARC, como si la memoria del país pudiera borrarse con discursos ideológicos.

Estas prácticas no se encuentran en absoluto al margen del entorno político que representa Iván Cepeda Castro. Por lo tanto, la discusión que se está planteando en este momento es de suma importancia. La fórmula propuesta por Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo presenta una alternativa interesante y viable, ya que tiene el potencial de congregar no solo a la base tradicional de la derecha, sino también a aquellos que han quedado huérfanos en el centro y a los millones de colombianos que han expresado su descontento con el experimento progresista, el cual prometió justicia e igualdad social, pero ha resultado en un mayor deterioro de la cohesión nacional. En esta elección, no se trata simplemente de elegir a un gobernante, sino de determinar si Colombia decide corregir el rumbo o perseverar en un camino que ha demostrado ser arriesgado.

Andrés Barrios Rubio

PhD. en Contenidos de Comunicación en la Era Digital, Comunicador Social – Periodista. 23 años de experiencia laboral en el área del periodística, 20 en la investigación y docencia universitaria, y 10 en la dirección de proyectos académicos y profesionales. Experiencia en la gestión de proyectos, los medios de comunicación masiva, las TIC, el análisis de audiencias, la administración de actividades de docencia, investigación y proyección social, publicación de artículos académicos, blogs y podcasts.

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