Lo de Edmand Lara en Bolivia no es otra anécdota más acerca de las peripecias de la política criolla: es la manifestación de un momento peligroso en un país cansado de la corrupción y del masismo, dispuesto a aclamar a cualquiera que grite más fuerte contra “los malos”, aun sin tener ningún programa de libertad.
El hartazgo que abrió la puerta al caudillo “honesto”
Bajo la mirada liberal, el caso Lara es el signo de que el cansancio legítimo puede ser capturado por nuevos caudillos de moralismo que no osan confrontar el poder estatal, sino más bien el hecho de quién lo detenta. Lara da la cara insinuando ser una suerte de superhéroe sin capa que denuncia la corrupción en el cuerpo policial y desafía al “monstruo” desde dentro. Esta figura de capitán rebelde se adapta perfectamente a una sociedad que ya no cree en su justicia, en sus fuerzas de seguridad ni en su clase dirigente. A partir de ahí salta hacia la política nacional, no como técnico, jurista o intelectual: lo hace como justiciero que pretende instaurar “orden” donde todos han fracasado. Y, además, pone en marcha un relato que seduce a grandes audiencias: el hombre virtuoso que se enfrenta a los corruptos, al sistema que lo asedia por decir la verdad.
Para los liberales, la cuestión es que esta historia no llega acompañada de un Estado limitado, separación de poderes, respeto a la propiedad privada ni apertura económica. Llega con la idea de que, si cambia la imagen actual por la de “un líder valiente”, la corrupción puede acabarse a punta de voluntad, gritos y escarceos públicos. Es la vieja tentación latinoamericana: no cambiar las reglas, sustituir al caudillo y confiar en su virtud.
Paz contra Lara: el enfrentamiento entre un “liberal de moderación” y un moralista sin agenda
A este tablero desgajado se suma un nuevo elemento: el ascenso de Rodrigo Paz a la presidencia. Paz emplea una retórica de “cambio de ciclo”, con un enfoque moderadamente promercado, que alude al “capitalismo para todos”, a la inversión privada, a la descentralización y a reformas progresivas. Para quienes fomentamos el liberalismo, su propuesta puede parecer incompleta o poco decidida; sin embargo, al menos apunta hacia una economía más abierta y hacia una racionalización del Estado. Fue, en ese contexto, una oportunidad para que los liberales y la derecha democrática ejerciéramos presión en los organismos oficiales y en el clima de opinión a favor de una agenda de desregulación más amplia.
Lara, no obstante, toma una decisión distinta: le declara la guerra a su propio presidente. En apenas unas semanas empieza a acusar a Paz de mentir, de no solucionar “ningún problema real del pueblo”, de bloquear sus iniciativas y de asociarse con la misma “vieja política” que prometió vencer. En la práctica, lo presenta como un traidor a las expectativas de la gente. Lejos de gestionar esas tensiones a través de los cauces formales (Parlamento, gabinete y partidos), las reduce a un espectáculo mediático: videos, conferencias de prensa y desplantes en eventos.
El vicepresidente tiktoker: cuando el algoritmo supera a las instituciones
Dado que su rasgo más característico es ser tiktoker, no puede considerársele un político que “usa las redes”: es un político que habita TikTok. Allí empezó, exponiendo a responsables de las fuerzas de seguridad, mencionando nombres y apellidos con un tono casi confesional. Allí también se formó una comunidad, con cientos de miles de visualizaciones. En ese espacio se construyó el personaje de “Capitán Lara: un hombre sin miedo”. Su estética es la del héroe urbano: cámara frontal, lenguaje coloquial, indignación permanente, frases breves y música de fondo. Sus “lives” son interminables y responden a una sintaxis viral que mezcla relatos épicos, anécdotas personales y denuncias.
Lara, ya instalado en el gobierno, sigue defendiendo a TikTok como su verdadera plataforma. Afirma que en las redes sociales “no existen intermediarios”, que en ellas puede ejercer “transparencia y honestidad”, y que los medios de comunicación están comprados o tergiversan sus palabras. En sus transmisiones se registra el acto mismo de retar a supuestos corruptos, enviar mensajes a ministros, presionar al presidente y leer en tiempo real las opiniones de sus seguidores, a modo de plebiscitos improvisados. El concepto de institucionalidad comienza a diluirse: lo que antes era conflicto, negociación o decisión política en una reunión del Consejo de Ministros ahora se escenifica en formato de “live”.
Esto afecta negativamente cualquier proyecto liberal. La democracia constitucional se sostiene sobre normas, procedimientos, pesos y contrapesos, instancias de deliberación y responsabilidad ante las instituciones, no ante los algoritmos. Lara parece invertir esa lógica: primero va a la cámara y luego al Congreso, primero consulta el pulso de las redes y después a los organismos oficiales, y primero mide el impacto de un video antes que la consistencia de una política pública. La política se convierte en contenido, y el contenido en una representación moral.
La fantasía de “anticorrupción” sin un Estado limitado
Hay quienes dirán que esto es simplemente modernidad, que la política debe adaptarse a las transformaciones de la época. No se trata de denigrar las redes sociales; son herramientas poderosas para la transparencia, para informar y para establecer una conexión entre los ciudadanos y sus gobernantes. El punto no es que un vicepresidente tenga TikTok: el punto es que llegue a convencerse de que esa plataforma puede suplantar a la institucionalidad. Que considere que la legitimidad de una decisión se define por el número de “me gusta” que obtiene su explicación, y no por su compatibilidad con las libertades individuales y con la Constitución.
Paralelamente, la controversia con Paz se ve intensificada por el propio estilo de esa red. Cada desacuerdo se narra como una traición, cada detalle como una prueba de que el presidente “no desea cambiar nada”, y cada dificultad burocrática se presenta como un indicio de un pacto oscuro entre la “vieja política” y los poderes económicos. Lara se presenta como el único individuo puro en un océano de falsedades. El resultado es un gobierno dividido, una ciudadanía desconcertada y un ambiente idóneo para el renacer del estatismo. Este promete “orden” frente al desorden liberal, aunque lo que realmente vemos es un caos de caudillos y no de liberales.
Conviene subrayar algo más: Lara no discute que el principal problema en Bolivia sea un Estado extenso y discrecional, controlado por grupos de interés y convertido en botín por sindicatos y corporaciones políticas. No propone un Estado más pequeño, sino uno fuerte con “personas buenas” en su interior. No evalúa las políticas según si limitan o amplían la libertad del ciudadano frente al poder, sino según lo severa que sea la pena impuesta a los “corruptos”, sean estos reales o no. Es un populismo moral que oculta su naturaleza autoritaria, pero que en realidad descansa sobre una premisa equivocada: creer que el problema radica en la calidad humana de quienes gobiernan y no en el sistema de incentivos que estructura el poder.
La opción liberal: menos ídolos, más reglas
Un liberal coherente no debería dejarse seducir por personajes del talante del vicepresidente boliviano. El liberalismo no consiste en estar “en contra de los corruptos” en términos generales, ni “contra el MAS” sin atender las circunstancias; consiste en la defensa de principios concretos: libre comercio, libertad de expresión, autonomía personal, propiedad privada y separación de poderes. Desde esta perspectiva, el masismo y la moral tiktoker de Lara son dos caras de un mismo problema: un Ejecutivo hipertrofiado y personalista, que se siente por encima de la ley y sustituye las instituciones por el carisma del líder.
Por eso, en lugar de elegir “a quién le creemos más en TikTok”, deberíamos construir una alternativa distinta: menos ídolos, más reglas. Una alternativa que entienda que la lucha contra la corrupción pasa por abrir la economía, reducir los poderes discrecionales, simplificar el marco legal y limitar la capacidad del Estado para extorsionar; no por encontrar al próximo “capitán honesto” dispuesto a transmitir en vivo. Y que asuma, además, que la tecnología debe utilizarse para expandir la libertad, no para alimentar una nueva forma de culto a la personalidad.
Lo que ocurre hoy en Bolivia con Lara, sus disputas con Camacho y Paz, y su dominio en TikTok debería servir de advertencia clara: si el liberalismo no presenta una narrativa propia, sólida, contemporánea y anclada en principios, los demagogos que explotan la retórica de la indignación seguirán ocupando el espacio de la “anticorrupción” mientras fortalecen un Estado omnipresente. La verdadera elección no es entre el nuevo redentor y el anterior: es entre depositar la confianza en el caudillo o confiar, por fin, en la libertad.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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