El lujo de perder

Alberto Sierra

 

Cuando la oposición confunde identidad con estrategia.

Basta de eufemismos. La política no es un club de debate ni un taller de moralidad. Es una guerra democrática por el poder. Y como en todas las guerras, hay una regla simple: quien dispersa fuerzas, pierde.

Sin excepciones.

La última medición de Atlas Intel no muestra un liderazgo sólido; muestra una contienda abierta.

Cepeda: 34%.
Abelardo: 31,9%.

Dos puntos. Margen técnico. Nada está asegurado.

Pero la elección no se decide en la primera vuelta. Se decide en la segunda, donde el poder real tiene rostro y consecuencias.

Abelardo 39%.
Cepeda 38%.

Un punto. Empate técnico. Competencia concreta. Y aquí se termina la poesía.

En los sistemas de doble vuelta, la primera ronda sirve para exhibir identidades. La segunda, para gobernar. Colombia lo aprendió en 2018 y lo confirmó en 2022: más de 11,2 millones de votos en segunda vuelta, la cifra más alta de nuestra historia reciente, en una elección donde la abstención tocó niveles mínimos en veinte años. Entonces no ganó un nicho ideológico; ganó quien logró sumar más allá de su núcleo duro. Esa es la lección que la oposición parece olvidar hoy.

Hoy los números muestran algo incómodo para muchos: frente a otros escenarios, Cepeda gana con holgura. Contra Paloma (3,9%), la ventaja supera los diez puntos. Frente a Fajardo (6,3%), la diferencia es aún mayor. No es ideología; es matemática de transferencia de voto. Y frente a Abelardo (31,9%), la competencia real se mide en un punto: cada voto cuenta.

El centro duro, ese mito de la moderación, ronda hoy el 6,3%. Seis puntos que no construyen presidencias mientras dos nombres concentran el 66% del tablero. Hablar de terceras vías en este contexto no es valentía. Es irresponsabilidad disfrazada de ética.

Algunos dirán: “Falta campaña”, “todo puede cambiar”, “las encuestas no votan”. Correcto. Pero sí ordenan comportamientos: activan voto útil, cierran chequeras, presionan alianzas. En escenarios polarizados, la percepción de viabilidad no es un detalle menor. Es la medida de quién tiene oportunidad real y quién juega a la retórica.

La pregunta no es quién representa mejor una causa.
La pregunta es quién puede ganar.

El voto anti-Cepeda existe, pero no es automático ni se transfiere por decreto moral. El electorado castiga candidaturas testimoniales que parecen imposibles. En segunda vuelta, el votante busca certidumbre, no experimentos.

Hoy, guste o no, solo una candidatura aparece competitiva en el escenario decisivo. Eso no es un eslogan. Es una conclusión matemática.

Fragmentarse ahora no es pluralismo. Es suicidio electoral con discurso impecable. La historia política está llena de oposiciones que prefirieron conservar pureza antes que construir mayoría. El resultado fue previsible: entregaron el poder y luego escribieron columnas explicando por qué tenían razón.

Colombia no necesita otra derrota explicada con elegancia. Necesita claridad estratégica.

La disyuntiva es incomoda, pero honesta:

O se concentra el voto competitivo.

O se facilita la continuidad de Cepeda.

No hay tercera opción cuando el margen es un punto.
Y para quienes sueñan con terceras vías: la historia ya les explicó cómo termina la fantasía.

En política, un punto no se analiza: se decide.

 

Alberto Sierra

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