La política necesita dirigentes con autoestima, pero también con humildad, preparación y capacidad para reconocer que nadie es dueño de la verdad.
Hay algo que debería preocuparnos cada vez que se acercan las contiendas electorales: la facilidad con la que algunas personas confunden sus aspiraciones personales con las necesidades de la comunidad.
Aparecen nuevos candidatos, surgen discursos cargados de optimismo, abundan las fotografías con personajes reconocidos y se multiplican las publicaciones en las redes sociales. Algunos parecen convencidos de que su llegada a la política constituye una especie de acontecimiento histórico y que la sociedad estaba esperando su aparición para encontrar solución a todos sus problemas. Pero conviene hacer una pregunta: ¿qué diferencia a una persona que quiere ser importante de una persona que realmente quiere hacer algo importante por los demás? La diferencia es enorme.
La política necesita personas con autoestima, seguridad en sus capacidades y ambición de transformar la sociedad. Nadie debería aspirar a gobernar sin creer que puede contribuir a mejorar las condiciones de vida de sus conciudadanos. Sin embargo, una cosa es confiar en las propias capacidades y otra muy diferente es considerarse superior a los demás. Cuando el ego comienza a ocupar el lugar de la preparación, cuando la necesidad de reconocimiento desplaza la vocación de servicio y cuando las críticas se interpretan como ataques personales, estamos frente a una situación que merece reflexión.
EL PROTAGONISMO NO ES LIDERAZGO
Uno de los fenómenos que más deteriora la calidad de la política es la confusión entre visibilidad y reconocimiento ciudadano. Hay quienes consideran que aparecer permanentemente en fotografías, acompañar a personajes conocidos, publicar mensajes en las redes sociales o conseguir algunos momentos de popularidad constituye una demostración de liderazgo.
Pero gobernar un municipio o un departamento exige mucho más que saber moverse en los escenarios públicos. Exige conocimiento de la administración, capacidad para manejar recursos, comprensión de los problemas sociales, formación de equipos de trabajo y, sobre todo, disposición para escuchar. Un buen gobernante no necesita ser el protagonista de todas las fotografías ni el dueño de todas las conversaciones. Necesita resultados que puedan ser reconocidos por la comunidad.
PERDER TAMBIÉN DEBERÍA ENSEÑAR
Otro aspecto que merece especial atención es la incapacidad de algunos aspirantes para reconocer sus propios errores. Participar en una contienda electoral y no obtener los resultados esperados no constituye ninguna deshonra. La democracia permite competir, aprender, corregir y volver a intentarlo.
Lo preocupante es cuando alguien nunca encuentra errores en sus propias actuaciones y atribuye todos sus resultados adversos a conspiraciones, enemigos políticos, falta de reconocimiento o supuestas injusticias. La autocrítica es una condición indispensable del liderazgo. Quien no es capaz de revisar sus propios errores difícilmente tendrá la capacidad de corregir los errores de una administración pública.
LOS MUNICIPIOS NO NECESITAN SALVADORES
Esta es, quizás, la reflexión más importante. Nuestros municipios no necesitan personajes que lleguen convencidos de ser los únicos capaces de resolver sus problemas. Necesitan dirigentes que comprendan que el desarrollo territorial es una construcción colectiva.
Andes, por ejemplo, tiene enormes desafíos en materia de finanzas públicas, seguridad, salud y educación. Resolverlos exige conocimiento, planeación, responsabilidad fiscal, capacidad administrativa y participación ciudadana. Ninguna de estas responsabilidades se resuelve con discursos, fotografías o promesas de campaña. Tampoco se resuelven desde la soberbia de quien cree tener todas las respuestas. Se resuelven escuchando a los ciudadanos, convocando a los sectores productivos, trabajando con equipos preparados y permitiendo que la comunidad ejerza vigilancia sobre las decisiones públicas. Un alcalde no tiene que ser un genio. Tiene que saber rodearse de personas capaces, tomar decisiones responsables y responder por sus resultados.
LA GRAN DIFERENCIA ENTRE QUERER EL PODER Y QUERER SERVIR
La aspiración política es legítima. Lo que debemos examinar es qué hay detrás de ella. ¿Se busca una posición de reconocimiento personal o existe una verdadera voluntad de servicio? ¿Se pretende ocupar un cargo para demostrar importancia o para asumir responsabilidades? ¿Se quiere gobernar para que la comunidad admire al gobernante o para que los ciudadanos tengan mejores oportunidades y calidad de vida?
Son preguntas que deberían hacerse quienes aspiran a ocupar cargos públicos, pero también quienes tenemos la responsabilidad de elegirlos. La democracia no debe convertirse en un concurso de popularidad, ni la administración pública en un escenario para satisfacer vanidades personales. Los ciudadanos necesitamos aprender a distinguir entre quien habla de sí mismo y quien habla de las necesidades del territorio; entre quien busca aplausos y quien presenta soluciones; entre quien quiere ser reconocido y quien está dispuesto a rendir cuentas.
UNA REFLEXIÓN PARA LOS FUTUROS GOBERNANTES Y PARA LOS ELECTORES
No está mal aspirar a gobernar. No está mal tener confianza en las propias capacidades. Tampoco está mal buscar reconocimiento por el trabajo realizado. Lo verdaderamente cuestionable es perder de vista que los cargos públicos no son premios personales, sino responsabilidades que la sociedad entrega temporalmente a quienes considera capaces de ejercerlas. Por eso, a quienes comienzan a recorrer los caminos de la política les convendría recordar que la humildad no disminuye el liderazgo, la autocrítica no debilita la autoridad y escuchar a los demás no significa carecer de criterio.
Y a los ciudadanos nos corresponde una tarea todavía más importante: dejar de elegir por apariencias, simpatías, fotografías o discursos y comenzar a exigir preparación, propuestas, transparencia y resultados. Porque un municipio no necesita gobernantes enamorados de su propia imagen. Necesita gobernantes comprometidos con el futuro de su gente. El verdadero liderazgo no consiste en conseguir que los demás nos admiren, sino en trabajar para que las comunidades tengan razones para vivir mejor.
















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