Se conmemoran 100 años de El castillo de Franz Kafka, publicada un día de octubre de 1926 por la Editorial Kurt Wolff Verlag, es la última novela inconclusa de Kafka, la que traza los caminos –en perspectiva de agrimensura existencial–, tanto en atmósfera como en estructura narrativa, del punto culmen; ¡alto, muy alto, altísimo!, de su demoledora angustia literaria. Obra de creación endemoniada que encarna el sentido deslumbrante de lo kafkiano. Retrato en la nieve del viaje del agrimensor K. hacia un castillo antropomorfizado custodiado por un águila que observa desde las alturas mientras impone su propia –y desconocida; y silenciosa; y eterna– ley divina. También es en El castillo donde se incuba la mayor traición de Max Brod a la última voluntad de aquel hombre que fue literatura.
Para 1921 a Kafka le asistía una certeza absoluta: su muerte inminente. La tuberculosis pulmonar que le fue diagnosticada en 1917 lo venía consumiendo con voracidad, al punto, que, para mediados de 1922, el Instituto de Seguros de Accidentes de los Trabajadores del Reino de Bohemia en el cual trabajó por cerca de 14 años le otorgó una pensión, contaba con solo 38 años. Esa certeza no restringió el alcance de sus facultades artísticas; inclusive, fue el detonante de su última etapa creadora, en la que escribió en un lapso de pocos meses El castillo, Un artista del hambre, Investigaciones de un perro y Josefina la cantora o el pueblo de los ratones. Además, de una disposición testamentaria:
“Queridísimo Max, mi último ruego: todo lo que dejo atrás… en forma de cuadernos, manuscritos, cartas, borradores, etcétera, deberá incinerarse sin leerse y hasta la última página”.
Pero Max Brod, ni corto ni perezoso, desobedeció esa última voluntad e inició la que tal vez sea la labor de difusión editorial más importante del siglo XX, ya que, sorteando la incomprensión de múltiples editores, las consecuencias sociales de una hiperinflación que propinó el primer clavo en el ataúd de la República de Weimar, el creciente antisemitismo de entreguerras y las pésimas ventas de las primeras ediciones, no desfalleció en su autoimpuesta misión de presentarle al mundo una obra que adquirió su auténtico relieve concluida la Segunda Guerra Mundial. Y así Kafka no hubiera sido un autor marginal en vida, puesto que publicó siete pequeños libros, su condición de interprete universal de la angustia del hombre en la modernidad es obra y gracia, absoluta, de la consagrada misión de Brod.
Y sí, respondiendo a la pregunta, Brod traicionó a Kafka, de eso no cabe la menor duda, no solo no cumplió con su última disposición testamentaria, sino que, además, no vio problema en editar, corregir e interpretar toda su obra póstuma mientras la anclaba a su propio sistema de valores. Brod se empeñó en convertirlo en un maestro espiritual y buscador de la verdad, priorizando, con un afán estrictamente personal y propagandístico, su perspectiva religiosa, moral y mística. Y sí, hay mucho de eso en Kafka, pero en su inagotable laberinto, bestias conscientes, seres deformes y ventanas que se abren, hay mucho, muchísimo más, no se trata solo de una silueta fotogénica que se mueve al vaivén de los sesgos ideológicos de Brod.
Aunque yo no fijaría la traición de Brod en la edición, corrección e interpretación de la obra póstuma, no, me resultaría patético pensar eso, dado que en esa bendecida y necesaria traición se cimentó un pilar de la literatura; además, Brod conservó los manuscritos, los salvó de la hoguera fascista del nacionalsocialismo –en la que perecieron las tres hermanas de Kafka y su sentida Milena Jesenská – y al final de su vida los entregó para su conservación –a excepción del manuscrito de El proceso–, por eso, desde mediados de los años ochenta contamos con ediciones críticas desprendidas de las huellas –aparentes– de Brod.
Son las obras tal como Kafka las concibió cuando la tuberculosis laríngea lo condenó al silencio postrero, sin corregir, con su particular sistema de puntuación y reiteraciones asfixiantes, son los manuscritos que no quiso quemar con el peso de su propia mano o guiando la salvadora mano de Dora Diamant, legándole la improbable pirotecnia destructiva a un amigo que en vida lo exaltaba como el mayor de los genios.
La que mí juico fue la mayor traición de Brod al hombre que fue literatura se encuentra en la mutilación, deliberada, consciente y vergonzosa, del manuscrito de El castillo. Algo de lo que recién nos enteramos a finales de 2024 cuando la Biblioteca Nacional de Israel, en la exposición “Kafka: Metamorfosis de un autor”, presentó una página inédita encontrada entre los archivos personales de Max Brod, página arrancada por el mismo Brod, ¿con qué intención? Nunca será claro; tal vez, la descripción que Kafka plantea en esa página perteneciente al capítulo donde K. visita al alcalde del poblado adyacente a el castillo le resultó inconveniente; tal vez, vio una amenaza en esa página y, sin fórmula de juicio, la arrancó del manuscrito condenándola al exilio.
No la quemó, pero si la exilió, tal como lo hizo Kafka con el agrimensor K. en su enfrenamiento con el águila del castillo.
La amistad entre Kafka y Max Brod ocupa un lugar central en la historia de las amistades literarias; se trató de una amistad íntima, contemplativa, deslumbrante, fascinante, que los unió en vida y los inmortalizó en la posteridad, no excepta –como todas las amistades verdaderas que se precien– de admiración desbordada y cierta dosis de traición. Para nuestra fortuna: ¡Bendita, bendita traición!
















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