Como me acostumbré a dormir con el televisor a bajo volumen, tolerando los destellos siempre que las películas no tuvieran disparos —que son pocas—, me apresuré a llevarlo a reparar. Elegí uno de esos talleres artesanales de mi barrio pueblerino, donde todavía se arreglan las cosas y los clientes llegan con el aparato debajo del brazo, como quien lleva un animal enfermo a que le miren las tripas.
El taller al que fui con mi televisor somnífero era un local de esos en los que suele haber un desorden que solo podría interpretar un astrólogo medieval. Un mundo aparte de chécheres apeñuscados, sin apenas espacio para caminar. No olía feo, pero se disputaban el aire el sudor avejentado, la soldadura quemada, el alcohol aguardientoso y el plástico tibio. Había otros olores más sutiles que terminaban por confundirse en una mezcla indistinguible. Se me ocurrió que ese olor era parte del oficio y de las cosas que todavía no se daban por vencidas.
Un viejísimo radio susurraba tangos, boleros, salsas viejas y valses criollos. En una mesa descansaba una cafetera resanada con estaño, sostenida por unos refuerzos de cartón porque ya no se mantenía en pie por sí sola. Cerca había una botella de aguardiente vacía, de las que quedan de la noche, unos vasos de plástico y un trapo deslavado que debía de haber servido para limpiar cientos de aparatos y ya no parecía capaz de limpiar nada.
El técnico que recibió el televisor estaba acompañado por otros tres señores, todos maduros, posiblemente jubilados o desocupados, que parecían estar allí solo para conversar. Uno hablaba y los otros escuchaban, hasta que alguno se acordaba de algo o encontraba una razón para llevarle la contraria. Conversaban como si estuvieran disfrutando del ocio, dejando que la vida se disipara, emborrachando las preocupaciones y espantando tristezas.
Cuando vieron mi televisor, uno de ellos dijo —tal vez para hacerme sentir bienvenido o para seguir calentando la conversación con una nueva llama— que los aparatos de ahora no duraban nada. Las bombillas, los paraguas, las ollas a presión, las neveras, los carros: todo era flor de un día.
—Eso es porque ya no los hacen como antes —dijo otro.
—Antes tampoco los hacían para que duraran toda la vida —dijo un tercero—. Si fuera así, todavía tendríamos en la casa las cosas de los abuelos.
Alguien contó que había tenido un televisor en el que pasaron la batalla de Waterloo. Otro dijo que el suyo venía de la época de la batalla de Boyacá. Un cuarto, que no quería quedarse atrás, aseguró que en su casa había uno funcionando desde el diluvio universal.
—Ese sí salió bueno —dijo alguien. Hubo risas.
Otro aseguró que Platón y Aristóteles ya habían inventado la televisión. No supe si hablaba en serio, pero los demás tampoco se preocuparon por averiguarlo. Uno empezó a contar una historia que tenía algo que ver con Hitler y Alejandro Magno, aunque no alcancé a entender si los había puesto a pelear en la misma guerra, si los habían entrevistado en algún noticiero de la noche o si estaba hablando de otra cosa.
La conversación siguió por ahí, entre quien defendía los aparatos viejos y quien insistía en que los nuevos tenían más funciones, aunque no duraran ni la mitad. Me pareció que el taller era una especie de bodega sin algoritmo.
Mientras los demás se disputaban la palabra, el técnico seguía examinando mi aparato. Me hizo algunas preguntas, anotó mis datos en un papel de tienda y me pidió un teléfono de contacto. No había formularios, cláusulas ni letra menuda. Apenas un recibo que dejaba constancia de que yo había entregado un televisor y alguien se comprometía a devolvérmelo, si es que tenía arreglo.
Uno de los hombres volvió sobre el asunto de la duración de las cosas. Dijo que los fabricantes ya no tenían interés en hacer aparatos duraderos, porque entonces la gente compraba una sola vez y no volvía a comprar. Otro contestó que eso no era nuevo, que desde siempre había quien hacía las cosas para venderlas y quien las hacía para que sirvieran. Alguien mencionó una nevera que todavía funcionaba en casa de un pariente, aunque el hielo ya no la dejaba cerrar. Otro preguntó de qué marca era. El primero no se acordaba, pero estaba seguro de que era de las buenas, de las de antes.
—Ahora todo es desechable —dijo uno.
—Todo no —le contestó otro—. Mire esa cafetera.
Señaló la cafetera remendada de la mesa. La miramos todos. No parecía que fuera a sobrevivir mucho más, pero allí seguía, sostenida por sus refuerzos, haciendo lo que podía. Tal vez no un buen café, pero café, al fin y al cabo.
—Esa lleva años negociando con la vejez —espetó uno—, como nosotros —siguió—, que venimos aquí para espantar la muerte y para no ir a las terapias de la tercera edad en el salón comunal. Ya no hacen viejos como nosotros.
—Y este televisor apenas está empezando y ya achacoso —dije yo, tratando de hacerme célebre entre los panelistas.
El técnico levantó la cabeza, dijo algo que no recuerdo y volvió a concentrarse en el aparato. La radio cambió de canción. Alguien preguntó si quedaba café. Otro buscó la botella vacía de aguardiente, como haciendo una sutil sugerencia. Y la conversación, sin concluir nada, siguió su camino.
Yo recogí mi copia del recibo y me despedí. No sabía si el televisor tendría arreglo, pero me fui con la impresión de que aquellos hombres podían pasarse la vida entera en el taller, hablando de todo lo que se les ocurriera, sin agotar nunca los temas ni las ganas de discutir. Volverían al día siguiente, al siguiente y al otro, mientras pudieran levantarse de la cama y encontrar una silla donde sentarse. El taller seguiría oliendo a sudor acumulado, a soldadura y a caucho caliente, todo revuelto. La cafetera continuaría sostenida por sus refuerzos, y la radio pondría los mismos tangos, los mismos boleros y los mismos valses criollos.
Veré si me arreglan el televisor, solo para poder dormir. Solo por eso; al final, un televisor solo sirve para eso. Al menos a mí.
















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