«Hoy no queda nada que “conservar”: la filosofía política establecida, la ortodoxia intelectual y el statu quo son colectivismo».
— Ayn Rand, «Conservadurismo: un obituario» (1960). Traducción propia del original inglés.
Acerca de Abelardo de la Espriella se ha escrito de todo… y, probablemente, aún falta por escribir. Pero a decir verdad, lo preocupante, delicado y alarmante del asunto no es su afición a la grandilocuencia ni ese afán desmedido de representar a un estadista providencial; lo inquietante es la facilidad con la cual algunos mal llamados “defensores de la libertad” han optado por aplaudirle sin chistar aquello que en el pasado condenaban en sus(nuestros) adversarios políticos. El actual inquilino de la Casa de Nariño parece estar muy convencido de que Colombia requiere urgentemente una contrarrevolución en materia social; no en vano, recién se montó al bus de la “batasha cultural” que muchos intelectualoides de medio pelo propugnan. Por supuesto, para emprenderla, ha encontrado un enemigo de nombre rimbombante, origen extranjero y significado convenientemente elástico: el wokismo.

Entretanto, Colombia agoniza…
La extorsión, la corrupción, la informalidad, las precariedades en el sistema de salud y la expansión de organizaciones armadas y delincuenciales son algunos de los problemas que Colombia arrastra, cuya gravedad no disminuye por cambiar de mandatario. ¡Esas sí son urgencias nacionales! Pasa que este advenedizo con ínfulas de aristócrata, nuestro flamante «Don Bótox», se ha empeñado en interpretar, de manera grotesca y de muy mal gusto, a una versión criolla de Donald Trump, y todavía se da el lujo de declarar una, pomposamente bautizada, «batalla cultural» desde el poder. ¡No pues qué chimba de prioridades! En lugar de limitar la capacidad del Estado para inmiscuirse en la vida de los ciudadanos, ahora pretende utilizar sus instituciones para decidir qué manifestaciones de nuestra historia y nuestra diversidad tienen derecho a ser visibilizadas.
La escena del Museo Nacional resulta particularmente reveladora. La controversia por el retiro de piezas y testimonios históricos, incluidos materiales relacionados con la memoria política y las minorías sexuales, plantea una cuestión que trasciende la simpatía o el rechazo hacia sus protagonistas: ¿De cuándo a acá al gobernante de turno le compete seleccionar qué episodios de nuestro pasado han de llegar al conocimiento de los ciudadanos? El hampón de Carlos Pizarro no se transforma en héroe por ocupar una vitrina, ni sus responsabilidades históricas desaparecen por retirar sus objetos de ella; preservar testimonios no equivale a absolver a quienes participaron en ellos.
Por el momento, las piezas retiradas del Museo Nacional permanecen fuera de exhibición, aunque una orden judicial exigió preservarlas. Para rematar, «Don Bótox» acaba de nombrar ministro del Interior a Alejandro Ordóñez: el ultraconservador colombiano de vocación inquisitorial por excelencia; el mismo lefebvriano que, de tener la oportunidad, nos devolvería a los tiempos en los que el Santo Oficio establecía qué podía hacer o en qué podía creer la gente. ¡Vaya forma de defender la libertad! Sacando nuestra historia de las vitrinas y abriéndole las puertas del Gobierno a sus censuradores. ¡Excelso!
Todo régimen necesita un chivo expiatorio
Durante décadas, buena parte de la izquierda latinoamericana se ha valido del «neoliberalismo» como explicación casi universal de nuestros males. Inflación, desigualdad, desempleo, pobreza: basta pronunciar esa palabra para dar por resuelto un debate que rara vez se ha dado con rigor. El concepto posee una trayectoria intelectual tangible, no lo voy a negar; sin embargo, su uso indiscriminado ha terminado por vaciarlo de precisión. Algo semejante ocurre con el «fascismo», convertido demasiadas veces en un insulto intercambiable, ajeno a las características históricas que ya abordé en Velada con los fascistas.
Hoy día, la nueva derecha ha hecho del «wokismo» su propio espantajo. Reconozco la existencia de corrientes identitarias y de excesos asociados a ciertas agendas culturales, con considerable notoriedad en Europa y los Estados Unidos. Obvio. Lo que cuestiono es que una etiqueta tan ambigua sirva para declarar sospechosa toda postura que incomode a quienes dicen ser “guardianes de la tradición”. La izquierda progresista descubre «neoliberales» detrás de cada fracaso; la derecha conservadora ve «wokes» detrás de cada expresión disidente. Cambian los vocablos; persiste la tentación de sustituir argumentos por enemigos.
Y aquí viene una herejía para esos autoproclamados custodios de la moral y las buenas costumbres: si ser woke implica despertar ante la opresión, los liberales ya éramos woke siglos atrás, sin que el progresismo hubiera siquiera adoptado esa etiqueta. El liberalismo se concibió en aras de desafiar los privilegios, el dogmatismo y la arbitrariedad, no para mudar a otra ortodoxia. ¡Los verdaderos woke somos los que defendemos al individuo frente a cualquier amo, provenga de la izquierda o de la derecha!
Los enemigos íntimos del liberalismo
La peor equivocación en la que ha caído el liberalismo, a lo largo de su historia, ha sido unirse al conservadurismo. ¡La peor! Porque esta corriente, encaprichada con mantener su molde de lo “correcto”, especialmente en materia social, ha recurrido a toda clase de artimañas para esconder, perseguir o anular aquello que se aparta de sus cánones.
No permitamos que los conservadores vuelvan a instrumentalizar nuestra defensa de la libertad económica para meter por debajo del tapete su arcaica y desviada visión de la moral, los principios, los valores y las buenas costumbres. ¡No son sus propietarios! Ni hoy, ni mañana ni nunca. ¡Partida de solapados todos!
Recordemos: los adversarios naturales e históricos de nosotros los liberales han sido siempre los conservadores, ¡siempre! El hecho de que el progresismo haya surgido después como otro frente con el cual iniciar una justa no significa que la justa con el conservadurismo haya concluido. Es más, que el progresismo haya irrumpido en la escena filosófica, económica, política y cultural es, en parte, responsabilidad del conservadurismo por sus retrógradas y desproporcionadas ideas de lo que resulta bueno y sano para el hombre.
No son más nuestros aliados. Tampoco más nuestros enemigos íntimos. Son enemigos, punto… y de antaño, además.
Ni banderas de unos ni vergüenza de otros
Mi población, la población LGBTIQ+, lleva décadas padeciendo los delirios de quienes se disputan el derecho a dirigir nuestras vidas. Para buena parte del progresismo, somos una bandera electoral que pueden ondear a conveniencia; para el conservadurismo más rancio, una vergüenza que habría que ocultar en nombre de “la moral y las buenas costumbres”. ¡Qué descaro! Los primeros se arrogan nuestra representación, mientras los segundos aspiran a dictarnos cómo debemos vivir; ninguno tiene derecho a adueñarse de nuestra libertad, por más que se proclame defensor de una causa noble o custodio de una tradición sagrada.
Soy gay, libertario y objetivista. ¡Y a mucho honor! No le debo a la izquierda mi derecho a ser quien soy, ni tengo por qué pedirle permiso a la derecha para vivir mi sexualidad a flor de piel. Mi orientación no me convierte en militante del colectivismo progresista, así como mi defensa del libre mercado tampoco me obliga a tragar entero el puritanismo conservador. ¡A ver si les entra en la cabeza! Los individuos no somos propiedad de sus bandos políticos ni tenemos por qué someternos a sus dictados ideológicos. Y a esos dizque liberales que ahora aplauden que De la Espriella y compañía decidan a quién visibilizar y a quién esconder, les dejo una pregunta: ¿qué carajos entienden ustedes por libertad?
Abelardo y sus prioridades
¡Colombia tiene problemas educativos de sobra! Y las pruebas PISA llevan años dejando en evidencia las graves falencias de nuestros estudiantes. No obstante, para «Don Bótox», librar su dichosa “batasha cultural” tiene mayor relevancia que atender la calidad de la enseñanza. Parece que cambiar de enemigos ideológicos mejorará automáticamente el desempeño de nuestros niños y jóvenes en matemáticas, ciencias y comprensión lectora. ¡Hágame el HP favor! Y ojo: no se trata de seguir arrojándole dinero al sistema educativo en ejercicio sin preguntarnos qué se está enseñando, quién lo determina y con qué resultados. Ayn Rand ya había advertido sobre los peligros de entregar la educación al Estado: quien tiene el poder de financiarla, administrarla y fijar sus contenidos puede terminar utilizando las aulas para fabricar ciudadanos obedientes a sus propias convicciones.
Con la cultura, ¡la misma vaina! Si nos indignaba que el petrismo manipulara las instituciones públicas para vendernos su versión de la historia, ¿con qué estatura moral vamos a festejar que Abelardo haga exactamente lo mismo, pero al revés? A mí me importa un bledo que el personaje exhibido en un museo sea de izquierda, de derecha o de cualquier otra filiación. La historia de Colombia no es patrimonio ideológico del presidente de turno, ni las vitrinas del Museo Nacional son una extensión de su despacho. ¡Que se dedique a gobernar y deje de jugar a ser Torquemada!
Cambian los amos, las cadenas permanecen
Ayn Rand llamó «saqueadores» a quienes anhelaban vivir de la capacidad productiva ajena mediante la coacción. La respetabilidad de un cargo, la elegancia en su traje o la solemnidad del discurso no transforman de inmediato en virtud lo que sería reprochable en otro individuo. El poder político no constituye una licencia moral para disponer de la propiedad, las decisiones o la conciencia de los demás.
Por eso, la disyuntiva jamás ha sido encontrar al gobernante que imponga nuestros valores favoritos, sino impedir que alguien pueda imponerlos. Quien hoy celebra la censura de sus adversarios prepara, quizá sin advertirlo, los mecanismos de los que mañana se valdrán para silenciarlo. Quien confunde una victoria electoral con la adquisición de derechos sobre la conciencia de su congénere no está defendiendo la libertad: está reclamando para sí la autoridad que antes condenaba en otros.
Cambian los amos, las cadenas permanecen. Y la labor de los que sí somos woke consiste en romperlas.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.
















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