Medellín se vende en dólares, pero sus ciudadanos cobran en pesos

En los últimos años, Medellín ha consolidado una imagen como destino predilecto para el turismo internacional y los nómadas digitales. Sin embargo, detrás de la oferta gastronómica y el dinamismo comercial y económico, la ciudad enfrenta una silenciosa pero profunda transformación urbana: la proliferación sin control de las rentas cortas a través de plataformas digitales como Airbnb y Booking. Ante esa realidad, la pregunta estructural ya no es cuánto dinero ingresa a la economía local, sino a costa de qué y de quiénes.

La discusión suele centrarse en la derrama económica. Según registro de cifras, tan solo en la plataforma Airbnb, los anfitriones en la ciudad perciben ingresos anuales cercanos a los $435.000 millones COP, con tarifas promedio por noche que oscilan entre los $200.000 y $650.000 COP. No obstante, como señalan diversos economistas, estamos ante una evidente falla de mercado: mientras el beneficio financiero se privatiza en manos de inversionistas, propietarios de capital y plataformas multinacionales, los costos sociales —como la inflación y la carestía del suelo— se socializan entre todos los habitantes de la ciudad.

El impacto más crítico de esta problemática recae sobre el derecho a la vivienda y la estabilidad de los hogares. Con más de 34.000 propiedades destinadas al hospedaje turístico —concentradas en más de un 70% en comunas como El Poblado, Laureles y La Candelaria—, la oferta de arrendamiento tradicional de largo plazo se ha contraído drásticamente. Expertos de la Lonja de Propiedad Raíz de Medellín advierten sobre este desplazamiento paulatino de la oferta habitacional, el cual ha provocado incrementos desproporcionados de entre el 40% y el 60% en los cánones de arrendamiento. Ante retornos de inversión que oscilan entre el 8% y el 12% anual para renta corta —frente al 4% o 6% de la renta tradicional—, de esta manera el mercado ha dado la espalda al ciudadano local para priorizar al visitante en divisas.

Esta tensión entre rentabilidad económica frente a los costos sociales, ahonda la brecha de desigualdad urbana. Desde la Universidad Nacional de Colombia, quienes han estado estudiando el tema, se advierte que la concentración masiva de flujos turísticos intensifica la segregación socioespacial, impulsando procesos de gentrificación y desplazando a las familias trabajadoras hacia la periferia o hacia otros municipios del Valle de Aburrá, todo esto en una ciudad que ya arrastra un déficit cuantitativo cercano a las 38.000 viviendas.

A la crisis de acceso a la vivienda se suma el deterioro acelerado de la convivencia en la Propiedad Horizontal (PH). Convertir edificios residenciales en “hoteles informales” ha disparado los conflictos vecinales por ruido, fiestas continuas, rotación incesante de desconocidos y vulneración de la seguridad. Muestra de ello es que más del 60% de los conjuntos residenciales en zonas turísticas han tenido que modificar y endurecer sus reglamentos internos para restringir estas modalidades. Asimismo, desde la Secretaría de Gobierno y Control Territorial se reconoce la urgencia de fortalecer la inspección frente a la falta de Registro Nacional de Turismo (RNT) y los riesgos asociados a fenómenos delictivos como la Explotación Sexual Comercial de Niños, Niñas y Adolescentes (ESCNNA).

La paradoja de esta turistificación desmedida es que amenaza con destruir la misma identidad cultural y comunitaria que hizo atractiva a Medellín en primer lugar. La experiencia internacional en ciudades como Barcelona, Nueva York o Ciudad de México ha demostrado que el mercado no se autorregula por sí solo.

Medellín requiere una intervención pública decidida y articulada a través de la actualización del Plan de Ordenamiento Territorial (POT). Es imperativo y necesario fijar topes de zonificación por comunas, exigir el cumplimiento estricto de licencias urbanísticas y garantizar que la función social de la propiedad prevalezca sobre la especulación financiera. La vivienda debe volver a ser un refugio de vida para las familias y no un mero activo transaccional.

Julio González Pico

Politólogo Unal; Me gusta escribir sobre temas de Ciudad. 

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