El rey necio

“Quizás, y solo quizás, el problema de nuestras sociedades no radique solo en los reyes, sino también en quienes los respaldan, los justifican y los mantienen en el poder”.

Hace poco, mientras escarbaba en la biblioteca familiar, me reencontré con un pequeño libro que había leído varios años atrás: “El Loco” de Kalil Gibran. Este pequeño texto es interesante, está escrito con parábolas y es poderoso no solo por su prosa sino también porque está cargado de sabiduría y enseñanzas.

Una de ellas resonó en mí y la quiero reinterpretar considerando nuestro contexto social y político actual. Para mi reinterpretación, acudo a una célebre frase que es patrimonio inmaterial colombiano, dado que reescribiré el texto del mismo modo en el sentido contrario. En su versión original, la parábola se titula “El rey sabio”. Para este caso, les presento “El rey necio”, que dice así:

En una de las cercanas ciudades de la tierra de Colon había un rey débil y necio. Se le temía por su sabiduría y se le quería por su poder. En el corazón de aquella ciudad antigua y cercana había un pozo de agua cristalina del cual bebía toda la ciudad, desde el rey hasta el buey, por cuanto no se disponía de otro en aquellos lugares.

Una noche, mientras dormía la gente, una mujer hechicera vertió en el pozo siete gotas de un elíxir extraño y dijo:

—Toda persona que desde este instante beba agua de este pozo se vuelva cuerda.

Y en la mañana siguiente bebieron del pozo todos los habitantes de la ciudad, y se cumplió el ensalmo del hechicero, volviéndose todos sensatos.

Pero el rey y sus ministros no bebieron aquel día de aquella agua. Cuando lo supo la ciudad, comenzaron las manifestaciones en todos los barrios, gritando la muchedumbre en las calles:

—Nuestro rey y sus visires perdieron el juicio y se volvieron locos. No admitimos que nos gobierne un rey loco. Derroquémosle.

En aquella tarde supo el rey lo ocurrido e inmediatamente ordenó que se le llevase un cántaro de oro, que heredó de su predecesor, llenó aquella agua; y dio a beber a sus ministros, apurando él el resto.

Y supo la ciudad la gran noticia. Y muchos se alegraron porque al rey y sus visires les había vuelto el juicio.

Obviamente, el sentido de la parábola está invertido. Sin embargo, me queda una inquietud esperanzadora: que las gotas del hechicero realmente existan. Que aparezca algún elíxir capaz de devolvernos la cordura colectiva, para que tanto el rey como los súbditos abandonen la necedad.

Quizás, y solo quizás, el problema de nuestras sociedades no radique solo en los reyes, sino también en quienes los respaldan, los justifican y los mantienen en el poder.

Andres Suarez

Columnista aficionado

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