¿Para quién es la ciudad?

“¿¡cómo qué más espacio del que necesitan!? ¡Si todavía tenemos trancones de horas!”. Nadie dice que no, pero más carriles no es la solución.


El pasado domingo, en la ciudad de Chía, un accidente de tránsito dejó un ciclista muerto. Las desgarradoras imágenes, que se viralizó en pocas horas como todo lo morboso y amarillista en Colombia, muestran la bicicleta junto al andén en un puente y al conductor de un camión que, teniendo todo el espacio que necesitaba para cruzar sin inconveniente, acerca el camión al ciclista, arrollándolo y causando que salga despedido del puente.

El inútil debate que formó en redes, sobre si la culpa era o no del ciclista; si iba por el carril adecuado; si el conductor había acercado voluntariamente el camión… Nada de esto tiene relevancia para mí. Comienzo narrando este suceso no para continuar la línea amarillista que rechazo, sino para hacer énfasis en ciertos detalles que enfocan la atención de usted, querido lector, en el asunto que concierne esta columna, la pregunta ¿para quién están hechas nuestras ciudades?

La respuesta inmediata sería ‘Para la gente ¿para quién más?’ pero ¿es realmente así? En Colombia y en todo el mundo, a excepción de un puñado de ciudades, los espacios urbanos están constantemente siendo modificados en pro de las máquinas. Un estándar de progreso y desarrollo es el concreto: a mayor cantidad de calles y carriles, mejor. El problema con esto es que, primero, no todas las personas pueden acceder a estos espacios y segundo, no todos quien acceden a él lo hace de la misma manera. Entonces la calle no es progreso para todos, sino para unos; para unos pocos, si somos precisos.

Volvamos al vídeo. En las imágenes vemos que en el lugar del accidente no hay un espacio dedicado para bicicletas, por lo que el ciclista estaba ‘invadiendo’ el espacio de los carros: ¿qué más puede hacer, si dejar de moverse no es una opción? Esto señala que tenemos un culpable tácito en el accidente, alguien que no se ve en la grabación pero que también tiene responsabilidad: el Estado. Diseñar espacios públicos excluyentes (calles sin aceras suficientemente amplias o ciclorrutas) expone directamente a quienes no se movilizan en automóvil, que son la vasta mayoría de los colombianos.

De forma que una respuesta más precisa para nuestra pregunta es: para los carros. Medellín, Bogotá, Cali, Bucaramanga… las grandes ciudades de Colombia (en general, las ciudades del mundo) están pensadas para que los automóviles tengan mucho más espacio del que realmente necesitan. Ustedes dirán: “¿¡cómo qué más espacio del que necesitan!? ¡Si todavía tenemos trancones de horas!”. Nadie dice que no, pero más carriles no es la solución.

Como explica un curioso vídeo de ABCTV (que pueden ver en https://twitter.com/i/status/1305237501037043712) la Paradoja de Jevons explica que crear más carriles a largo plazo sólo va a promover la demanda de esos carriles al incrementar el parque automotor. Así, tras tres o cuatros años de una intervención urbana de ese estilo, las cosas estarán incluso peor que antes.

 

Por otro lado, está comprobado que en lo que respecta a espacios urbanos, las aceras y carriles destinados a bicicletas/patinetas/patines es lo más democrático que se puede llegar a ser. El acceso a estos espacios no sólo reduce el tiempo de recorrido dentro de la ciudad, sino que transforma de por sí el hábitat urbano, quitándoselo a las máquinas y devolviéndoselo a la gente. En ese sentido, algunas ciudades, especialmente en países Nórdicos ─y ojo aquí a quienes dicen que “el clima de Colombia no da para moverse en bicicleta”─ y otros (Canadá, Austria, Alemania…) han empezado a intervenir los espacios más concurridos de las ciudades haciendo exactamente lo opuesto a lo que haríamos en Colombia: peatonalizar al 100% las calles.

Para no extenderme más: ¿cuál fue la sorpresa que encontraron políticos y ciudadanos luego de estas intervenciones? Que la calidad de vida había mejorado sustancialmente y no por 2 años, sino para siempre. El uso de medios de transporte sostenibles, facilitado por espacios destinados para ellos, no sólo hace que más cortos los trayectos sino que trae una amplia variedad de beneficios para la salud tanto del biciusuario, como de quienes dejan de respirar el humo de las máquinas.

La moraleja es que aquella persona no tuvo que haber muerto, ni tuvo que haberse encontrado un camión en su recorrido. El acceso a espacios seguros, a movilidad que no nos mate (ni en accidentes ni con humo) es un derecho de todos. De forma que contestemos ¿para quién queremos que se sean nuestras ciudades?

Ricardo Pérez Restrepo

Estudiante de Ciencias Políticas. Tengo en el corazón la esperanza de vivir en una Colombia pacífica y sostenible, donde quepamos todos y nadie sobre. Escribo para liberarme y suelo pensar de más, pero nunca he considerado eso un defecto.

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