Opinión

A rescatar los parques

Gran polémica se ha generado en la última semana con respecto a la decisión del alcalde Federico Gutiérrez de enfrentar mediante sanciones el consumo y expendio de alcohol en los espacios públicos de la ciudad. En medios como este se ha argumentado que las medidas adoptadas implican una restricción a las libertades individuales.

El debate cara a cara aún no se ha dado entre los defensores y los detractores de estas medidas, sin embargo, es claro que los tres temas transversales de la discusión pendiente son el uso del espacio público, la seguridad ciudadana y los efectos de las drogas legales e ilegales en nuestra sociedad.

Tanto los defensores de las multas y la prohibición, como los partidarios de la permisividad con el consumo de alcohol y otras drogas en los parques y espacios públicos han defendido sus posiciones a ultranza, buscando la imposición de una u otra opción para todos los parques de la ciudad e ignorando un aspecto fundamental para este debate: que ningún parque es igual al otro y que cada parque tiene su propio espíritu, su propia identidad.

Cada parque es particular en la medida en que quienes los disfrutan y aprovechan son grupos sociales distintos con intereses y costumbres completamente diferentes, personas de distintas edades y con concepciones muy diversas de la vida, que tienen igualdad de derechos en cuanto a aprovechar el espacio público se refiere.

Sin embargo las actividades de algunos pueden resultar perjudiciales, riesgosas e incómodas para los demás; y es ahí donde las autoridades deben intervenir para generar espacios que permitan la convivencia entre personas de orígenes y modos de pensar tan variados.

No me detendré en esta columna a opinar sobre la naturaleza del alcohol, si es intrínsecamente nocivo o si es el mal uso de éste el que nos genera dificultades. El tema es extenso y lo podré abordar en un futuro texto, pero sí quiero hacer una pequeña aclaración que sustentaré en otra oportunidad: que contrario a la posición que ha asumido este medio, el alcohol no facilita la convivencia ni el encuentro entre los ciudadanos, en cambio sí está asociado a la violencia, los accidentes de tránsito, la pobreza mental, el colapso del sistema de salud, la desigualdad y el machismo que adolece nuestra sociedad.

Regresando al tema del espacio público, es claro que el alcohol y las drogas son factores que alteran la convivencia y que impiden el goce del espacio público, especialmente para aquellos que deberían tener prioridad: niños y adolescentes en formación, ancianos, familias, entre otros. En los parques de los barrios, parques biblioteca, parques infantiles y canchas de la ciudad estos individuos deberían encontrar el espacio para disfrutar sanamente, pero la realidad de Medellín es que se han convertido en expendios y sitios de consumo de drogas y alcohol. La situación es trágica: la Unidad Deportiva Atanasio Girardot, que debería ser templo del deporte y la salud, hoy en día está tomada por consumidores de marihuana.

Por otro lado hay zonas que no son sitios de encuentro familiar sino lugares con una vida nocturna activa, en las que las personas ejercen su libertad de consumir sustancias como el alcohol bajo su propia responsabilidad y causando menores perjuicios al resto de la sociedad. Parques como el Lleras, el del Poblado o el del Periodista son espacios cuya identidad ha sido moldeada por los propios ciudadanos para esos propósitos.

No tiene sentido imponer medidas prohibicionistas en estos últimos parques, como tampoco tiene sentido priorizar los hábitos de consumo de unos pocos frente a los deseos de recreación sana de la mayor parte de la población en el resto.

¿Por qué no reconocemos la esencia de cada parque y construimos normas para cada uno de ellos según la perspectiva de  quienes disfrutan a su manera de cada espacio? ¿Por qué quienes desean pasear sus mascotas por el parque del barrio tienen que soportar el humo, los gritos, el vómito y los comportamientos violentos o riesgosos de los consumidores de drogas? ¿Por qué quiénes van en las noches a algunos lugares de la ciudad a distraerse tienen que abstenerse de consumir licor para proteger a personas que no utilizan esos parques a esas horas?

Reconozcamos nuestras diferencias, no busquemos imponer nuestras preferencias sobre las de los demás. No existe ninguna razón por la cual todos los parques de la ciudad tengan que ser manejados de la misma forma: entreguemos la administración de nuestros espacios públicos a quienes realmente tienen interés en estos: bien sea privatizándolos para beneficio de los comerciantes o dejándolos a cargo de las autoridades comunales o barriales. Si tanto queremos convivir en paz, hagamos normas que comprendan nuestras diferencias y no reglas que pretendan anularlas.

Por lo pronto, la administración local no ha hecho nada distinto a ejercer su obligación de velar por el cumplimiento de la ley. Nuestro papel desde los medios de comunicación no debe ser rebelarse o entorpecer la labor de las autoridades, sino generar espacios de debate y aportar con ideas que permitan una sociedad más incluyente y unas normas más comprensivas.

Autor: José Miguel Arias Mejía

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Editor general de Al Poniente. El contenido de esta columna es de propiedad de su autor, y no necesariamente refleja las opiniones del equipo editorial de Al Poniente.

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