Cultura

Luminosa esperanza en tonalidad menor

Hay artistas que construyen su obra en silencio, alejados de los medios y de los escenarios, impregnados de un espíritu creativo que se sobrepone a los intereses prácticos. Artistas que buscan escalar sus propias cimas y descubrir sus misterios más hondos, para legarnos luego, en todo caso, algo que nos ofrece un gran deleite estético. Este es el  perfil de Mario Alberto Oquendo Ospina, un músico de nuestra ciudad, con una producción poco conocida, pero de un gran calado artístico.

Era un niño de apariencia frágil, delgado y silencioso. Por ser el más pequeño, su hermano, primos y amigos lo sometían a duras pruebas como condición para dejarlo jugar con ellos.  El escenario eran las calles del barrio Santa Cruz y el solar de la casa de su abuela Lola, que lindaba con la numerosa familia Mazo. Entre todos conformaban una tropa de muchachos que jugaban al fútbol, asolaban los naranjos, y elevaban cometas en las tardes después de regresar de la escuela.

El sonido de las campanas de la iglesia de la Asunción, llamando a misa de seis, se mezclaba con las voces de los locutores de radio que anunciaban los últimos sucesos de la ciudad, comentaban las jugadas de los equipos de fútbol o presentaban los éxitos musicales del momento.  Y se escuchaba también el parloteo de la lora que tanto amaba la abuela, y el motor de la máquina de coser de la madre, y la olla a presión que irrumpía con el primer hervor de los frijoles. La memoria acústica de Mario Alberto Oquendo se empezaba a afinar en el juego de aislar cada sonido para intentar identificarlo. Y no era raro verlo hacer muecas extrañas para articular una onomatopeya intentando reproducir lo que escuchaba.

 Poco a poco emergería su espíritu musical.  En segundo elemental se ganó el concurso de la canción que organizaron en la escuela. Cuando arribaba a los diez años cogió por primera vez una guitarra y, ayudado de un método para principiantes, rasgó sus primeros acordes. A los quince pertenecía al coro de la iglesia y daba serenatas con los amigos en sus primeros juegos de seducción, y a los dieciocho decidió inscribirse en la Escuela Popular de Música donde al lado de maestros como “Chucho Mejía” conoció los aires de nuestro folclor. Su búsqueda lo llevó también a la música latinoamericana, y en aquellos años 80 cuando aún se escuchaban los ecos de la nueva canción con exponentes como Víctor Jara, Mercedes Sossa, Víctor Heredia y los Inti Illimani, Mario se unió a otros amigos del barrio también contagiados por la magia de los sonidos de la quena y el charango. Conformaron el grupo Tierra Adentro, que durante varios años los mantuvo unidos como amigos y les abrió el camino hacia nuevos terrenos como el Conservatorio de Música de la Universidad de Antioquia.

De lo popular a lo clásico

El violoncello fue el instrumento elegido. Allá, en el tercer piso de la Facultad de Artes, en un cuarto de estudio, Mario Oquendo abrazaba durante horas ese robusto cuerpo de madera, que no más con frotar sus cuerdas le devolvía un sonido de señor maduro que seduce con su voz profunda y melodiosa. El resto del tiempo asistía a las clases de solfeo, armonía, historia de la música y composición. Maestros como Manuel Molina, Cecilia Espinosa y Alberto Marín Vieco acompañaban su proceso y estimulaban sus búsquedas.

Poco a poco se afinaba su sentido musical y empezó a incursionar en la composición de pequeñas piezas para orquesta de cuerdas. Todavía como estudiante del preparatorio se arriesgó a presentarlas. El Museo Universitario fue ese primer escenario. Y una tarde de 1986, con su familia, maestros y amigos como auditorio, soltó a través del violín, la viola,  el violoncello y el contrabajo, toda una descarga de emociones en acordes menores. “Un leve crujir de pasos sobre la hierba” la tituló,  y  los asistentes, sintonizados con esos sonidos, alcanzamos a sentir esa frescura que ascendía desde nuestros pies produciéndonos una sensación de libre vuelo.

Esos primeros pasos en la composición trajeron también canciones. Baladas con sonidos afincados en los recuerdos de la juventud que transitó entre casetes y acetatos con la música de  Joan Manuel Serrat, Jean Franco Pagliaro, Víctor Manuel y los infaltables Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Y también la guitarra, que lo acompañaba a las fiestas con los amigos donde no podía faltar la petición: “Oquendo cantá Solo pienso en ti”.

Los sonidos del silencio

Sinfonías, sonatas, conciertos, arias y serenatas constituyen la obra musical de Mario Alberto Oquendo, un compositor antioqueño que crea su obra en la intimidad de su casa, sin aspavientos, sin los andamiajes del mundo comercial, en esa soledad que busca afanosamente para compenetrarse con los sonidos que vibran desde muy dentro de sí, con la convicción de que sus melodías lo constituyen, representan su esencia, su mundo invisible pero lleno de vida.

Para componer ha tenido que robarle el tiempo a su trabajo como docente en distintas instituciones educativas: El Instituto de Bellas Artes, la Universidad Cooperativa de Colombia, La Escuela Batuta en Quibdó y ahora el colegio la Anunciación, donde ayuda a sus pequeñas alumnas a descubrir el valor supremo de la música como lenguaje universal.

Durante horas, acomodado en la buhardilla de su casa, con su guitarra, un teclado y un computador, busca una nota, un tono, un ritmo, hurga en sus emociones hasta que brotan finas y delicadas secuencias donde desaparece el mundo de las cosas y emerge una melodía luminosa.

Por eso, retratar su mundo con palabras es apenas un intento, pues la mejor manera de acercarnos a su alma es la música, que comparte ahora a través de un canal abierto al mundo y donde las imágenes son un complemento para producirnos las sensaciones de gozo y dolor que a todos nos habitan.

 

 

 

Esto fue escrito por

Nubia Amparo Mesa Granda

Comunicadora Social – Periodista de la Universidad de Antioquia (1984) y especialista en Docencia Investigativa Universitaria de la Fundación Universitaria Luis Amigó (2010). Es docente en la Facultad de Comunicación Social de esta misma universidad. Ejerció el periodismo durante veinte años como reportera radial en distintos medios de comunicación de Medellín. Durante cinco años integró el Consejo Editorial de El Pequeño Periódico, publicado por la Fundación Arte y Ciencia. Varios de sus cuentos aparecen en libros como “Primer conjuro” (2010), “La palabra se baña en el río” (2011) y “Cuando el río suena” (2012). En 2014 publicó su primer libro de cuentos "Las voces que trae la brisa", editado por la Fundación Arte y Ciencia.