Y ¿dónde está la revolución?

     

Esta pregunta me la hice cientos de veces a lo largo de mi corto proceso de aprendizaje. Cuando mi

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interés por el tema comenzaba a desarrollarse fue a la edad de 12 años, en ese momento saqué de un arrumbado mueble de mi casa un libro viejo, desgastado y de amarillentas páginas: Ernesto Guevara mejor conocido como El Che del historiador mexicano Paco Ignacio Taibo ll se leía en la portada, le pertenecía a mi padre y después me perteneció a mí. Es un libro de gran volumen que en ese momento me parecía demasiado para leerlo, sin embargo, me organicé y comencé dicha travesía. El libro es una biografía del guerrillero argentino Ernesto Guevara de la Serna y podía observarse el término “revolución” en distintas páginas dentro del voluminoso texto. Leí muchos pasajes y algunos se me quedaron en la memoria: relatos sobre su estancia en México y su encuentro con Fidel Castro, la expedición del Granma, su lucha en Sierra Maestra y todo el proceso hasta Santa Clara, me aprendí de memoria la fecha del 1 de enero de 1959; a partir de ahí conocí que la revolución se encontraba en Cuba, en Guevara, en aquella fecha. Posteriormente al indagar sobre el tema, porque sentí una atracción inmediata sobre él, conocí el levantamiento zapatista del también 1 de enero, pero de 1994 en el suroeste de México, Chiapas; la fecha era la misma a excepción del año y por momentos pensé que era una especie de misticismo numérico. Ya habían pasado ocho años de aquel suceso y comencé a leer e indagar un poco sobre el tema, resonaban en aquellos años los personajes mediáticos del movimiento así como los símbolos que le daban identidad: el Subcomandante Insurgente Marcos, la Comandanta Ramona, los pasamontañas, una estrella roja como bandera, pies descalzos, pieles morenas, indígenas; hacía poco que se había celebrado la Marcha del Color de la Tierra y la Dignidad Indígena (2001); me cautivó. Ahora la revolución ya no estaba en Cuba solamente, también en mi país, aquí la encontré con el rostro cubierto y la piel bronceada como de quien trabaja de sol a sol, hablando una lengua diferente al español: tzotzil, tojolabal, chol, tzeltal. Ahí estaba la revolución, no olvidando aquella de 1910 con el Partido Nacional Antirreeleccionista, Doroteo Arango, Emiliano Zapata, el Plan de Ayala y otros acontecimientos, pero esa historia la había conocido con la clara ideología gubernamental y no por mí mismo, como me hubiera gustado.

Disculparán la notable falta de secuencia cronológica de los movimientos, pero esta temporalidad va organizada conforme los fui conociendo.

Del otro lado del mundo leí sobre la Revolución de Octubre de 1917, escuché hablar sobre un personaje llamado Vladimir Ilich Lenin, ruso, líder de la facción bolchevique; conocí así el inicio de lo que se denominó como la U.R.S.S., y hasta conocí al Compañero Konstantine Vladimir Mayakovsky, mejor conocido como el Poeta de la revolución. La revolución había cambiado notablemente su geografía y sus maneras, al descubrir la poesía de Mayakovsky en el camino del aprendizaje me di cuenta que la revolución también estaba en las letras; Pablo Neruda y su Testamento, Louis Aragon y su ¿Conoces el país de los obreros? o Nicolás Guillén y el No sé por qué piensas tú…, bellos poemas que enchinan la piel y enamoran las pupilas. Sabía que había eventos multitudinarios que ejercían revolución y también conocí expresiones literarias; luego vino la música y Víctor Jara me estremeció al canto de Caminando, caminando, después descubrí su asesinato y en verdad me entristeció; conocí a Alí Rafael, venezolano, compositor y activista; Violeta Parra y su versión tan particularmente hermosa de Hasta siempre de Carlos Puebla, entonces me di cuenta que la revolución también tenía ritmo. Descubrí la Teoría de la dependencia y la Teoría del foco guerrillero y supe que la revolución tenía intelectuales y valga decirlo, teóricos; también conocí su Teología de la liberación y descubrí que hasta la religión tenía su ligera rebeldía. Ya había cambiado mi perspectiva sobre dicho concepto y la pregunta me seguía invadiendo todavía: ¿En dónde está la revolución?, leí a Frantz Fanon y a Leopold Sedar Shengor y supe que la revolución también era policromática y descubrí su color negro en aquella África. Después vino a mí la historia de Vietman con Ho-chi-mihn y la Gran Revolución Cultural Proletaria junto a Mao Zedong y me percate que la revolución también estaba donde salía el sol y que sus ojos eran rasgados. La Revolución islámica de 1979, la primera del siglo XX sin raíces en la ilustración, me dio a entender que también hay formas muy distintas de llevarse a cabo, incluso contrarias a lo que mi influencia intelectual ha venido forjando. También cimbraba en la historia la Revolución francesa y supe que en París habían disparado contra los relojes de las torres, como para detener el tiempo. Leí autores como al italiano Errico Malatesta, Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, Ricardo Flores Magón y vi que la revolución tenía ideologías y que muchas de ellas eran tan distintas, aun con el mismo objetivo, que hasta conflictuaban entre sí. También supe que había una revolución en la cultura y escuché sobre algunas expresiones como el punk, el reggae o el ska en épocas sociales de notable transformación como La Dama de Hierro y la demencia neoliberal en Inglaterra o el proceso de independencia de Jamaica en un panorama de crisis social, desempleo, pobreza, surgiendo así la condena musical con Everything Crash. Me percaté que había una revolución industrial que incrementó la migración, creó otro tipo de explotación laboral y generó otros conflictos sociales, todavía recuerdo escuchar sobre los Ludistas. Entonces mi pregunta inicial sobre: ¿En dónde está la revolución? comenzó a cambiar, no es que la revolución fuera un objeto que pudiera transportarse en un morral o un portafolio, sino que la pregunta era mucho más profunda: ¿En dónde? me repetía constantemente; estaba en el sur como en el norte, arriba como abajo, adentro como afuera; había ritmo, poesía, literatura, personajes, ideologías, la revolución no tenía lugar ni geografía específica, estaba en todos lados y dejaba su rastro donde sea que se daba; tenía colores, pensamientos, botas de trabajo o pies descalzos, martillos u oz, pasamontañas o sombreros charros, lenguas tan diversas que me es difícil saber cuántas; teorías e ideólogos, cicatrices y sangre, era homosexual como campesina, indígena como obrera, feminista y ecologista, tenía estatuas, mártires, héroes, villanos, víctimas. Después de tanto embrollo caí en cuenta que la respuesta no la encontraba porque quizás la pregunta nunca fue la correcta: ¿En dónde?, desde ahí la limité a un espacio y lo que encontré es que no tiene un espacio definido; tratarla como un objeto, como si aquello fuera un ente material que pudiera portar y esconderlo si así quisiera, o trasladarla a épocas reduciéndola a periodos de profunda violencia social y política, como una transición y con esto le di un tiempo; la categoricé entre proletarios industriales o burgueses empresariales, incluso la encontré en partidos políticos y en sus acrónimos percibí la letra R como parte de sus principios ¿institucionales?. Movimientos sociales o protestas, desde: las estructuras no salen a las calles refutando el pensamiento estructuralista de la época hasta la contraposición de aquel que dijo que: el hombre ha muerto. Del: ¡No se olvida! al ¡Que se vayan todos!, del Tuve un sueño al ¿De qué nos van a perdonar?, del Manifiesto del Partido Comunista, Los Condenados de la Tierra hasta el Pequeño Libro Rojo, y respondo a tan mal pregunta con una incertidumbre: No sé en dónde se encuentre.

Lo que pudiera asegurar a riesgo de equivocarme es que tiene voz, tiene pies, tiene corazón, venas, sangre y huesos; siente placer, dolor, ríe y llora y también grita de emoción. A veces cae y otras veces resiste, se transforma y cambia porque incluso aprende de sí misma. Se planta y se educa, se reglamenta, se cuestiona y hasta se equivoca. A veces pacífica y otras veces violenta, en algunas ocasiones es noble y en otras muy cruel, emancipatoria o reaccionaria, liberal o conservadora; con bombas molotov o flores, incluso reza o maldice y no muy pocas veces baila y enamora. Se viste de utopía o distopía, parece muerta o viva; ya está en estos momentos o puede surgir en cualquier lugar. Así es la revolución.

[author] [author_image timthumb=’on’]https://scontent-b-mia.xx.fbcdn.net/hphotos-prn2/t1.0-9/1510529_1416364148621446_1897254464_n.jpg[/author_image] [author_info]David Álvarez Vázquez Estudiante de Sociología de la Universidad Autónoma de Querétaro, México. Actual investigador sobre movimientos sociales con grupos campesinos e indígenas de la región. Integrante y co-fundador del Colectivo Kopitzin, grupo que trabaja con la apropiacion de espacios para difusión cultural. Columista del suplemento Voz Zero y pensador periférico «desde abajo». Tiene un proyecto personal llamado: «Raíces Subversivas» como el convencimiento de la función social de la escritura. Seguidor del EZLN y estudiante de la Escuelita Zapatista, amante del café, el jazz, la reivindicación del «otro» sometido, de la lengua y cosmovisión náhuatl, los movimientos anti-sistémicos y otras perversiones. Leer sus columnas.[/author_info] [/author]

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