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Whitman y Gómez Jattin: sentidos binarios

“Whitman y Kavafis, poetas locos de vida, empañados de emoción y de locura, los une sus caprichos, los une mayo, la primavera y la muerte, las deidades y la incredulidad, la democracia y la imposición del yo, poetas con sentidos binarios”.

En mayo nacieron dos de los más grandes escritores americanos: Walt Whitman (West Hills, Nueva York; 31 de mayo de 1819 – Camden, Nueva Jersey; 26 de marzo de 1892) y Raúl Gómez Jattin (Cartagena de Indias, 31 de mayo de 1945 – ídem, 22 de mayo de 1997). El segundo evoca al primero así en el poema Oh Walt Whitman:

 Ustedes que no conocen

esta jaula

¿han cantado alguna vez

a la libertad?

Porque el carcelario gozó

con su delito

sin embargo

yo que no soy delincuente

estoy preso

y canto a lo libre

a lo que vuela

a lo que canta

sin ningún provecho personal

 

Se dice que ambos fueron poetas homosexuales o bisexuales, lo cierto es que amaron hasta la locura. Whitman escandalizó con sus Hojas de Hierba a casi todos los intelectuales estadounidenses de su época, con contadas excepciones, como a Emerson y a Thoreau, con quienes conformó el grupo de los Trascendentalistas, junto con Margaret Fuller, Amos Bronson Alcott y Louisa May Alcott, entre otros.

Pero Whitman estaba para mucho más que eso. Quería amar, a lo que fuese y dónde fuese, por eso se lo acusó de querer seducir a sus alumnos, aunque los hechos nunca fueron comprobados. Buscaba amar, por eso fue un incomprendido, fue rechazado por muchos, pero también unos cuantos le correspondieron. Fueron sus amores secretos.

Pero a la par de sus sentimientos juzgados y perseguidos, fue el verdadero innovador de la poesía norteamericana. Escribió un solo libro, el cual fue corregido y aumentado desde 1855, año de la primera edición, hasta la de 1892, conocida como la “Del lecho de muerte”. Ahí la palabra vuela libre, sin ataduras, sin pretensiones de sabiduría o de reconocimiento de influencias; escribió lo que vivió, lo que amó, lo que divisó en ese país que por entonces era el anclaje moderno de la democracia.

Fue enfermero, fabricante de lápices, profesor, fundador de periódicos y voceador de ellos; era una llama al viento, no podía permanecer en un solo sitio, la vida pulsaba en él y él la volvía poemas libres, por eso empieza diciendo:

Canto a mí mismo, a la persona única, separada;

pero anuncio la palabra “democrático”, la palabra “en masse”.

(…)

A la vida ardiente de pasión, al nervio, al poder;

jovial para que mi impulso sea más libre dentro de las divinas leyes,

canto al Hombre Moderno.

 

Y luego de 37 años de estar escribiendo, en el lecho de muerte nos anuncia:

Querido amigo, sea quien fueres, toma este beso.

Te lo doy especialmente. No me olvides.

(…)

Te quiero. Me desprendo de lo material.

Soy como alguien que se ha quedado sin cuerpo, triunfante, muerto.

Porque no creía en ninguna religión, respetaba a todas y creía en la trascendencia, por eso en la palabra se siente realizado, libre, pleno, así como vivió nos llega en sus continuas ediciones y en las suscitaciones que ha generado en hombres del común y en algunos sabios.

A Gómez le está pasando lo que le pasó a Lorca, otro poeta binario-homosexual, se lo conoce más por el apellido de su madre que por el de su padre, de Lola, de quien dice:

 Más allá de la noche que titila en la infancia

Más allá incluso de mi primer recuerdo

Está Lola – mi madre – frente a un escaparate

empolvándose el rostro y arreglándose el pelo

La única vez que lo vi fue en una calle del centro de Bogotá. Rehuí a creer que él fuese el poeta que empezábamos a leer. Estaba sucio, como un indigente, pero cuando me reafirmaron que era él, empecé a ver a un ángel, a un prodigio. Entonces entendí el escepticismo de Tomás: ver para creer. Y viéndolo fui dichoso, aunque humanamente no era más que un gamín, había entrado ya al Parnaso de las letras universales.

Como a todos quienes son “humanos, demasiado humanos”, los persigue el recuerdo de la fatalidad y los mitos que se vuelven parte de su esencia imaginada. Se enamoró de un cartagenero de “buena familia” como decimos en este país de arribistas, y lo persiguió, intentó seducirlo, hasta que se ganó una paliza de los familiares del adonis. Se ganó un premio de poesía, para evitar que se gastara la plata en drogas y putas, se le dio a una directora la terrible tarea de administrarle el premio, pero ante su insistencia, sus insultos y sus reclamos constantes, optó por darle todo, hasta que se perdió; apareció luego de un tiempo sin un centavo, se lo gastó todo en putas y drogas.

Había abandonado los estudios de derecho para seguir los de teatro, especialmente el griego, de su especial interés; lector voraz y consumado, dominaba varios idiomas y se encantó con la coca, la marihuana y el bazuco. Fue loco de manicomio, con una constante en él, era la lucidez de saberse un genio, de querer ser un Kavafis mucho más vivencial, por eso sin ambages dice:

 Esta noche asistirá a tres ceremonias peligrosas

El amor entre hombres

Fumar marihuana

Y escribir poemas

 

Mañana se levantará pasado el mediodía

Tendrá rotos los labios

Rojos los ojos

Y otro papel enemigo

 

Le dolerán los labios

Y le arderán los ojos como colillas encendidas

Y ese poema tampoco expresará su llanto

Desde luego que Gómez-Jattin es mucho más que sus anécdotas y sus arrebatos de locura. Poeta loco, sí, si se quiere, loco de vida y de desesperación, pero no a lo Kierkegaard, sino a lo Nietzsche, cuando siente en las entrañas que para desfogar vida es necesario escribir. “Somos felices cuando nos leen”, le decía como un cofrade a Milcíades Arévalo cuando éste le publicó unos poemas en Puesto de Combate. Pasó un tiempo para que fuese admirado y leído, quizá en ese orden en este país de rastacueros.

Muchos detienen el ojo avizor en sus poemas homoeróticos, como en Kavafis, pero su obsesión puede ser mucho más cáustica, intelectual si se quiere, menos vivencial pero más leída. Entonces se muestra como un gigante que derrotó a sus cancerberos en múltiples sanatorios, a sus aduladores que se le juntaron después de la fama. Entonces aparece como un verdadero Titán para cantarle al mundo, como en Scherezada:

Está enamorada del asesino que la obliga

noche tras noche a exprimir su memoria

de la ancestral leyenda multiforme y extensa

para salvar por un momento su indefensa vida

Y mientras cuenta y cuenta Scherezada

el Califa la besa y acaricia lujurioso

y ella tiene que seguir entreteniéndolo contando

porque el verdugo espera en cada madrugada

Está a merced de quien la oye emocionado

pero no levanta la sentencia a muerte

El artista tiene siempre un mortal enemigo

que lo extenúa en su trabajo interminable

y que cada noche lo perdona y lo ama: él mismo

Whitman y Kavafis, poetas locos de vida, empañados de emoción y de locura, los une sus caprichos, los une mayo, la primavera y la muerte, las deidades y la incredulidad, la democracia y la imposición del yo, poetas con sentidos binarios.

 

Nota: Para esta publicación los poemas fueron extraídos de:

Whitman Poesía Completa (1994). Barcelona: Libros Río Nuevo. Edición bilingüe, tomos 1 y 2.

Raúl Gómez Jattin (2004). Amanecer en el Valle del Sinú. Bogotá: Ediciones Fondo de Cultura Económica.

Raúl Gómez Jattin(2006). Poesía completa. Cartagena: Ediciones La Casa de Asterión.