Opinión Recomendados

Velocidad, aceleración y crónica: apuntes para una resistencia comunicacional (II)

III. Crónica y resistencia temporal

 

“Lo primordial es hacer surgir una temporalidad que disloque la aceleración: lograr experimentar el instante, ese momento de pura presencia en el que los minutos dejan de transcurrir, en el que la velocidad es algo imposible”

Luciano Concheiro. Contra el tiempo.

Lo contrario a la noticia acelerada es la crónica. Superando el reduccionismo y la taxonomía estilística que la ubica como un género, se puede decir que la crónica es una filosofía temporal de la comunicación. Es una invitación a la espera y es una temporalidad radical que resiste eficazmente los embates de la aceleración.

La crónica fue el modo en el que se contó el mundo antes de que existieran los lenguajes multimediales, cuando la realidad se contaba así, con palabras, sin más. (Caparrós, 2016).

Pensar que las Crónicas de Indias contaban a los europeos lo encontrado en el Nuevo Mundo. Después en los años 70’s los estadounidenses comenzaron a llamar a la crónica periodismo narrativo, periodismo literario. García Márquez, Tomás Eloy Martínez, Kapuscinski, Truman Capote, Tom Wolfe y Gay Talese  son cronistas que enseñaron que una crónica es pensar un reportaje, una entrevista o un hecho periodístico como un relato, una historia, con resúmenes, personajes, giros, trama, drama y, más importante aún, con una temporalidad lenta, estacionaria y subversiva.

La crónica tiene una temporalidad disímil a la aceleración. Una buena crónica se construye desde abajo, con los detalles, en las cosas más pequeñas, con los invisibles y los anónimos; es producto de la observación y del trabajo previo. Preguntar, leer, conocer lugares, revelar, develar y ser parte de, son sus mejores ingredientes (Kapuscinski, 2002).

A nivel de la racionalidad temporal, la crónica es una forma desacelerada, reflexiva y pausada de comunicar. Además introduce la temporalidad del cuerpo a la producción y consumo de información. Mientras las ideologías de los medios siguen hablando de la neutralidad y la desaparición del yo, la ascesis y demás cuestiones robóticas, la crónica introduce un sujeto, pero no para hablar de él, sino para decir que también hay alguien detrás que mira, que cuenta, que tiene limitaciones y enseña que ese sujeto construye realidad, es decir, una de muchas miradas posibles (Caparrós, 2016). Uno de los valores de la nota informativa es hacer pensar que no existe un sujeto que la cuenta, que la nota nace de la objetividad pura y por eso se habla en tercera persona y se crea una atmósfera impersonal, pero la crónica es todo lo contrario; es un relato que nace del conocimiento directo, físico y olfativo. Hacer una crónica es una revelación que no puede ser recorrida en la distancia. (Kapuscinski, 2002)

a) Crónica, mundo de la vida e instantes

El mundo de la vida fue introducido a la teoría de la comunicación por Habermas para hablar de dos coordenadas que interactúan en la dinámica social. No es objetivo de este texto delimitar todas las aristas conceptuales del mundo de la vida, pero sí es importante mencionar que el mundo de la vida, donde actúa el ser cultural, tiene una temporalidad distinta al mundo del sistema.

La afectividad se construye en el mundo de la vida y ahí operan tiempos densos, o como diría Braudel, tiempos de larga duración, la comunidad no se construye de la noche a la mañana, sino que se cimenta a partir de procesos históricos y compartiendo significados a través del tiempo. La crónica como entramado es el único dispositivo comunicacional que permite, aunque sea de manera limitada, dar cuenta del mundo de la vida:

Debemos asumir al mundo de la vida como la cuna cultural del entendimiento posible entre sujetos provenientes de un mismo origen. Es del mundo de la vida de donde emergen las situaciones —determinadas por los temas, fines y planes de acción— que habrán de ser generadas mediante la interacción. (Habermas, 1999: p.99)

Las crónicas construyen-retratan personajes que hablan en el espacio mismo de la cotidianidad. Además, el cronista es un observador directo, un cuerpo sintiente de los acontecimientos, los vive y los palpa; entra en contacto con el tejido de voces que construyen la historia (Kapuscinski, 2002). Es necesario el entendimiento, pues no hay historia sin un hilo narrativo, es ineludible un consenso normativo del lenguaje, y para eso el cronista se sumerge al uso mismo de los significados en las profundidades de la interacción, por eso es imperioso hablar del tiempo. El tiempo de la crónica no es el de la sucesión y la cuantificación; en el tiempo de la crónica hay rupturas, revelamientos y descripciones que enlentecen el transcurrir de un relato, son epifanías que dan una experiencia de contemplación, donde se aminoran las angustias y la presión de la aceleración informativa.

La consideración de la crónica es su carácter subversivo en la racionalidad temporal, ya que exige tiempos de creación y de lectura. Los lectores de la crónica se parecen a los lectores que exigía Nietzsche para su obra en el prólogo de genealogía de la moral:

“Ciertamente para practicar de esa manera la lectura como un arte hace falta, ante todo, una cosa que hoy en día es precisamente lo que más se ha olvidado, y por eso todavía ha de pasar tiempo hasta que mis escritos sean legibles; una cosa para la que hay que ser vaca, y en cualquier caso no hombre moderno: rumiar” (p. 17).

 Los lectores de crónica se deben entregar a una experiencia temporal que no puede ser recorrida en instantes o en la brevedad de la inmediatez. Se debe rumiar. Los lectores de la crónica instauran un tiempo donde el “ahora” es una mirilla de otros tiempos, como pasa con la poesía que convierte su transcurrir en ritmo. Aunque crónica es cronos –tiempo- en su naturaleza, el buen cronista hace de una historia un conjunto de incisiones que introducen la dialéctica entre acciones y suspensiones y, además, hace brotar insignificancias como hechos informativos: los datos se vuelven escenas y la trama transcurre como en una buena novela.

En la crónica la duración implica a una consciencia que observa, en ese sentido dice Bergson que “en la espera experimentamos el tiempo”. Para experimentar el tiempo es necesaria una consciencia que se apertura al fenómeno, un cuerpo encarnado que tenga una experiencia sensible, un organismo que tenga una voluntad y que en la no aceleración entre en contradicción y aparezca el tiempo, porque parece ser que el tiempo solo se siente cuando va en contracorriente de la voluntad: ante el afán, una pausa.

b) El Ébano y la desobediencia temporal

 El Ébano es, quizá, una de las crónicas que mejor representan la desobediencia temporal. Es una crónica que tiene adentro 29 relatos que a su vez contienen múltiples historias de África. No hay un tema y no hay un hecho informativo pero lo que sí hay es un repertorio de detalles, situaciones, encuentros e impresiones que muestran una totalidad. “Dentro de una gota hay un universo entero, lo particular dice más que lo general; nos resulta más asequible” (Kapuscinski, 2014). Su autor, Ryszard Kapuscinski, vivió en África en 1957 y, tras 40 años de idas y venidas, pudo recorrer el continente a través de la profundidad que da moverse por las periferias, por los caminos no oficiales y evitando los grandes sucesos y la política de primer sector.

Son muchas particularidades: Kapuscinski encuentra que el aire tiene que ver con el poder cuando las oficinas del gobierno de Ganha están hechas para que el funcionario con mayor poder goce de mejor ventilación y que los africanos tienen percepciones temporales diferentes cuando narra que los autobuses solo arrancan en el momento en el que están llenos. “De modo que el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará, sino que entra, se acomoda en un asiento libre y se asume en el estado en que pasa gran parte de su vida: en el estado de espera”. (Kapuscinski, 2012: p.36).

Contar la historia de los excluidos, de los no occidentales que no son poderosos en la tierra implica adentrarse en lógicas temporales diferentes y desobedecer los cánones de la importancia y la aceleración, de lo impactante del lujo y lo extraordinario.

El Ébano no cuenta con una temporalidad ortodoxa, de antes, durante y después, más bien es un conjunto de momentos que dotan de una lógica anárquica al relato. Kapuscinski logra presentar un orden discursivo dentro de un desorden temporal donde lo que acontece se da en múltiples escalas: estructural, de interacción y de subjetividades; mostrando regímenes políticos que estructura desigualdades, mientras que la mayoría de las personas viven en condiciones de extrema pobreza y que discuten su experiencia personal plasmada en diálogos profundos sobre el mundo político. La crónica sobre el África subterráneo no tiene un principio, un nudo y un final; cada minirelato se construye bajo majestuosas descripciones de la geografía, los sentimientos anticoloniales y las realidades bélicas que sufren las personas del común.

Es por esto que el Ébano es un tratado a la desobediencia temporal, es una invitación a una lectura profunda donde se condensan procesos informacionales desde la multidisciplina: la psicología, la sociología, la política y la antropología aparecen en las maneras de contar de Kapuscinski.

Reflexiones finales

 Se presentaron de manera sintética dos ethos temporales que intervienen en el proceso comunicacional. Mientras que el primero busca la aceleración total y toma forma en la nota periodística, el segundo busca adentrarse en procesos de larga duración y toma forma en la crónica.

La aceleración trae consigo una difuminación del sentido mismo de comunicar y, al mismo tiempo, un problema que sujeta tanto a la producción como al consumo de información: la pérdida de procesos intermedios que dota de veracidad a las perspectivas comunicativas.

Por otro lado, la crónica, por su naturaleza, se introduce en cuestiones complejas y permiten la desaceleración de todo lo que involucra el proceso de comunicar. Con ello se puede calificar que dentro del mismo sistema existe un pequeño espacio de resistencia temporal que no solo se puede entender como un estilo, sino como una ética en el tratamiento, producción, consumo e interpretación de los mensajes periodísticos en el siglo XXI.

Existen muchos puntos por tocar y el tema no queda acabado por completo, pero sí se presentan un conjunto de reflexiones que permiten entender que el tema temporal debe ser también un eje, una variable, una mirilla de análisis para entender los procesos comunicativos contemporáneos. El punto de reflexión fue problematizar la dialéctica entre velocidad y lentitud que debe permear el ejercicio comunicativo.

 

 Bibliografía

Caparrós, M. (2016). Lacrónica. Editorial Planeta: Buenos Aires.

Castells, M. (2004). La era de la información: economía, sociedad y cultura (Vol. 3). siglo XXI

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Habermas, J. (1999). Teoría de la acción comunicativa. Tomo 2: Crítica de la razón funcionalista. Taurus.

Hang, B. (2012). La sociedad del cansancio. Herder

Kapuscinski, R. (2002). Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo. Editorial Anagrama.

Kapuscinski, R., & Orzeszek, A. (2004). El Sha o la desmesura del poder. Editorial Anagrama.

Kapuscinski, R. (2012). Ébano. Anagrama.

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Vizer,  E. (2016) . Notas para una ontología de la comunicación. En Vizer & Vidales. (coord).  Comunicación, campo (s), teorías y problemas. Editorial, Comunicación social ediciones

 

 

Esto fue escrito por

Juan Pablo Duque Parra

Soy un migrante empedernido. Colombiano. Joven (1992) psicólogo social de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), magíster en Investigación Psicosocial de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y estudiante de la especialidad en Políticas Públicas para la Igualdad de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso Brasil).