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Una utopía, posible

Esta es una ciudad amurallada

entre montañas. Uno mira en torno,

 alzando la cabeza, y ve solo

la línea azul de los montes, lejos,

sus picos.

Es el borde de una copa

quebrada.

José Manuel Arango

En Siervo sin tierra, uno de los libros que retrató la llamada época de la violencia en Colombia, momento crítico de desplazamiento en el siglo XX, Eduardo Caballero Calderón escribió: “(…) Señaló con el dedo su rancho, un montoncito de tierra gris, cubierto de paja amarillenta, que se sostenía en vilo sobre el barranco. Se veía solo y desamparado en medio de la ladera pedregosa, a la sombra de dos arbolitos de mirto y de un naranjo coposo, cargado de naranjas que desde aquella altura no podían verse”.

Esa descripción literaria, cercana a cumplir setenta años, pareciera referirse a las laderas que rodean a Medellín, donde se levanta esa madeja de ranchos y barrancos que configuran el borde áspero de la ciudad.

En ese borde, sin embargo, la vida se acumula y multiplica zanjando la tierra. Cada día surge un nuevo rancho que se acomoda a la fuerza sobre otros ya establecidos desde hace tiempo, y entonces los techos improvisados de tablas, tejas de barro o de zinc, y plásticos de todo tipo, se ven desde lejos como un arrume que pretende salvarse con los variados nombres: Esfuerzos de paz, Mano de Dios, Unión de Cristo…

La mayoría de las gentes que habitan esos ranchos y sobreviven al día sobre los bordes de la ciudad, son campesinas y campesinos que llegaron desde alguna parte, desde el campo cercano o lejano, apurados por la amenaza o por la necesidad.

Esos campesinos en tierras extrañas son los protagonistas del crecimiento de nuestras ciudades y de históricas novelas colombianas. Describió sus torturas José Eustasio Rivera en La vorágine; describió sus desilusiones Fernando Soto Aparicio, en La rebelión de las ratas; los celebró Tomás Carrasquilla, en A la diestra de Dios padre; y narró sus pesares Manuel Mejía Vallejo, en La casa de las dos palmas.

Colombia fue uno de los 49 países que se abstuvo de firmar la carta de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Campesinos y de Otras Personas que Trabajan en las Zonas Rurales. La Declaración recibió un apoyo mayoritario con 119 votos, frente a 49 abstenciones y 7 en contra. Ese desdén, ese olvido por lo rural no es nuevo. Tal desconocimiento, según Héctor Manuel Lugo, socio fundador de la Corporación Penca de Sábila, “es estratégico, pues busca redirigir los recursos del agro para inyectarlos en ganadería, en cultivos de palma africana, agroindustria y en proyectos urbanísticos”.

En Medellín viven aproximadamente 50.000 campesinos, alrededor de 12.500 familias en cerca de 16.000 predios que tienen un área promedio de 1.51 hectáreas por unidad productiva familiar. Esas unidades productivas familiares producen veintinueve toneladas de alimentos por año. Es el campo que mira la ciudad con algo de esperanza y recelo. Y gran parte la ciudad simplemente los desconoce

Hace poco, la directora de la Agencia de Desarrollo Rural, Ana Cristina Moreno, dijo que a los “jóvenes campesinos debería empezar a nombrárseles como jóvenes emprendedores rurales, para que puedan salir adelante”. Tal comentario hace ver la palabra campesino como algo malo. Es por eso que, Helena Pérez, profesora e investigadora de la Universidad San Buenaventura, dice: “Lo que está en el fondo es la mirada dicotómica sobre lo que es y no es ciudad. Decir que lo rural es lo no ciudad, es una negación técnica, pedagógica, pero más que todo filosófica y cultural. No podemos sacar las ruralidades cercanas, debemos verlas como parte de la ciudad. En esas zonas límite entre Medellín y el campo hay iniciativas increíbles en lo agrícola y lo cultural, y por eso no se puede ver desde una visión centralizada y excluyente”.

Es importante resaltar que la Universidad de San Buenaventura hace parte de la Alianza por el territorio y la vida campesina del Valle de Aburrá, junto a la Corporación Penca de Sábila, el Instituto de Estudios Regionales, el Centro de articulación Universidad-Comunidad de Trabajo social de la Universidad de Antioquia y la Escuela del Hábitat de la Universidad Nacional Sede Medellín. En esta alianza confluyen esfuerzos para proyectos de investigación, capacitación y asesoría a las comunidades.

Los índices de calidad de vida más bajos de Medellín están en los corregimientos, y las mujeres están un escalón más abajo en la reivindicación de los derechos. Ellas, campesinas casi todas, no tienen derecho a la propiedad de la tierra y, en la mayoría de los casos, no participan de los beneficios económicos de los productos que siembran y venden. Tampoco tienen acceso digno a educación y salud.

“El sistema patriarcal machista está más enquistado en el campo. Mi esposo ha sido un buen compañero en mis luchas, no ha sido una piedra en el zapato nunca. Con mis padres sí tuve muchas discusiones, pero han ido entendiendo. Mis hijos también me apoyan. Papá me decía que yo andaba mucho, que descuidaba los hijos y la casa. He sentido resistencia en la Junta de Acción Comunal, porque lo miran como queriendo decir: ‘acá viene esta con la misma carreta’, pero siempre lo he tomado con cautela y diplomacia. Los hombres temen que la mujer campesina se vuelva más liberada y ya no haga las cosas de la casa de la misma manera”, cuenta Diana Sierra, de la Red Intercorregimental de Mujeres, organización que surgió hace 12 años y ha logrado avanzar en la protección de los derechos de las mujeres campesinos a través de propuestas como la “titulación de tierra compartida”.

Esa iniciativa está inscrita en los primeros renglones del Distrito Rural Campesino, figura jurídica incluida en el Plan de Ordenamiento Territorial de Medellín a través del Acuerdo Municipal 048 de 2014, y ratificado mediante resolución en la pasada administración, con más de 200 propuestas elaboradas por las comunidades en la fase formulación. El Distrito fue construido por Penca de Sábila en conjunto con las asociaciones campesinas ACAB de San Cristóbal y Campo Vivo de San Sebastián de Palmitas para consolidar y proteger la identidad cultural de la población campesina y su importancia en la construcción y conservación del territorio y del medio ambiente.

El Distrito es una propuesta de innovación que integra el ordenamiento con la gestión territorial, única en Colombia. Hasta ahora se han realizado dos fases de las cinco que se requieren. Aunque está incluido en el Plan de Desarrollo 2020-2023, la administración municipal no ha tenido la voluntad política para volverlo una realidad, pues no cuenta con una estructura administrativa autónoma y un presupuesto de no menos $350.000 millones de pesos para su implementación.

Otro aporte a la ruralidad de Medellín es el Circuito Económico Solidario ColyFlor, conformado por una red de proveedores de 104 personas, organizaciones y asociaciones campesinas con prácticas de producción agroecológica que comercializan en la Tienda de Comercio Justo Colyflor. “Había que darle forma a una estrategia económica que les brindara a los campesinos la capacidad de producción agroecológica, y también recoger esa producción como una alternativa sana y ecológica para la ciudad”, explica Héctor Manuel Lugo.

Vale decir que, desde la institucionalidad de Medellín también se han impulsado estrategias para integrar el campo a la ciudad a través de cinturones circunvalares, mercados campesinos y ecohuertas, sin embargo, tales ideas han sido llevadas a cabo sin planeación y, lo que es peor, sin investigación previa.

Muchas veces la ciudad entrega todos su atributos a cambio de nada. Juan Camilo Domínguez, jefe de posgrados del Instituto de Estudios Regionales de la Universidad de Antioquia, cuenta esa historia con una carretera en un solo sentido: “Un día fuimos a Palmitas (uno de los corregimientos de Medellín) para reconocer los saberes que hay allá, y nos dimos cuenta que hay gente que vive de la tapia, de hacer casas de tapia, que es la forma de hacer casas desde la colonia. Palmitas se beneficia del páramo de Belmira, y hay muchos jóvenes que son guardabosques, y saben dónde está y de dónde viene el agua. Sin embargo, en ese corregimiento todavía hay gente que se moviliza en mula para poder salir a los cascos urbanos, y los jóvenes no pueden acceder a la educación por falta de conexión a Internet”, afirma el docente.

En esa lucha también están involucradas las mujeres y los jóvenes rurales, pues son ellos los llamados a mantener el legado cultural de la labor campesina: “Ser campesino no es sólo producir, es un estilo de vida, conlleva un cúmulo de aspectos culturales. Necesitamos que se nos respete la identidad, porque, si a uno le empiezan quitando la identidad, luego le quitan muchas más cosas. Le estamos apostando a la defensa del territorio rural campesino, que se mantenga este espacio de producción de alimentos, y una clave es que los jóvenes permanezcan en el territorio.”, dice Vanessa Sierra, de la Red Ambiental y Cultural Juvenil Intercorregimental.

Los jóvenes tienen su propia mirada sobre el Distrito Rural Campesino, y esa mirada tiene mucho que ver con la equidad de género y con la forma de habitar el territorio. A partir de esa nueva fuerza, quizás logren conservar y renovar una mirada sobre una ciudad nueva, que mira al campo, que compra en el campo propio, que lo visita y no lo mira como la historia de un pasado pintoresco. Acabar con confrontación de ciudad vs campo.

La promoción de organizaciones campesinas, de mujeres, de jóvenes, la alianza con las universidades, el circuito económico solidario y la propuesta de una figura de protección como el Distrito han sido estrategias y aportes de Penca de Sábila que buscan garantizar la permanencia de la vida campesina en Medellín. Esta experiencia de la Corporación es una de doce historias inspiradoras sobre la transformación a nivel local preseleccionada para el Premio del Público Ciudades Transformadoras 2020. Este premio es un proceso global que identifica y apoya prácticas y respuestas transformadoras que abordan crisis globales a nivel local. En ese sentido, Ciudades Transformadoras, organizada por Transnational Institute, ha proporcionado apoyo en materia de investigación y cobertura informativa para este artículo.

Por: Pascual Gaviria


Hasta el 16 de noviembre puedes votar por esta iniciativa y conocer las otras experiencias transformadoras en materia de agua, soberanía alimentaria, energía y vivienda. Entra a: https://transformativecities.org/es

  • Categoría Alimentos
  • Penca de Sábila
  • Medellín- Colombia

Esto fue escrito por

Corporación Ecológica y Cultural Penca de Sábila

Nuesta misión institucional es: contribuir a la construcción de una sociedad sostenible y soberana desde la promoción de una cultura política ambientalista basada en una nueva ética que busca transformar actitudes individuales y colectivas hacia una participación democrática, caracterizada por la justicia y la equidad entre géneros, generaciones y culturas, y por la conservación y uso sostenible de la biodiversidad.

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