Una derecha de izquierda

En todos los ámbitos de la vida hay momentos clave; si no se aprovechan las oportunidades, ya no vuelven. “Pasó la vieja”, decimos en el campo. Para la derecha de mi país el resultado del plebiscito debiese haber marcado un episodio histórico en sus posibilidades de fortificarse, pero, inexplicablemente, sus líderes están dejando pasar a la vieja.


Muchos de los que miramos el escenario desde fuera estamos atónitos: triunfó el amor por Chile, cuya manifestación más clara es la integridad territorial y el fortalecimiento de la soberanía, lo que significa decir que “no” a la política identitaria que se manifiesta no solo en el Estado plurinacional. La política identitaria atraviesa todo el espectro de la propuesta rechazada. Ganó la decisión de vivir en una sociedad libre de las intromisiones dirigistas de los ingenieros sociales parapetados en un Estado gigantesco, lo que implica un apoyo contundente a la libertad de elegir en materia de salud, educación y pensiones. También prevaleció el respaldo irrestricto a la igual ciudadanía. De ahí que esa especie de “bono basura” de la política identitaria que mezcla la igualdad sustantiva, la perspectiva de género y los escaños reservados con visiones históricas promotoras del corporativismo fascista, debiese estar siendo objeto de una cirugía mayor.

¡Qué decir del Estado empresario versus el mercado libre, la propiedad y el derecho al auto-sustento que, de aprobarse el proyecto, hubiesen sucumbido transformándonos en la temida Chilezuela! Todo lo que ha defendido históricamente la derecha lo han respaldado las mayorías silenciadas bajo el peso de la cultura de la cancelación y de la falta de educación cívica. Por ello, sin animadversión ni revanchismo, deberíamos estar viendo a los miembros de Chile Vamos en el estrellato político, defendiendo aquellos principios que representan a una mayoría abrumadora de chilenos y que, comprobadamente, han sido los fundamentos de sus ejes programáticos. Sin embargo, lo que observamos es justamente lo contrario. La actitud de parte de sus dirigencias fluctúa entre la vergüenza y la estulticia política. Profundicemos.

La derecha se avergüenza de ser oposición. De hecho, esa acusación de que es por culpa de ella que Chile está tan mal porque “ustedes nunca quisieron hacer cambios” es la que explica en parte una actitud que, en lugar de ser dialogante, es genuflexa. No se puede olvidar a Evelyn Matthei diciendo que si le va bien al Presidente Boric, le va bien al país; o a Joaquín Lavín posando al lado de los Kirchner al afirmar, sobre el futuro de Chile, que “vamos a ser más pobres pero más felices”. Lo que ellos no entienden y, tampoco quienes los acusan de haber frenado los cambios hacia el desmantelamiento del modelo más exitoso que se haya implementado en el Cono Sur, es que la razón de ser de la oposición es, valga la redundancia, ser oposición. ¿Cómo es posible que los culpen de haber desempeñado el rol que les correspondía y, peor aún, que para Chile Vamos esa acusación sea el equivalente a un silicio en la mala conciencia?

Además de la vergüenza que sienten de ejercer su rol como opositores, los dirigentes de Chile Vamos muestran una mezcla de miopía, intereses de corto plazo y falta de inteligencia política. Muchos piensan que la causa de su incapacidad en la capitalización del triunfo es una larga lista de compromisos con organismos internacionales como la ONU. Lamentablemente, esas personas parecen estar en lo correcto cuando la misma derecha usa el término “patriota” de modo despectivo, demostrándole a una parte de su electorado que ya no son “políticos de derecha”, pues el globalismo los ha transformado en miembros de una derecha de izquierda, más comprometida con la agenda socialista que con la soberanía y los intereses de su propio país. Esa es una explicación posible al hecho de que el Gobierno haga oídos sordos a la estrepitosa derrota electoral sufrida en el plebiscito. Y es que, desde el segundo mandato de Bachelet, se ha consolidado una clase unida por intereses y dolores comunes. Los intereses se observan en la sesión de soberanía y los dolores en la carencia de legitimidad. Pero, ¿qué decir de las condiciones que exige Chile Vamos para continuar con el proceso constituyente?

En el documento Acuerdo Constitucional: Cambios con seguridades y principios claros para Chile, la directiva de Chile Vamos se compromete con el Estado social de derechos, poniendo énfasis en los derechos sociales. Ambos “principios” no solo son de raigambre marxista, sino perfectamente coherentes con la famosa Agenda 2030. Usted me dirá que los derechos sociales constituyen una demanda mayoritaria ineludible y yo le responderé que: del mismo modo que la Constitución no es el escollo que impide al Estado mejorar la provisión de servicios, un Estado Social de derechos no resolverá los problemas, sino que los va a empeorar. No me cabe duda de que Chile Vamos sabe que la insatisfacción ciudadana no es debido a una falta de recursos, sino a problemas de diseño de política pública, fiscalización y captura estatal. Solamente recuerde los USD$ 5 mil millones que el BID dice desaparecen de nuestras arcas fiscales por problemas de gestión. No importa cuántos recursos más se extraigan de los escuálidos bolsillos de los contribuyentes, nuestro aparato estatal ha devenido en un monstruo al que nadie quiere enfrentar. De ahí que la propuesta del “Estado social” deba entenderse como un triunfo ideológico de la extrema izquierda, ante el cual a la derecha globalista no le queda otra opción que asentir. Lo mismo ocurre en otras materias como el derecho a elegir la educación de los hijos… ¿de qué derecho se puede estar hablando cuando los contenidos obligatorios están profundamente ideologizados?

En suma, las bases de Chile Vamos están viendo cómo sus dirigentes dejan pasar la mejor oportunidad política que han tenido en su historia y, a diferencia de los Amarillos, no hacen nada. ¿Qué podrían hacer? Seguir el ejemplo de los ex PDC (Partido Demócrata Cristiano) y, si no quieren militar en el PLR (Partido Republicano de Chile), fundar un nuevo partido político que congregue a la derecha de derecha. Es ahora, o probablemente nunca, porque cuando los jóvenes ideologizados que hoy destruyen las ciudades, voten, será tarde… tarde para nuestra soberanía, tarde para nuestra democracia y tarde para nuestra libertad.


Otras columnas de la autora en este enlace: https://alponiente.com/author/vankaiser/

La versión original de este artículo apareció por primera vez en el medio El Líbero de Chile, y la que le siguió en nuestro medio aliado El Bastión.

About the author

Vanessa Kaiser

Es periodista titulada de la Universidad Finis Terrae y doctora en Filosofía y Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Durante los últimos años ha desarrollado su carrera académica convirtiéndose en directora de la «Cátedra Hannah Arendt» de la Universidad Autónoma de Chile y, de forma paralela a su labor docente e investigadora, es una divulgadora muy activa de las ideas liberales a través de sus columnas en el portal chileno El Líbero y de su trabajo como directora del Centro de Estudios Libertarios. Es, entre otras, concejal por la Comuna de Las Condes (Santiago Chile).

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