Una buena historia no es suficiente para ser un gran libro: entrevista a Pablo Montoya Campuzano


«Eso que llaman fama es lo más terrible que hay, sobre todo porque te quita toda la calma y el tiempo para sentarte a escribir.

Cuando la norma no tiene sentido o no te la explican, entonces no la entiendes y la violas.»


En el año 2004 cursaba el tercer o cuarto semestre del pregrado de Periodismo en la Universidad de Antioquia. Una de las actividades que más disfrutaba era acudir a la biblioteca en busca de algún libro. Empezaba a alimentar mi sueño de escritor. Recuerdo que leía a Cortázar, fantaseaba  con el libro “Bestiario”. En ese instante, mis ensoñaciones se interrumpieron con el saludo de mi amigo Mauricio Hoyos:

—Camilo, en unos minutos Pablo Montoya dará una clase sobre Cortázar. Es que se está  rememorando al Julio, en sus 20 años de muerte.

—¡Ahora mismo!

—Sí, camine, además Pablo llegó hace poco de París. Es un man muy erudito, pero esa erudición es una pieza más en la trama de sus historias —decía Mauro mientras salíamos de la biblioteca.

Llegamos al bloque 9 —Facultad de Humanidades— y nos infiltramos en la clase. Pablo saludó a Mauricio. Luego, continúo hablando de “El perseguidor”,  para Montoya, el mejor cuento de Cortázar. Comentó el relato inspirado en Charlie Parker, el saxofonista de jazz creador del Bepop. También, referenció la película “Bird” dirigida por Clint Eastwood, donde se ve el virtuosismo de Parker y su adicción al alcohol y las drogas. Pablo hacía referencias sobre el jazz, sobre la literatura, sobre Cortázar. Su clase fue un bombardeo de información y me vi obligado a bostezar para oxigenar el cerebro y así, atrapar algún otro dato.

Salí con mucha curiosidad sobre Pablo Montoya. Así que me leí el libro de cuentos “Habitantes” (1999) con el que ganó en el 2000 el premio Autores Antioqueños y recrea una ciudad —entre París y Medellín— que viven los personajes desde sus oficios. También, el libro de  prosas poéticas: “Viajeros” (1999)  y su primera novela “La Sed del ojo” (2004), luego reeditada por Random House. En ese tiempo, las obras de Pablo eran pocas. Me cautivó que los cuentos eran cercanos a la prosa poética, sin alejarse del núcleo de la historia. Y el manejo del erotismo como una especie de pimienta dosificada que alegraba la lectura.

En el 2004 Pablo dictó un curso en el Instituto de Filosofía llamado “Cuento largo o novela corta”, en el que también me filtré en un par de clases. Sus alumnos leyeron un promedio de 16 relatos, entre los textos escogidos estuvo “Mario y el mago” de Thomas Mann. Se leía un texto por clase. Un ritmo vertiginoso y posible en un profesor como Pablo.

Tiempo después quise acercarme a Montoya, pero no me sentía preparado para sostener una conversación. Sin embargo, Mauricio se había convertido en una especie de alumno privilegiado de Pablo y lo invitó a participar —sin que le pagaran por ello— como jurado en un concurso de cuento en Girardota organizado en un bar pequeño llamado Debluss Bar. Claro, mandé un cuento y no pasó nada. No obstante, asistí a la premiación y Pablo habló de los cuentos y nos motivó, a los jóvenes, a seguir escribiendo. Por ello, insistió en la importancia de leer para escribir bien. Nombró cuatro libros vitales para todo escritor, ya que representaban una especie de alumbramiento para el relato: “El llano en llamas” de Juan Rulfo, “Guerra del tiempo y otros relatos” de Alejo Carpentier, “Bestiario” de Julio Cortázar y “Ficciones” de Jorge Luis Borges. Y se estableció una conversación entre Montoya y los participantes. Las preguntas se enfocaron sobre el oficio del escritor. Pablo sonrió y afirmó que el escritor escribe para sí mismo. Por ello, debe incentivar la curiosidad y no temer a relectura. Por lo que es necesario volver a los clásicos para aprender cosas que apenas se pueden intuir. Pues, para innovar es necesario conocer la tradición. Años después, esas reflexiones las vi condensadas en un texto hermoso de Pablo: “Otro Decálogo”, donde habla sobre el arte de escribir.

Posteriormente —ya graduado de la universidad—, hice una serie de entrevistas alrededor de la lectura y escritura y tuve la oportunidad de conversar a profundidad con Pablo Montoya. Esta vez era uno de los autores vivos más importantes del habla Hispana. Había publicado las novelas: “Lejos de Roma” recientemente traducida al francés por la editorial L Atinoir L Atinoir, “Los derrotados”, “Tríptico de la infamia”, estaba por publicar “La Escuela de Música” y luego vendría “La sombra de Orión”.

“Tríptico de la infamia” le valió el premio internacional de novela Rómulo Gallegos en el 2015. También escribió los libros de cuentos: “La sinfónica y otros cuentos musicales”, “Razia”, “Réquiem por un fantasma”, “El beso de la noche” y “Adiós a los próceres. Ya contaba con reconocimientos como el primer premio del concurso nacional de cuento Germán Vargas en 1993. En 1999 el Centro Nacional del libro de Francia le otorgó una beca para escritores extranjeros por su libro “Viajeros”.  “Réquiem por un fantasma” fue premiado por la Alcaldía de Medellín en el 2005. Asimismo, recibió el premio José Donoso en el 2016 y el premio Casa de las Américas, Premio de narrativa José María Arguedas en el 2017. Ante estos reconocimientos y las ocupaciones que implican, pensé que sería muy difícil encontrar un espacio con Pablo. Meses después, en respuesta a una carta que le escribí por email, Montoya afirmó: “eso que llaman fama es lo más terrible que hay, sobre todo porque te quita toda la calma y el tiempo para sentarte a escribir. Ese es el problema de los grandes premios literarios: te honran y te joden al mismo tiempo”. Bueno, al menos me dijo esto después de entrevistarlo.  Después le dieron el doctorado Honoris Causa de la Universidad Veracruzana en México y lo eligieron miembro de Número de la Academia Colombiana de la lengua y miembro correspondiente de la Real academia de España.

Acordé con Pablo vernos en la Biblioteca de la Universidad de Antioquia. Al principio estuve un poco prevenido, pero a medida que íbamos conversando quedé gratamente sorprendido por la generosidad de Pablo, el escritor que nació en Barrancabermeja en 1963. Así que amable lector, espero disfrutes esta entrevista, así como yo disfruté hacerla.

Si no me equivoco Pablo es el noveno de once hijos. Tu papá se llamaba José Jesús y era médico. En las noches él te contaba historias para dormir. ¿Es partir de ese momento que te nace la fascinación por la historia y por recrearla en tus libros?

Es muy posible que venga de ahí. Bueno, mi padre en realidad no me contaba historias para hacerme dormir,  sino que mi papá, que era un hombre que le gustaba mucho el aguardiente, encontró en mí un oyente a sus delirios alcohólicos, digámoslo así. Recuerdo que él  insistía mucho en “Los doce Cesares” de Roma; entonces me hablaba mucho de Julio César, Augusto, Nerón. Me acuerdo que a los 10 años yo sabía algunas cosas de esos césares cuyas vidas narra Suetonio. Yo creo que de ahí puede venir, no lo había pensado, mi interés por la historia. Bueno, ya en la adolescencia empecé a enterarme en realidad quiénes eran esos césares. Mi padre los elogiaba a todos y casi todos eran terribles o fueron terribles como buenos poderosos que eran. Pero de eso me di cuenta después.

Más tarde, por esa época, tu hermana te enseña a leer como una especie de juego. Luego, tu mamá te despierta ese amor por la lectura, pues cuando llegabas del colegio la veías leyendo. De alguna manera, también tu madre te elegía la lectura, como condicionándote un poco.  Eso lo cuentas en el ensayo “Sobre la lectura, que escribes para la revista “Leer y Releer” de la Universidad de Antioquia. En ese texto,  además afirmas que la literatura te llegó por medio de las mujeres. ¿Podrías ampliarme más esa relación de la literatura y las mujeres?

Bueno, siempre he estado rodeado de mujeres. Mi relación con mis hermanas es muchísimo mejor que con mis hermanos. Mis hermanas en la familia son más cultas que mis hermanos. Siempre he pensado que si el mundo estuviese en manos  de las mujeres estaríamos muchísimo mejor. Lo que no descarta el horizonte de que muchas mujeres están en situaciones complicadas, alienadas, aplastadas, etcétera. Pero sí, la relación con mi madre en particular fue muy fuerte. Mi madre me consoló mucho en los momentos de crisis que tuve cuando era niño y adolescente. Digo crisis porque mira, por ejemplo, cuando mi madre me llevó por primera vez a la escuela Juan María Céspedes de Belén, el primer día, para mí fue una tragedia separarme de ella y de la casa. Y me volé. Es decir, mi madre me dejó en la escuela y ella se fue para misa. Y me devolví para la casa y la esperé en la puerta.  Cuando mi madre me vio allí me preguntó: ¿qué pasaba? Yo tenía siete años, quizás, le dije que estaba muy angustiado, que no era capaz de ir a la escuela solo, todo ese montón de muchachos y niños, los profesores… y todo eso me producía demasiado miedo. Ella me convenció, con la suavidad de siempre, y me llevó nuevamente. Y así comencé, de alguna manera, a habituarme a la escuela. Bueno, esa censura que tú dices que ella produjo en mí en esas primeras lecturas, pues eran obligatorias. Mamá no podía dejar que ese niño, voraz lector que yo era, leyera todo. Ella escogía los textos.  Generalmente eran cuentos para niños o clásicos de la literatura. Mi  madre me tuvo a los 43 años. Cuando yo tenía siete ella tenía 50 años. Entonces mi madre entró a la menopausia y era una mujer que madrugaba mucho para atender a su batallón de hijos. ¡Imagínate todo ese trabajo para once hijos y su esposo! Mi madre perdió la facultad de dormir a los medios días, la famosa siesta. Entonces en vez de hacer siestas se ponía a leer. Entonces yo llegaba de la escuela a la una de la tarde y la encontraba leyendo. Esa imagen, con el tiempo, me ha parecido muy reveladora. Entonces sí, agradezco mucho a las mujeres que me enseñaron a leer, como el caso de mi hermana y mi madre. Bueno, mi madre se asustó mucho cuando empecé a leer libros prohibidos para ella como: “El manifiesto del partido comunista”, “El extranjero” de Camus, “El lobo estepario” de Hermann Hesse… Cuando supo que estaba leyendo “El lobo estepario” mamá inmediatamente asoció la estepa con Rusia y Rusia con el comunismo y creyó que “El lobo estepario” era un libro comunista. Inmediatamente se dispararon todas las alarmas,  pero bueno, todos sabemos que “El lobo estepario” es un libro completamente individualista, anticomunista en su esencia; y yo le explicaba a mi mamá que no se  angustiara,  que ese libro finalmente era un libro nada tenía que ver con el comunismo.

Ustedes viven en Barrancabermeja 16 años. Luego se trasladan para Medellín. Allí estudias cuatro semestres de Medicina en la Universidad de Antioquia. También estudias flauta. Después  te vas a vivir a Tunja y abandonas la carrera. Entonces te ganas la vida como músico. Mientras tanto estudias Filosofía y Letras a distancia. Más tarde, en París continúas con tus estudios, tus lecturas. En conclusión,  desde siempre te atrajo el conocimiento. Ahora, ¿de dónde nace esa “Sed del ojo”, parodiando un poco tu novela, que te mantiene con esa permanente búsqueda del conocimiento?

Creo que surge de esas lecturas que me acompañan desde niño. Pero es curioso, yo no sé, voy a decir algo que puede ser polémico, creo que muchas veces esos lectores, esos artistas, esas personas que están destinadas a ejercer las artes… se dan en medios inhóspitos. Bueno, no quiero decir que mi casa era inhóspita frente al estímulo de la cultura, pero no era un hogar como otros, donde se estaba hablando de  cultura, literatura o música. Yo soy miembro de una familia de once hermanos y el único que salió escritor o con esta avidez de conocimiento, fui yo. ¿Por qué no los otros que también tuvieron las mismas  oportunidades? Tal vez porque le paré bolas al consejo de mi padre de que había que estudiar y mantener la curiosidad por el conocimiento. Bueno, era un conocimiento que mis padres consideraban con cierta reserva. Mi madre me decía: “hay que leer, pero no hay que leer mucho porque uno se puede enloquecer”. Tú sabes, el  viejo mito que nos llegó con la contrarreforma de Felipe II, quien prohíbe justamente la entrada de libros a América. Todo ese mito de que leer enloquece está claramente reflejado en el Quijote. Y esa amenaza la tuve en mi casa por parte de mi madre. Está ese fantasma de que si uno lee demasiado se puede enloquecer, se puede confundir, cuando es lo contrario. Pues, si uno lee bastante uno va estar mejor informado y menos sometido a las manipulaciones que ejercen los poderes. No sé, también pienso en ese privilegio que tuve de haber accedido a la cultura, el conocimiento y de tener siempre esa curiosidad, esa sed por aprender. Pienso que hay una especie de característica individual, algo que viene con la persona, no es que uno esté predestinado,  quizás sí,  no sabemos. Pues todo daba para que yo fuera un médico o un sacerdote, eran las profesiones a las que estaba destinado. Y los médicos de entonces no eran considerados como unos intelectuales lectores. Había que ocuparse de la ciencia médica y curar enfermos. Entonces creo que hay algo de situación particular, como una especie de privilegio innato. Sé que esto es polémico, pero bueno, me atrevo a decirlo y te lo repito, en mi casa todos mis hermanos tuvieron las condiciones que yo tuve. Es verdad que mi padre y mi madre al ver que yo les paraba bolas, evidentemente me tomaron mucho cariño.

Es evidente que la lectura es como una  apertura a verdades, a hechos, a situaciones que le ayudan a uno a encontrarse consigo mismo. Es decir, hay  libros que son como referentes estrechos hacia uno mismo. En esa medida: ¿cómo los libros han referenciado ese camino a ti mismo, a ese ser que eres y a  ese conocimiento de vos que te hace tan universal?

Los libros en principio son una compañía, pero también son una compañía a veces difícil porque te mueven el piso, te cuestionan. Y cuando uno se encuentra con los buenos libros sale distinto después de leerlos. Yo me acuerdo cuando empecé a leer “Demian” de Hermann Hesse, tenía catorce o quince años, quizás, no sé. Tenía en la cabeza, por mandato familiar, que iba a ser médico. Y cuando leí ese libro era otro. Yo quería ser eso que estaba haciendo ese escritor. Entonces los libros y otras lecturas que me angustiaron, angustias que tienen que ver con ese período de la adolescencia cuando uno tiene unas supuestas verdades establecidas, las verdades de la familia, las verdades de la sociedad, las verdades de la educación que recibí… Y de pronto cuando uno lee autores como Dostoievsky, Tolstói, Nietzsche, Schopenhauer, Camus, entre otros, a uno definitivamente se le cambia el panorama. Las lecturas, a veces, son realmente estimulantes, en la medida en que son muy conflictivas. Ahora, en la medida en que uno se forma como lector, el nivel de impresión no es el mismo porque tú ya tienes todo un cúmulo de lecturas y ya no eres un ingenuo, ya no eres cándido, ya te han quitado la virginidad como lector. Cuando sucede eso, evidentemente uno sigue gozando el rito de la lectura, pero ya tiene demasiados, no sé si prejuicios, quizás, y ya lee textos y dice: “bueno, eso no funciona,  esto está mal hecho, esto va por una dirección que yo no comparto, etcétera”. Por eso, los últimos libros que leí, que me hayan cuestionado profundamente,  se remontan a diez años.  De ahí para acá, cada vez estoy más convencido de que es necesario releer. Cada vez  estoy más consciente, como decía Borges, de que hay un momento en la vida del hombre en que relee.  Bueno, yo he sido un lector desordenado, adultero, como lo digo en el ensayo “Sobre la lectura”. No doy consejos para que los lectores lean determinados textos,  ordenadamente. Pues, cuando he abordado ciertos autores que me han interesado los he leído desde el principio hasta el final. Eso lo hacía cuando era joven. Leí a Tolstói, Dostoievsky, Camus, entre otros, en orden  cronológico. Pero era porque tenía intereses particulares en esos autores que me ayudaron y me ayudan a conocerme y a conocer mejor a los otros y así comprender la sociedad en la que vivo, de dónde vengo. Creo que los libros sirven fundamentalmente para eso. No sé si los libros necesariamente sirvan para transformar el mundo, pero creo que sí transforman al lector. Eso es lo que espero de un buen libro, que me transforme, que ayude a comprender cierto fenómeno, pero no creo que los libros transformen la sociedad. Bueno, de pronto algunos libros como “El capital” de Marx, quizás, pero no “La vorágine”, “María” o “Cien años de soledad”.

En esas lecturas, Pablo, tengo entendido, eres un gran subrayador. Buscas en el universo de las páginas las ideas que te interesan. Esto sucede en el silencio. Por lo tanto, el silencio es importante para la lectura. Ahora, ¿cómo hacer para leer en la sociedad antioqueña que admira al mafioso que dispara al aire cuando hace gol el Nacional o el Medellín,  cuando sucede el bullicio atronador de la feria de las flores, cuando la gente grita constantemente por cualquier cosa. Es decir, cómo leer en esta sociedad que parece que le asusta el silencio?

Ha sido muy difícil para mí. Desde que regresé a Medellín en el 2002 ha sido una verdadera tortura acostumbrarme a la condición ruidosa de los antioqueños, de los colombianos en realidad. Aunque yo viví en Tunja nueve años y no tuve tanto problema con el ruido. Era músico en Tunja y en París tuve una experiencia del silencio. En París porque casi todas las casas tienen vidrios antiruidos. No es que en París haya menos ruido que acá, es que los ciudadanos tienen esa posibilidad de poner vidrios antiruidos. Aquí poner un vidrio así es costosísimo. Entonces llegué aquí en el 2002 y hasta 2016 me he pasado casi catorce veces de casa por el ruido de los vecinos, por la intransigencia de la gente. Sufrí mucho con la Universidad de Antioquia porque me tocó desafortunadamente una oficina que da a un parqueadero, al conservatorio de la universidad que está hacinado y los músicos tocan afuera. ¡Ah, y la avenida Regional! Entonces el ruido es una constante y me he acostumbrado un poco. En un tiempo usaba tapones, aún los uso para dormir cuando triunfa el Nacional o el Medellín, o cuando se le da la serenata mariachi a la quinceañera, o cuando la gente le da por emborracharse y… bueno, hay una total falta de respeto en esta sociedad.  Es decir, la universidad es bulliciosa y los estudiantes no siguen la orden del silencio para la lectura. Además, están las redes sociales, los computadores, los teléfonos celulares… todo eso impide que haya silencio. Creo que ese es uno de los grandes problemas del hombre moderno, o al menos de los hombres de las sociedades occidentales modernas. Yo no sé cómo luchar contra el ruido. Sería aislarse, irse para el campo aunque en el campo están los perros, las guadañas, las vacas… claro, son otros ruidos, por supuesto, algunos son naturales. Pero evidentemente yo no podría vivir a lado de un gallo que empieza a cantar a las cuatro de la mañana.

Hay algo que me inquieta mucho y es que tu biblioteca es muy universal. En ella hay libros de historia del arte, historia de la música, literatura universal, entre otros. Y hago un paralelo con tu obra que aborda personajes históricos. Tus novelas generan ritmos y  estructuras narrativas. Además, los temas que abordas hacen tu obra muy universal.  Entonces, ¿tu obra universal por qué no está en tu biblioteca que también es universal?

Mis libros están en la biblioteca de mi esposa, Alejandra. En un estante tiene todos los libros míos, casi todos. Bueno, mi biblioteca está organizada por orden alfabético. La parte de literatura colombiana empieza por la “A” y termina por la “Z”. En la parte de la “M”, Montoya Pablo, se encuentra en la biblioteca de mi esposa, que está en otro estudio. Durante mucho tiempo, casi veinte años, desde que me fui a los diecinueve de mi casa a enfrentar el mundo del arte, para mí fue difícil porque tuve que abrirme un espacio en un ambiente muy precario… eh… no tuve el soporte ni la ayuda económica por parte de mi padre. Él no tenía cómo, era un médico en bancarrota. Además, él me previno que si yo me dedicaba a la música no contara con su apoyo. Y todo el tiempo que estuve en Tunja, en París, no tenía plata para comprar libros. Tenía libros regalados o los compraba de segunda. Pero desde que empecé a trabajar en la universidad me desquité, como se dice, y he podido hacer una biblioteca.  Me gustan mucho los libros. Compro bastantes libros. Son mi compañía. Tengo una biblioteca de más o menos tres mil volúmenes, contando pues con la biblioteca de mi esposa. Ella también es literata. Casi todos los libros son  de literatura, pero hay muchos que se ocupan de la historia, la música, el cine, la fotografía, la pintura. Hay mucha parte dedicada al ensayo.

Tienes fama de escritor erudito. Se dice que el escritor erudito utiliza lo enciclopédico para esconderse porque es incapaz de interactuar con el mundo que lo rodea, ya sea porque es tímido o introspectivo. Por tal motivo siente la urgencia de exhibir sus conocimientos ante los lectores para sentirse validado y admirado por su inteligencia superior. Esto se ve en escritores como Ernesto Sábato, Germán Arciniegas, Giovanni Papini, entre otros. ¿En Pablo Montoya lo enciclopédico o la erudición es una máscara de su personalidad o no tiene nada que ver?

Bueno, yo hice una tesis de doctorado en la Sorbona y a partir de ahí creo que entendí la noción de enciclopedia. Tal como la manejan los franceses, es un concepto que se fortalece mucho con la Ilustración, pero qué sabemos tiene sus raíces en el Renacimiento, en el Medioevo y hasta en esos libros como la “Historia natural” de Plinio el Viejo. Entiende uno que son grandes compendios del conocimiento antiguo. Creo que esa experiencia académica de hacer una tesis doctoral al modo francés y de asimilar hasta lo máximo, en la medida de mis posibilidades, esa noción de Ilustración, de erudición,  fue muy importante  para mi obra literaria. Yo antes de terminar la tesis de doctorado, que se la dediqué a la música y la literatura en Carpentier y en América Latina, ya había abordado el tema histórico. Había escrito unos cuentos sobre música, esos pequeños cuentos de “Viajeros” o prosas poéticas. Tenía un interés en este asunto del conocimiento. Lo que pasa es que en los libros que he escrito, todo ese montón de lecturas, las he pasado por el filtro de la imaginación literaria. Y lo que es “Viajeros”, “Trazos”, “Programa de mano”, que son pequeñas historias de la música, la pintura y el viaje, están alimentadas en un afán de conocer la historia de cada uno de estos dominios. Pero el reflejo literario es breve. Es cómo condensar ese montón de lecturas,  de experiencias eruditas, digámoslo así, en pequeños textos poéticos. Además, creo que la erudición, sino está al servicio de la poesía, no me interesa.  Mejor dicho, mi erudición no es para asombrar incautos. Simplemente obedece a unos criterios literarios, como a unos principios, a unos postulados personales, que yo he debido, por supuesto, a ciertos autores.  Creo que ese rótulo que se me ha dado de escritor erudito es porque estoy en un medio en que la literatura, hablo sobre todo en el medio colombiano y antioqueño, se ha convertido en un medio de expresión más popular, más cotidiano y no está muy interesado en indagar en esos aspectos históricos de la Ilustración, del conocimiento y yo pues, me metí por ahí. Evidentemente hago parte de una tradición, como tú dices; a esa lista que mencionaste habría que agregar el caso de Germán Espinosa,  que es otro autor que se la jugó mucho por la erudición y cuyos libros son mucho más eruditos que los míos. Igualmente hay un escritor que le ha apuntado mucho a ese juego de la erudición, es Enrique Serrano, en un libro que aprecio mucho que se llama “La marca de España”. Creo que la relación de la literatura con esa erudición  histórica o con ese conocimiento artístico nos viene a los colombianos del Modernismo y a los modernistas latinoamericanos les viene de Francia, particularmente.  Y en cuanto a los franceses, ellos se hunden en los griegos, los romanos y en el Oriente.

En París estudias Literatura, tocas flauta en el Metro, en las calles, das clase de español, entre otros oficios. En ese entonces escribes una postal donde dices esto: “Vivir en la ciudad ansiada es difícil. El precio es el desarraigo. Una suerte de marginalidad, que en algunos momentos aplasta. La nostalgia que duele como una pena de amor”, ese desarraigo, me corriges si me equivoco, aparece como desamparo en el texto: “En Colombia la violencia cayó sobre nosotros como un animal hambriento”, un texto agudo, donde afirmas que el desamparo es como una constante desde los tiempos antiguos, es como una marca,  es como un exilio, un abandono. Este desamparo es evidente en tu obra, por ejemplo “Tríptico de la infamia”, con el que ganaste el Rómulo Gallegos. La pregunta: ¿es el desamparo la fuente de tu obra, la que te pone en el podio de los escritores más importantes vivos del habla hispana?

No sé en realidad si el desamparo es la marca o el perfil que provocó que se me diera este premio, que lo que ha hecho es como descubrirme frente a los lectores. Lo que siento es que las literaturas que carecen de desgarramientos, de heridas existenciales, son  literaturas que pueden convertirse en algo frívolo. Creo que las grandes literaturas son turbias, sombrías, estremecedoras, en crisis. La gran literatura es la que muestra la crisis porque somos una especie que vive en permanente crisis.  Una de esas crisis es que aspiramos a la eternidad, a la permanencia como criaturas y somos efímeras, fugaces,  corruptas.  El cuerpo se va corroyendo, pudriendo hasta morirse. Y hay algo en nosotros que quiere permanecer, que no quiere dejar la vida, que quiere estar siempre gozando de los grandes privilegios de la existencia. Creo que esta doble condición es tremenda y eso se lo pillaron desde hace mucho tiempo los seres humanos. Esto ha determinado que haya grandes obras. Yo no quiero decir, con esto, que la literatura no sea también el espacio de la fraternidad, el diálogo amoroso,  de la cópula, del encuentro, de la concordia. Es evidente que una gran obra literaria debe tener también esos espacios. Y en mis libros también me he ocupado de esas cosas. Del erotismo, el amor, la perplejidad que provocan los desplazamientos, los viajes… de esos pequeños instantes epifánicos en los que uno se siente verdaderamente feliz de estar viviendo. Bueno, no sé, no sabría decirte si es esa marca del desamparo es lo que ha hecho que mis libros hayan trascendido, o que este  “Tríptico de la infamia” haya trascendido. Con respecto a los otros libros, te puedo asegurar que en ese momento, casi todos solo circulan en Medellín y en Colombia. Algunos ya se agotaron. Frente al caso preciso de “Tríptico de la infamia” creo que el jurado premió esa novela, por lo que me he enterado, por su factura literaria, por la manera en que la novela recrea el viejo asunto de la conquista de América, y que todo se hace a través de lo pictórico y artístico. Creo que esos fueron los criterios fundamentales.

Hay una frase hermosa que me gusta mucho de vos y dice: “El arte es una de las maneras que existen para dignificar al hombre en su capacidad de resistencia, y la más paradigmática para mostrar su deterioro. La labor del artista es necesaria: iluminar algún pedazo de ese territorio en brumas que siempre, a toda hora, está circundándonos”. La pregunta es, vos como artista, ¿cuál crees que sería esa labor para dignificar la mirada del hombre en tus libros?

La mayor parte de mis personajes son artistas o escritores, fotógrafos o pintores o poetas o personas que están tocadas por una sensibilidad onírica, ¡qué sé yo!,  son  personas que están confrontándose  con el medio en el que viven. Eso es lo que pasa en general con los artistas y  conmigo. Esa confrontación continua entre las dos instancias.  Me baso en ese tipo de experiencias para poder construir estos mundos. Me parece que en este momento, en el mundo en que vivimos, es fundamental la presencia del artista. Platón expulsó a los poetas de “La República” porque le parecía que los poetas eran falsos imitadores y porque eran irracionales. Evidentemente ese concepto platónico ha evolucionado; hoy por ejemplo, hemos visto que los grandes, entre comillas, economistas o columnistas de los periódicos, de nuestro mundo actual, consideran que nuestras sociedades deben producir más técnicos, economistas y científicos que humanistas. Creo que sí le hacemos caso a esos criterios este mundo va ir de culos para el estanco. Por eso, creo que es fundamental que las sociedades estén nutridas por el poeta, el artista, el pintor, el cineasta, el fotógrafo… por esas conciencias  que nos enseñan a hacer críticos con la sociedad en que vivimos. Concibo así al artista, como ser crítico, como una especie de conciencia que  está diciendo, no a dónde vamos o por dónde debemos ir, pero que sí está criticando lo que está pasando en el mundo en que vivimos, que es altamente cuestionable. Los modelos económicos y sociales que hemos seguido desde Aristóteles hasta nuestros días han sido bastante perniciosos al considerar que somos nosotros el centro del universo, que esta criatura humana, frágil, este bípedo implume, es el centro del universo.  ¡Te imaginas la imbecilidad de ese concepto!, que lo propuso Descartes, Kant, Hegel, Aristóteles, Marx, y muchos otros. Nosotros no somos el centro del universo, somos parte del universo. Creo entonces que el artista,  como lo concibo, como he tratado de serlo,  debe erigirse como una conciencia crítica.

Hay un libro tuyo, “Viajeros”, que es como un libro puente donde algunos personajes tuyos saltan a otros libros. Por ejemplo aparece Ovidio y luego es el personaje en tu libro “Lejos de Roma”, también el prócer Caldas que está en “Los derrotados”, entre otros.  Es como si “Viajeros” fuera una obra matriz de tus obras futuras, como una referencia que se amplía en otros libros. Como si el pasado se recreara constantemente. Esto permite una mirada más aguda de los hechos históricos. Ahora, ¿cómo esa mirada del pasado, en la que te has especializado, te da un mejor panorama o perspectiva del presente?

Pienso que ir al pasado es progresar un poco.  Pues siempre está la idea o la noción de progreso que nos hace creer que siempre vamos hacia delante, a partir de una especie de confort material.  En muchos momentos en la historia del arte ir al pasado ha sido como un motor para rejuvenecer y oxigenar el mismo arte. Ahora, evidentemente ir al pasado es mirar cómo voy a proponer ese pasado en el texto literario, que es lo que he tratado de hacer en “Lejos de Roma”, “Los derrotados”, “Tríptico de la infamia”. Me apoyo en la información del pretérito, pero la gran pregunta de la literatura es la forma, no tanto el contenido. ¿Cómo contar lo que ya tantas veces ha sido contado, lo que ya ha sucedido?  Me planteo: ¿cómo nutrirme de eso que ya pasó, de eso que ha sido narrado en diferentes partes? El caso de Caldas o el descubrimiento de América y la conquista,  las guerras de religión, el problema del exilio, de los poetas…  eso ya se ha contado mucho, pero: ¿cómo volverlo a narrar, cómo renovar?  No creo que una buena historia sea suficiente para ser un gran libro. ¿Cómo contar esa historia? Puedo tener la gran historia: el hombre que se casa con su madre, que mata a su papá… es el caso de “Edipo”.  ¿Cómo lo cuenta Sófocles? Lo hace maravillosamente. Por eso, considero que es fundamental ir al pasado. No sé si siga haciéndolo. Tengo  algunos planes para obras futuras, pero también necesito ocuparme del presente porque mis libros están en ese vaivén.  Has señalado algo muy interesante, que fui construyendo a largo de los años y es “Viajeros” como un libro cantera. De ahí vienen muchos de los personajes o temas que voy a trabajar en mis novelas.  Es que uno tiene que ayudarse un poco en sí mismo para poder seguir adelante.

Pablo, para terminar, ¿podrías darnos algunos consejos a los escritores que estamos empezando para persistir en la literatura?

Lo fundamental para el escritor es tener  siempre prendida la llama de la lectura. Pues las lecturas y por supuesto la realidad en que vivimos, son lo que estimula el ejercicio de la escritura. Jamás me hubiese encontrado en este momento si no hubiese sido ese lector que fui desde niño. Constato ahora que la lectura es como una especie de vela prendida para que no se apague el recinto de la escritura. Lo otro que aconsejo a los jóvenes escritores es que sean humildes. En el sentido en que reconozcan que están en un proceso de aprendizaje y que la literatura y la escritura siempre son un proceso de aprendizaje. Por lo tanto, reciban, con el mejor de los ánimos las críticas, vengan de donde vengan,  si tienen razón. Esto lo digo porque generalmente el gremio de los escritores está invadido por un cáncer: la vanidad. Es decir, el cáncer de que yo soy el mejor. Y pienso que en los terrenos del arte siempre estamos aprendiendo y debemos ser humildes frente a las críticas. Yo he aceptado críticas de estudiantes míos que a veces les muestro mis textos y me señalan o de gente mucho más joven, que tengo algunos lectores de este tipo, y en absoluto me pongo de mal genio. Si yo muestro el texto es para que hagan críticas. También, que estén rodeados, en este proceso de aprendizaje, de un grupo de personas críticas, para que sean flexibles a sus comentarios porque ahí está el verdadero aprendizaje. Si yo no hubiera encontrado, cuando tenía 20 años, un amigo escritor que me redujo un cuento de 20 páginas a una página, pues creo que yo no hubiera sido lo que fui después. Cuando uno recibe ese tipo de críticas y las acepta, uno se da cuenta que,  en la labor de la escritura, lo que hay es una labor de reescritura y corrección permanente. Hay que leer y volver a leer hasta que el texto diga las cosas que debe decir y esté, digamos, en su sitio. Muchas veces escribimos y publicamos tal como salió la cosa y no, pues lo esencial en la escritura es la reescritura.


Todas las columnas del autor en este enlace: https://alponiente.com/author/camirgo/

Juan Camilo Betancur E.

Fredonia, 1982. Periodista. Publicó el libro de micro-cuentos Los errantes (2013), la novela La mujer agapanto (2017) y la novela El escritor mago. Libro 1: la sociedad (2021).

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